Las protestas de la Primavera Árabe fueron el punto de eclosión de la web 2.0 y de su principal trasunto tecnológico, las redes sociales. Internet, como lo que es en su esencia: una plataforma de comunicación, al servicio de un alzamiento popular contra regímenes que coartaban las libertades individuales y colectivas. Personas a la captura de las pavesas de la globalización.

Paradójicamente, también supuso el principio del fin de la torre de Babel en la que, durante unos años y fascinados por el poder transformador de la naciente economía digital, vivimos instalados y cohesionamos toda la riqueza de visiones y lenguajes de la sociedad. Según explica el psicólogo social John Haydt, coincidiendo con las revueltas de la Primavera Árabe llegó el botón de ‘Me Gusta’, y eso condujo a la segmentación de mercados, y de ahí sólo hubo que esperar a que el marketing digital y la crisis del periodismo hicieran su trabajo para caer en la polarización social y el descrédito de la democracia, ingredientes principales de la desglobalización.

El profesor canadiense Jordan Peterson ha echado sal a la herida al interpretar la invasión de Ucrania ordenada por Putin como una guerra civil en Occidente, cuyos bandos más belicosos serían los colectivos ‘Woke’ y ‘Alt-Right’ (extrema derecha en Europa). Estos últimos, defensores de los valores y las raíces cristianas que habrían hecho grande a la civilización, en su esforzada cruzada, unas veces se ven obligados que ocupar el Capitolio en Washington y otras a bombardear a civiles indefensos en el Donbass.

Los colectivos ‘Woke’ actúan convencidos de que su misión es combatir a los poderes establecidos y al capitalismo sin alma, en defensa de los colectivos más desfavorecidos, ya se deba su situación de vulnerabilidad al género, la raza, el lugar de nacimiento o a su forma de pensar fuera del marco de valores que conforman la ortodoxia occidental. Tan pronto enfrentan a la BBC con Downing Street, como paralizan los Campos Elíseos.

Como ha puesto de manifiesto el profesor de la European Graduate School Slavoj Žižek, en realidad tanto ‘Woke’ como ‘Alt-Right’ viven instalados en las élites sociales, culturales y económicas de ese mundo que intentan transformar. Tras citar el Manifiesto Comunista, afirma que “la cuestión no es que ‘izquierda’ y ‘derecha’ sean nociones obsoletas, como se escucha a menudo, sino que las guerras culturales han desplazado a la lucha de clases como motor de la política”. Y uno de los componentes clave de la cultura es la innovación tecnológica.

El momento de incertidumbre y polarización influirá en el diseño de la nueva sociedad que saldrá de la revolución digital, y viceversa. Una de las grandes aportaciones recientes del investigador español del MIT Media Lab, Beca Marie Curie y experto mundial en robótica de enjambres, Eduardo Castelló, ha sido utilizar el blockchain como lenguaje para que los dispositivos autónomos, desde coches a robots lunares, se comuniquen. Vaya con el blockchain como lenguaje de la desglobalización.

Medios serios de referencia se han hecho eco del informe del SPL Center que acredita la presencia de entidades del ‘Alt-Right’ de todo el mundo en el ámbito de las criptomonedas, bajo el paraguas tecnológico del blockchain. Pero es que el token Global Social Chain (GSC) podría atraer a los inversores de criptodivisas ‘woke’… de ofrecer quizás más rentabilidad, por no hablar de la emergencia de las iniciativas DAO (Decentralized Autonomous Organization, por sus siglas en inglés) como primeras manifestaciones cooperativas y sociales de la Web3.

Como en su día sucedió con la Web 2.0, los extremos que aspiran a reventar el status quo confluyen en una tecnología que promete la descentralización y la no supervisión en la era de la desglobalización: el blockchain. Pero al igual que a finales de los 2000, la explicación es que todavía se encuentra en un momento incipiente, no está exenta de control, como ha puesto el informe Are Blockchains Decentralized? entregado a la DARPA de Estados Unidos, y no sabemos aún, por consiguiente, exactamente dónde nos llevará.