Opinión Eugenio Mallol

Cuando las tecnológicas se pasan de frenada

Grandes científicos insisten en alertar de las “bromas del marketing” a las que nos ha acostumbrado la revolución digital, acuciada por la necesidad de captar capital para mantener la expansión de la IA y víctima de terremotos como ‘Mythos’ de Anthropic.

Una lluvia de billetes sobre el público convierte el espectáculo en una metáfora visual del exceso y la euforia del capital.

No deja de ser en cierto modo cuántico que dos científicos españoles de frontera en ese campo, con despachos ubicados a 3.630 kilómetros de distancia, el de Alejandro López Bezanilla en el Laboratorio Nacional de Los Alamos y el de Pablo Jarillo-Herrero en el MIT, mencionen en momentos diferentes al científico británico Michael Faraday como referente para rebajar el soufflé tecnológico.

El último fenómeno llega de la mano de Anthropic, cuyo enfrentamiento con el Gobierno de EEUU ha abierto un debate profundo sobre quién debe decidir acerca del uso de la tecnología como arma de guerra, sus creadores o los dirigentes políticos. Asegura en el lanzamiento de su Mythos que se trata de una inteligencia artificial general (AGI) tan potente que no puede salir todavía al mercado porque, de hacerlo, tendría efectos destructivos.

En el Foro de Davos, Dario Amodei, CEO de Anthropic, aseguró visionar “un país de genios, un centro de datos de agentes de inteligencia artificial (IA) que son mejores que los humanos en todo”. Y se preguntó: “¿Qué límites tenemos para resolver de inmediato todos los problemas del mundo?” Afirmaciones grandilocuentes de este tipo forman parte del personaje.

Lo cierto es que Mythos ha puesto en guardia al sistema financiero mundial debido a su capacidad para descubrir en muy poco tiempo graves vulnerabilidades en sus sistemas, en redes de telecomunicaciones y hasta en el corazón (kernel) de Linux. El secretario del Tesoro y el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos han reunido a los principales bancos del país para analizar la situación y Anthropic ha implicado a las principales tecnológicas (excepto Meta) en el Proyecto Glasswing (alas de cristal) para escanear el mundo digital a fondo con esta nueva herramienta. Mientras, caen en Bolsa las grandes compañías de ciberseguridad y se habla ya del ‘SaaSmaggedon’.

Pero el asunto no aparece ya en la portada de ningún gran medio económico. Nos movemos entre el vaticinio con esteroides de algunos líderes tecnológicos y la realidad pura y dura de la práctica totalidad de nuestras empresas. “En Europa estamos bastante retrasados en la aplicación de IA. De hecho, a nivel industrial, hablar de digitalización ya sería un avance mayor”, me decía a principios de año el CEO mundial de Thyssenkrupp, Miguel Ángel López.

Para la mayoría de nuestras empresas la automatización de procesos mediante esa forma de IA llamada machine learning es todavía un desafío complejo, en el que poco a poco muchas se han ido embarcando a lo largo de la última década. Pero lo de la IA generativa no se parece a nada de eso, suena a auténtica ciencia ficción.

Líderes económicos y expertos debaten en el Foro de Davos sobre el impacto y los límites de la tecnología en la economía global.

Justo antes de una de mis conversaciones con Pablo Jarillo-Herrero, acababa de publicar con varios colegas un delicioso paper en el que decían, entre otras perlas: “los científicos urgen a levantar barricadas contra las bromas del marketing”. Cuando le inquirí por el asunto respondió que “es importante que la gente esté ilusionada y se mantenga un poco al día de lo que ocurre, pero la sociedad y, sobre todo, los políticos son muy impacientes”.

Cuando se trata de ciencia de materiales, su campo, clave para el desarrollo de la cuántica y el futuro hardware de la IA generativa, “es muy normal que los procesos lleven décadas. Desde que se hicieron los primeros transistores de germanio hasta que tuvimos los ordenadores personales en las casas pasaron 40 o 50 años y es una escala de tiempo muy normal”.

“Mucho dinero se está malinvirtiendo”, insistía Jarillo-Herrero, “porque no tenemos todavía el conocimiento básico necesario”. Fue entonces cuando citó a Faraday: “hace 200 años, al descubrirse los electrones le preguntaron para qué servía eso de la electricidad y dijo: ‘No tengo ni idea, pero algún día lo gravaréis con impuestos’”.

En el caso de Alejandro López Bezanilla, que explora las posibilidades del quantum annealing, clave para la optimización de procesos del futuro, el científico británico aparece cuando comentamos algunos grandes anuncios recientes de las compañías tecnológicas. “Es como cuando Michael Faraday descubrió la electricidad”, me dice, “la gente se podía poner a imaginar lo que quisiera, pero él diría: ‘vayamos poco a poco’”.

“Pero Microsoft asegura tener la computación cuántica topográfica…”, le repliqué. “Todo esto es marketing”, contestó López Bezanilla, “es la zanahoria que tienen que poner ahí a los gobiernos. Microsoft estaba por detrás en la carrera y tuvo que sacar el suyo. Prometió una cosa que, de verdad, cuando lo vi dije: ‘buf’, y no leí más”.

El Premio Nobel de Física Anton Zeilinger fue incluso más cruel con las big tech cuando le pregunté por la carrera por la supremacía cuántica. “Esa discusión es una muy buena manera de obtener dinero del Gobierno, una muy buena historia periodística. Pero ¿prometer tecnología? Yo no lo haría”.

A medio camino entre la IA y la cuántica, le recuerdo al director científico de la española Multiverse Computing, Román Orús, sus palabras en un Encuentro de AMETIC en Santander en las que aseguró que la IA generativa es ya “prehistoria”. ¿Se ratificaría? “Es prehistórica, sí. Lo dije con toda la intención. Me ratifico, por supuesto. Estamos trabajando ya en la siguiente generación de algoritmos”.

Cuidado con los manotazos que suelta alguien con el agua al cuello. La IA de Anthropic es sensacional, pero tanto ella como OpenAI y, en cierto modo también, SpaceX de Elon Musk, cuya Tesla se supone que debe colocar 10.000 millones de humanoides (un sinsentido para los ingenieros hoy) en el mundo a partir de 2035, tienen pendiente una salida a Bolsa este año. Con una necesidad tan endiablada de capital, más vale tener a Faraday presente para no dejarnos llevar por la impaciencia.

El director del Data and AI Systems Laboratory (DASLab) de la Universidad de Harvard, el griego Stratos Idreos, me advierte: “cuando escuchas hablar a un CEO, es 100% marketing”. Su recomendación es cuidar y cultivar bien los datos, esos tesoros unas veces por descubrir, otras veces escondidos en auténticos laberintos en empresas y sector público, y dar tiempo a la IA generativa para encontrar su lugar.

Es fascinante escuchar las predicciones de los líderes tecnológicos, en fin, pero sin evadirse de la realidad. El murciano Bernardino Romera, exjefe de proyectos en Google DeepMind y hoy cofundador de la muy prometedora Hiverge, una de nuestras grandes mentes menos conocidas en la vanguardia de la IA, me lo decía con claridad: “estamos tratando explorar nuevos territorios y evolucionar la tecnología, sin que todavía hayamos aprovechado la que ya hay disponible”. Que el hype no te distraiga de lo importante.

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