Vivimos en la edad de oro de los pantalones de chándal. Como suele decirse, la pandemia no ha hecho otra cosa que acelerar tendencias latentes. Es decir, esta indumentaria propia de cualquier actor de “Trainspotting” llevaba años proliferando, pero las limitaciones por la Covid-19 han impulsado su consolidación, llenando nuestros armarios de pantalones con goma en la cintura, ese recurso cómodo para todos, pero especialmente útil para cualquier chaval adolescente recién levantado. Las principales firmas han incorporado a su catálogo decenas de opciones a buenos precios, aunque la mayoría nos cambiemos bastante poco estos pantalones de chándal que ya no son sólo pijamas, sino también ropa para trabajar. En casa, por supuesto. Porque, de todas las tendencias, si hay una que ha acelerado este último año, es la del teletrabajo.

En el fondo, el apogeo de los chándales y del teletrabajo van de la mano. Pasamos más tiempo que nunca entre las paredes de nuestra casa y delante de la pantalla del ordenador, con lo que lo que suelen ver de nosotros nuestros compañeros es lo conocido como “Plano Matías Prats” o, lo que es lo mismo, nuestro busto. Raro es aquella persona a la que ves de ombligo hacia abajo, afortunadamente. Por eso, muchos decidimos prescindir de esos vaqueros o pantalones chinos que nos encorsetan o que nunca fueron pensados para ser vestidos en nuestro hogar para enfundarnos un chándal que da a piernas y colindantes una libertad muchísimo mayor. Porque, hoy tanto como antes, aunque no sean pocos los que equiparen teletrabajo a independencia, seguimos teniendo una imperiosa necesidad de libertad. De hecho, creo que más que nunca.

Lo que nos hace libres nunca es un hecho en concreto, sino la posibilidad de decidir, la opción de escoger. Es decir, la libertad no es teletrabajar, sino poder teletrabajar. En el fondo, sólo es libre quien decide. Ya sea en una dirección o en la otra. El debate sobre el teletrabajo se está fundamentando excesivamente en lo que prefieres de forma absoluta, cuando en realidad la libertad no deberías ejercerla una vez, sino practicarla siempre y cuando fuera posible, tantas veces como el Valencia cambia de entrenador. Si lo que no nos gustaba de tener que trabajar al cien por cien en la oficina era que fuese un hábito inamovible, algo similar sucede ahora (por motivos obligados, en la mayor parte de los casos) con el teletrabajo. Todos aquellos que trabajen al completo con sus chándales desde casa anhelarán la misma libertad que tantos otros que lo hacen o lo hacían únicamente desde la oficina.

Teletrabajo no es igual a libertad. Es tan esclavo, o más, que el trabajo físico. Presenta muchas ventajas, por supuesto, como evitar largos viajes hasta la oficina y, por tanto, tener algo más de espacio para uno mismo, aunque habitualmente acabes rellenando el tiempo que empleabas para el metro en trabajar más. Pero también ha intoxicado nuestras casas, dificulta hacer equipo y nos aleja de esos momentos de camaradería que tantas cosas buenas producen. Cuando volvamos a la normalidad, espero que el debate no sea tan binario, que no sea cuestión de “Teletrabajo: ¿Sí o no?”, sino de poder ser capaces de escoger cuándo. Tener en nuestra mano decidir cuándo nos ayuda y cuándo no. En realidad, todo se resume en poder elegir qué día vestiremos un vaquero o cuándo nos pondremos el pantalón de chándal.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.