A priori no me gusta el término. Lo asocio con las estrategias usadas por los nazis para difundir sus ideas y ganarse apoyos. Es evidente que es una herramienta poderosa para crear adeptos e incluso incondicionales. Además de poderosa, peligrosa. Hasta la podríamos calificar de arma de destrucción masiva, según su uso. Y también creo que es más que evidente que cada vez está más presente en el día a día de los ciudadanos. Nos demos cuenta o no. 

Me llama la atención la forma en que los principales dirigentes de los partidos nos trasladan las consignas oficiales que ordena el “aparato” propagandístico. Creo que todos estamos cansados de escuchar que el PP no es un partido constitucional tras su rechazo a alcanzar un pacto para renovar el CGPJ. Estos días la consigna está siendo coreada y recogida por los medios de comunicación en boca de prácticamente todos los ministros.

Siendo el poder “Ejecutivo”, si de verdad se creen lo que dicen, deberían tomar cartas en el asunto. Digamos que podrían ilegalizar el Partido Popular por estar fuera de la Constitución. Creo que una de las grandes decisiones de la democracia fue la legalización del Partido Comunista de Carrillo (menciono a Carrillo sin saber si la ley de la memoria histórica aceptará esta mención sin reproches, ya saben). Y si no están tan convencidos como para tomar esta decisión, dejen de lanzar la consigna y confundir a los incondicionales.

Por el otro lado, el PP escogió como mensaje del momento la pregunta de quién se reunió con Puigdemont en Waterloo. Sin pudor usó su turno de preguntas en el Congreso para repetir una y otra vez la misma cuestión, inutilizando por completo la sesión de control al Gobierno. ¿De verdad que les pagamos para eso? La oposición tiene otras funciones que llevar a cabo. Si disponen de información de que el Gobierno ha realizado algo ilegal, denúncienlo. Y si no es así, déjenles ejercer el gobierno de la mejor manera que sepan, que bastante tienen ya.

Estamos jugando con fuego partiendo la sociedad descaradamente en dos bloques. Lo de “o conmigo o contra mí” parece que se impone en todos los ámbitos de la vida. Y es más peligroso aún en el contexto económico que estamos viviendo: un episodio de inflación por excesiva oferta monetaria y restricciones en la oferta de determinadas materias primas, a la vez que una sociedad acomodada en su estado de bienestar e inconsciente de que una “crisis” significa sacrificios para poder superarla.

Si en mi anterior columna pedía cierta sensatez en las decisiones sobre materia económica: políticas monetarias y fiscales restrictivas a la vez que control del gasto público para enfriar la economía; hoy debo pedir sensatez en la manipulación del sentimiento del ciudadano. Si quieren enfréntense entre ustedes, pero no nos enfrenten entre nosotros. Las dualidades derecha – izquierda, empresario – trabajador, joven – pensionista, no ayudan a generar un país unido y con futuro.

En mi opinión, en vez de confrontar, para cohesionar una sociedad hace falta un proyecto que genere ilusión. ¿Cómo nos gustaría que fuese España en 10 años? ¿Y dentro de 30? Confío en que los partidos políticos se hagan constantemente estas preguntas, pero deberían trasladarnos a los ciudadanos sus reflexiones y su proyecto. Hoy por hoy, los documentos de programa electoral son muy desilusionantes. Son propuestas interesantes -algunas- pero inconexas entre sí. Falta un hilo conductor que nos anticipe la idea global que quieren construir los que nos gobiernen.

Déjense de propaganda destructiva y cuéntennos su proyecto de España. Su idea ilusionante. Cómo va a ser la sociedad, nuestros derechos, la economía, la convivencia… Pero no nos engañen ni nos confronten. Utilicen su maquinaria propagandística para generar ilusión y unión. Tienen una máquina poderosa y una situación inmejorable, puesto que la crisis requerirá trabajar unidos (nos lo decía Sánchez en la pandemia, con poco éxito, sin duda). Quizás sea muy optimista por mi parte atendiendo a la realidad que se está imponiendo en la política, pero es una oportunidad que no debemos perder. Hagan que nos vuelva a gustar la propaganda.