Llegamos a Edimburgo dispuestos a fingir que teníamos otra vez 20 años. Pero no porque no amemos la edad que tenemos ahora sino por la búsqueda de unos días en los que poder estar los cuatro que hace una década se habían conocido en una universidad italiana. Un año que nos llevó a todos a vivir fuera de casa de nuestros padres por primera vez y que nos había hecho creer que la vida y vivirla bien era exactamente lo que estabámos haciendo. Estuvimos convencidos de que habíamos encontrado el Santo Cáliz, la fórmula mágica, y lo habíamos hecho con el atrevimiento y con la certeza de la recién estrenada juventud emancipada.
Hacerse amigo así tiene también otras implicaciones: al inicio de los 20 somos todos brotes en formación, oscilando entre nuevas ideas, descifrando qué hacer con las relaciones que venían de antes y conformando las nuevas con la intensidad que merece el momento.
Y llegamos a Edimburgo a cumplir algunos rituales. Unos fueron por obligación, no me funcionó el wifi, ¿por qué no olvidarme de la tarjeta e-sim y simplemente salir sin internet y pedirlo en algún pub o contar las cosas al llegar al apartamento? Reservar un apartamento era la siguiente regla: cuando viájabamos un fin de semana por Europa siempre nos gustaba quedarnos en pisos si estábamos espléndidos con los gastos y podíamos evitar el hostal. Nos gustaba desayunar ahí, tomar la primera antes de salir, hablar antes de dormir al llegar de madrugada.
Ocurrían algunas cosas más: daba igual dónde comer, siempre se pedirían patatas fritas como guarnición o al centro. No existían los stories de Instagram y en todo caso se subía alguna foto después, una vez ya pasado el momento. Nunca teníamos claro lo que sucedería e improvisábamos paseos que acababan en pueblos que se nos cruzaban en el camino.
Esta vez volvimos a hacerlo casi todo, incluida la recena en McDonald’s cuando el viento ya era fresco, animarnos con Nino Bravo en un karaoke escocés, hacer amigos alemanes que nunca más volveríamos a ver, beber demasiada cerveza, equivocarnos de carretera.
El tiempo que paso con aquellos amigos que fuimos también se transforma y sin embargo, ahora, yo, que volví de Edimburgo sin poder recomendarte los mejores restaurantes (algunas cafeterías sí), ya sé que no existe la eterna disponibilidad y que aun así hemos logrado con gran éxito apartar tres días para comer patatas fritas y reírnos en una ciudad que no conocíamos y en la que volvimos a ser aquellos que se conocieron. Es decir, volvimos a creer que encontramos la fórmula mágica y me gustaría que se me permitiera pensar que sí, que en el fondo aquel año dimos con ella y sigue con nosotros aguardando para ser despertada, aunque sea de vez en cuando.

