Tras muchos años formando a directivos para que mejoren sus habilidades de comunicación he llegado a la conclusión de que solo existen dos tipos de ponentes: los que te inspiran o los que te dan alguna pista útil que puedes aplicar en tu trabajo o en tu vida personal. Todo lo demás es farfolla.

Para llegar a encajar en alguna de estas dos categorías es imprescindible seguir estas cinco reglas:

1. Pensar el para qué, cuál es el objetivo de mi disertación. La mera aplicación de esta regla logrará que el discurso sea más directo, concreto y breve, es decir, vaya al grano. A diferencia del por qué, que generalmente remite al pasado, el para qué mira hacia el futuro, hacia ese punto al que queremos mover a la audiencia.

2. Elegir un hilo argumental que esté conectado con la tesis principal. El público no tiene que ir buscando la idea principal ni ésta debe subyacer en el relato, sino que ha de aparecer con claridad en algún momento del discurso, cuanto antes, mejor. Contar una historia (storytelling) es una forma casi siempre eficaz de hilvanar el hilo con la tesis y hacer que juntos naveguen a lo largo de la intervención.

3. Elegir una estructura. Cada vez que escucho a alguien decir “para ir terminando” pienso inmediatamente que no ha pensado previamente en el final de su intervención, uno de los momentos clave de la misma. Es como si el director que va a rodar una película no hubiese definido previamente cómo va a concluirla, esa escena que precede a la cartela de “Fin”. Estaríamos ante un guion incompleto.

Los discursos casi siempre acaban teniendo una estructura, pero a menudo ésta es fruto de la improvisación. En función del para qué debemos elegir una estructura que permita a la audiencia seguir el discurso. Podemos optar por configuraciones simples (bloques de contenido) o más complejas (el discurso racional, el discurso del líder o el discurso emocional). Los elementos comunes a todos los tipos de estructura son un arranque que capte la atención, una tesis principal, una llamada a la acción y un final memorable.

4. Conectar emocionalmente con la audiencia. Antes de comenzar una intervención hay que preguntase en qué estado emocional me encuentro y cuál es el que creo que predomina en la audiencia. De nada sirve construir una alocución brillante sobre el papel si no se establece un canal emocional que sintonice con el del público. Rajoy no es un mal orador; sin embargo, el día que ganó por segunda vez las elecciones generales pronunció uno de sus peores discursos (¡qué paradoja!), porque, además de no prepararlo, no logró conectar desde su enfado reivindicativo (el caso Gürtel ya le quitaba el sueño) con las personas que se reunieron delante de la sede del partido en la calle de Génova para compartir la alegría de la victoria.

Para crear esta conexión es fundamental modular el lenguaje. Normalmente pensamos que lo más importante de una plática es lo que decimos, es decir, el lenguaje verbal. Sin embargo, el lenguaje emocional (cómo lo decimos) y el no verbal o corporal (lo que dice nuestro cuerpo) tienen más peso. El mayor espacio de mejora se sitúa en el lenguaje emocional, que consiste en modular el tono, el volumen, incluso el timbre de la voz y, sobre todo, jugar con las pausas, hacer del silencio un elemento poderoso al servicio del relato. Con frecuencia los oradores olvidan que hablando también se utiliza la puntuación.

5. Ser auténtico. Si eres auténtico, eres original. Ni las copias ni los postureos funcionan a medio plazo, que es el tiempo en el que se empieza a construir la reputación de una persona. Esta regla se ha vuelto aún más relevante en estos tiempos impregnados de tanta falsedad, superficialidad y evanescencia. Los aprendizajes, los desafíos superados, las vulnerabilidades admitidas y las moralejas que se extraen del fracaso son caminos hacia el éxito. Ser auténtico significa comunicar desde el personaje que representas en ese momento, pero teniendo muy presente que lo realmente estructural son los principios, los valores y las conductas de la persona que eres.

Decía Winston Churchill que los mejores discursos de su vida los había improvisado el día antes. La aplicación de estas reglas denota que cuanto mejor te prepares, mejor parado saldrás de tus intervenciones y más satisfecho quedarás tú y la audiencia. Hablar bien y con sentido es una habilidad clave para el liderazgo en estos tiempos de conversación permanente.

José Manuel Velasco es consultor de comunicación y coach ejecutivo. Tiene una larga trayectoria en el ámbito de la comunicación. Fue presidente de la Asociación de Directivos de Comunicación.