Si hay un gesto que siempre me ha maravillado, es el que muchos tenistas, profesionales, amateur o simples paquetes como yo, hacen cuando fallan un golpe: mirar a las cuerdas de la raqueta y moverlas ligeramente, como si tras ese cambio cada derecha que lanzase fuera imparable. Siempre me ha parecido un detalle de sinvergüenza, una manera de no reconocer que, sencillamente, has fallado en un intercambio. Una excusa barata, en resumen. Una burda manera de buscar en lo concreto la justificación a nuestros errores. Concentramos en un elemento físico que funcionaba perfectamente hace apenas unos segundos nuestra frustración por el fracaso. Llámalo raqueta o cambio de sede de un partido político cuando unas elecciones no van bien, pero atribuimos a lo concreto, a lo físico, a lo inanimado, una capacidad que, sencillamente, no tiene.

Decisiones como la de mover tu casa, pero no a los inquilinos, me recuerdan a esas parejas que, cuando su relación no funciona, deciden que un papel certifique su amor para dar un paso más, como si ese objeto de celulosa tuviera propiedades milagrosas. Un Din-A4 mágico. Me cuesta entender el valor de cambiar el código postal cuando quien habita la casa es el mismo. Pero estas cosas pasan y, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Bueno, mejor no, que ya ha habido suficientes lanzadas esta semana. Quedémonos con la metáfora, no con su literalidad. Pero, como decía, creo que la mayoría somos sospechosos de atribuir a los objetos físicos unas cualidades que no poseen por el simple hecho de no tener vida.

¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué lo concreto, los objetos que nos acompañan, son receptores de nuestros halagos o nuestras fobias? Pienso que porque no nos dan la razón, ni nos la quitan. Ahí están, calladitos, a nuestro lado. No cambian, cuando nosotros sí lo hacemos. Siguen siendo los mismos, muy al contrario que nosotros, que seremos distintos a cada minuto que pase. Recuerdo que dejé de vestir una sudadera gris que llevaba puesta un día en el que no me fue demasiado bien en una reunión. El pobre algodón como culpable, como chivo expiatorio de mi fracaso.

Realmente, lo que pasa es que los objetos, lo concreto, nos recuerdan que estaban ahí cuando todo pasó, cuando no fuimos como quisimos, o cuando tuvimos éxito. Dan fe, aunque no puedan expresarla. Son testigos. La lógica, aplastante, dice que todo parte de nosotros, pero uno ve los pasillos de su casa y recuerda lo que no le gustó, sabe que un jarrón estaba ahí cuando tuvo la peor de las discusiones, es consciente de que esa raqueta Babolat era empuñada cuando falló aquel punto. Pero, en realidad, la culpa o el acierto siempre será de uno mismo, aunque sea más fácil atribuir propiedades mágicas al objeto más inanimado. Por eso, si este texto te parece pésimo, siempre podré decir que las teclas de este teclado no me dejaban escribir con fluidez. Y me quedaré tan pancho.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.