Durante mucho tiempo, viajé con rumbo. No me refiero al buscador de viajes tipo Edreams o Kayak, sino a la visita planificada en cada detalle. Recuerdo despertarme en la ciudad visitada poco después de que cantase el gallo (Francia acaba de legislar sobre ese tema, en una de las noticias más llamativas de la semana); desayunaba rápido, parada consiguiente obligatoria y alrededor de las 8:30 horas mi acompañante y yo ya estábamos saliendo del hotel para iniciar un periplo que nos llevaría por los destinos que no podías perderte como turista. Iglesias, monumentos, ruinas, parques y museos se iban sucediendo hasta que terminabas tan fundido como el queso de un san jacobo. Finiquitabas el día cenando con apetito, pero agotado, como cuando te pasas horas hablando en otro idioma, y con pocas ganas de más. Aunque el lugar visitado fuera maravilloso, acababas agradeciendo la vuelta a casa.

Tiempo después, empecé a relajarme. Supongo que no fue premeditado, sino que fui dándome cuenta de que haber viajado no podía ser el objetivo, sino disfrutar cada viaje. Es curioso, pero a pesar de que visitaba muchos menos lugares-que-no-te-puedes-perder, era capaz de describir mucho mejor cómo era la ciudad en la que había estado. En vez de planificar una agenda en la que se determinaba hasta el hueco para tomar un café, comencé a fijar zonas que quería disfrutar, visitando sin reloj sus monumentos y, sobre todo, entrando en aquellos sitios que aparecían de repente; normalmente, bares en los que tomar una cerveza, aunque también tiendas pintorescas o, simplemente, descansando veinte minutos en un banco en medio de una plaza. Joder, cuánto echo de menos viajar. En fin. En resumen, que mis viajes empezaron a ser mejores cuando un buen día decidí dejarme llevar.

Pensaba ayer en todo esto tras ver la maravillosa “Soul”, de Pixar, película que pone de manifiesto que el propósito de la vida no puede ser una meta cualquiera que alcanzar (ser músico, en este caso), sino el amor por la vida en sí mismo. Con la vida pasa como con los viajes: hay que ser flexibles. De poco sirve fijarse un itinerario, si para lo único que vale es para que en su ejecución perdamos todo disfrute. Cuando viajando conseguía visitar todos los puntos que me había marcado como objetivo, mi satisfacción residía en el hecho de haberlo logrado, pero no en la sensación que me había proporcionado. Era la alegría por conseguir algo por lo que uno se había esforzado, pero un éxito previsible, al fin y al cabo, de una intensidad mucho menor que la que proporciona la sorpresa. “Muy bien, ya soy músico de verdad. ¿Ahora, qué?”, piensa Joe en “Soul”. “Muy bien, ya he visto el Coliseo. ¿Ahora, qué?”, pensaba yo. Y es que alcanzar metas porque sí no tiene ningún sentido. Hoy son unas y mañana serán otras. La clave es disfrutar de dejarse llevar.

Porque, en el fondo, improvisar, virar sobre la marcha, es maravilloso. No es casualidad que el protagonista de “Soul” se dedique al jazz, ese género musical que vive de la improvisación, de esa conexión que se produce al jugar con lo que en ese momento estás sintiendo, con las cartas que te toca disputar la partida. Uno puede tener los conceptos y la partitura, pero cuando escucha lo que sucede alrededor es capaz de mejorar el plan, es capaz de improvisar una mejor versión de sí mismo y descubrir una ruta inexplorada. Lo decían los de Vetusta Morla visitando Copenhague: “Dejarse llevar suena demasiado bien. Jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar”. O empezar.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.