Todos coinciden, Tomás Muñoz creó la industria discográfica moderna de nuestro país. Natural de Villanueva de Córdoba, donde acaba de fallecer a los 88 años, la suya es una vida de película. 

Cuando apenas han pasado 48 horas de su defunción, y los obituarios personales y de los medios profesionales -como siempre brillante Diego A. Manrique- se han dado de manera sentida, aquí mi humilde aportación a la memoria de alguien que debería ser por siempre reivindicado cuando se habla del negocio de la música en España y Latinoamérica.

Huyó de su pueblo para conocer el mundo, cuando aún los rescoldos de una guerra fratricida seguían humeantes, y para conocer culturas tan diferentes como la china o recorrer la URSS en busca de estímulos. De ahí, tras un largo periplo, llega a México, donde comienza a trabajar en una compañía que pasaba por una etapa decadente, Discos Gamma, la filial de la mítica disquera española Hispavox.

Más por necesidad que por vocación, pero es allí donde encuentra la forma de expresión profesional en la que ahondará el resto de su vida. Asciende rápidamente y acaba como director, situando a la compañía entre las grandes, gracias, entre otras cosas, al desarrollo del producto local y a los objetivos que se marcaban desde la calle Torrelaguna, 64 de Madrid.

Los dueños de Hispavox, la familia Vidal Zapater, ven en Muñoz la persona ideal para asumir las riendas de la compañía en España, y para sustituir a uno de ellos que ostentaba la dirección general, Luis Vidal Zapater. Pero es en 1970 cuando se empieza a forjar su leyenda, al fundar CBS en España. Primero desde su apartamento de la calle Ramón De la Cruz, para después instaurarse en las míticas oficinas de la Torre de Madrid en Plaza de España.

Son innumerables todos los éxitos que se fraguaron bajo su mandato; de Julio Iglesias a Miguel Bosé; de su querida Cecilia a Las Grecas; de Joaquín Sabina a Víctor Manuel y Ana Belén; de Los Pecos a Mecano; o de Ricky Martin a Chayanne; hasta proyectos especiales anclados en la memoria de más de una generación como La Misa Campesina, producida magistralmente por Óscar Gómez.

Pero si hay algo que caracteriza su brillante y excepcional visión empresarial, es el talento para captar a profesionales que luego también han sido protagonistas indiscutibles en la edad de oro de la industria musical española. Desde el añorado José María Cámara, al que fichó como contable, para luego darle galones que le hicieron crecer hasta ser posiblemente el gran sucesor de Muñoz. Ejecutivos también como Manolo Díaz, José Luis Gil, Luis Javier Martínez o Aurelio González. Autores de la talla del inmenso Luis Gómez Escolar u Honorio Herreros. Captadores de talento como Manolo Díaz Pallarés o el siempre reivindicable Miguel Ángel Arenas ‘Capi’. Genios del marketing como Ramón Crespo o Adrián Vogel, además de grandes y reconocidos profesionales como Luis Salomón, Nieves García, Luis Garza, Manolo Moreno o Fernando Salaverri.

Precisamente con este último me transmitió una anécdota, creo que muy descriptiva, de lo que era el marketing o la estrategia comercial para Muñoz. Andaba un día Salaverri por la oficina cuando se cruzó con Don Tomás (el trato de usted era obligatorio), y le enseñó un proyecto que andaba desarrollando: “Mire, estoy preparando una colección sobre unos artistas, y he pensado que para hacer algo especial, algo distinto a lo que se ha hecho hasta ahora…”, en ese momento Muñoz le cortó y le dijo: “Señor Salaverri, no invente, copie”. Es decir, apostaba por lo que ya funcionaba, no había que innovar, había que hacerlo bien.

El periplo vital le llevó después a Brasil, donde vivió varios años apuntalando, entre otras cosas, la carrera de un grande como es Roberto Carlos, al que hizo convivir en olimpos paralelos con Julio Iglesias. De ahí a la Quinta Avenida de Nueva York, en la cúpula del poder de lo que ya era Sony, donde no paró de trabajar hasta su retiro.

En 2012 publicó un libro de memorias Memoria Banal, en mi opinión, demasiado humilde. Ese mismo año se presentó una sólida candidatura para que recibiera el premio Príncipe de Asturias, que evidentemente no se le concedió; demasiado osado reconocer la valía de alguien que desde los despachos y las salas de reuniones catapultó al éxito internacional a un montón de artistas, por los que luego todos sacan el pecho y las selfies, aportando más de un capítulo a la historia de la cultura del país. Por no hablar de la cantidad de empleo de calidad que generó o el tránsito de divisas entre continentes.

Me quedo con el recuerdo de alguien, al que sin haber conocido personalmente, alumbra de alguna manera, mi aventura profesional en esta vida. Gracias por esto y por más, maestro.