La cúpula del Panteón de Roma es una de las obras cumbres del genio humano. Su cemento aún se endurece dos mil años después de su construcción. Los patrocinadores de la florentina Santa María del Fiore imaginaron una cúpula señorial sin tener, todavía, los conocimientos para construirla. Hubo que esperar años a la llegada de un orfebre aficionado a la arquitectura, Filippo Brunelleschi, para levantarla.

Todos los esfuerzos se dirigían a impedir el colapso de la obra. Los cálculos de fuerzas y contrapesos iban dirigidos a evitar el derrumbe. Pues bien, todas estas intrincadas y laberínticas edificaciones son diminutas en comparación con el Sistema de Financiación de las Comunidades Autónomas y nuestro modelo fiscal.

Pedro Solbes, por dos veces vicepresidente de Economía, lo definía como un sudoku. Un sudoku con múltiples aristas y contornos que solo consigue la unanimidad en su crítica. No hay comunidad que esté de acuerdo con el sistema. Todas, dicen, se sienten perjudicadas. Las pobres porque reciben del Estado menos de lo que necesitan. Las ricas porque pagan más de lo que desean. Y las forales, Navarra y País Vasco, a su aire. Todo se complica cuando la política fiscal se convierte en la nueva trinchera política.

Las CCAA participan de los ingresos de alguno de los grandes tributos estatales y pueden crear los suyos propios, pero las principales actividades mercantiles ya están gravadas. El Estado transfiere, a través del Sistema de Financiación, buena parte de los recursos necesarios para financiar sus competencias, como la sanidad y la educación. En los criterios de reparto de estos recursos tampoco hay unanimidad. Todo el mundo se siente discriminado por mucho que se intenten adaptar los criterios, ya sea porque se tiene más población envejecida que el vecino, más niños por escolarizar, la insularidad, la dispersión demográfica, etc.

A esto, el gabinete de Rodríguez Zapatero introdujo una serie de fondos que distorsionan aún más el resultado contable. Cosas de la política y la necesidad de aliados en el Congreso para apuntalar mayorías, como ocurre ahora, como ocurrió siempre. El caso es que desde 2009 todo el mundo reclama una modificación o, mejor, un nuevo modelo. Zapatero ya tenía bastante con regar los mustios brotes verdes que terminaron agostados. Rajoy se encontró con poca harina y mucha mohína. Se dedicó a tapar agujeros, rescatar cajas y evitar el colapso.

Cuando salió el sol en la economía se olvidó de transformar la financiación autonómica. Y el Sistema de Financiación autonómico es como la línea de partida en la competición fiscal, el problema es que algunas regiones pisan la línea, otras salen con ventaja, dos o tres pasos adelantados y por último alguna parten penalizadas, con retraso.  

Madrid, la que más aporta al sistema, comenzó a agitar el avispero fiscal con las rebajas en el IRPF pero, sobre todo, con la bonificación al 100% en el Impuesto de Patrimonio. Ahora, Andalucía sigue sus pasos y el Gobierno mueve piezas entre los escaques tributarios para frenar el avance del PP y de Núñez Feijoo en el tablero electoral.

El ministro José Luis Escrivá, en Onda Cero, defendió la limitación de la autonomía fiscal de las CCAA. El Ejecutivo recupera del cajón del olvido dos propuestas: la armonización fiscal y el impuesto a las grandes fortunas. Armonizar es un verbo que se conjuga igual que limitar o controlar.

‘Recentralizar’ supone dar la espalda a la actual España de las autonomías, pero únicamente a las de régimen común, las ‘forales’ no se tocan. Representa un recorte del poder de los gobiernos y parlamentos autonómicos. Del café para todos de la transición, al café amargo de la supervisión de la Hacienda de Sánchez y a pocos meses de las elecciones locales y regionales.

En estos instantes será difícil establecer diálogos y alcanzar acuerdos entre los grandes partidos en el modelo autonómico y aún menos en su financiación. Los impuestos son alto voltaje. Al eje izquierda-derecha se une el eje centralizador-descentralizador, el territorial. Felipe González argumentaba que en la España de las autonomías los traslados de competencias debían gestionarse como quien corta un jamón, siempre en finas lonchas. Sin duda, lo peor es tocar hueso a las puertas de una recesión y aún más difícil recuperar el jamón.