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BAD BUNNY… BIG MONEY!

Desde hoy, 22 de mayo con el arranque de su gira española en Barcelona, el artista puertorriqueño ofrecerá después hasta diez conciertos consecutivos en Madrid, lo que se conoce como una residencia musical, un nuevo paradigma que está reinventando la industria del entretenimiento y del turismo, un gigantesco negocio que inyectará más de 200 millones en la capital.

Foto: Jamel Toppin para Forbes.

El pasado mes de enero, durante la feria de FITUR en Madrid, Miguel Alberto Romero Lugo –alcalde de San Juan, capital de Puerto Rico– anunciaba que los visitantes en su país durante 2025 había aumentado en $700 millones respecto a año anterior. Puede sonar algo exagerado, pero gran parte de ese incremento podría atribuirse a una única persona: Benito Antonio Martínez Ocasio. Si no les suena tal nombre, quizá puedan pensar que se trata de algún promotor turístico o del dueño de una importante cadena hotelera, sin embargo, si revelamos el sobrenombre artístico que se esconde tras esos apellidos –Bad Bunny, uno de los cantantes más influyentes del panorama musical planetario– tal vez todo pueda explicarse mejor.

Desde el 11 de julio al 14 de septiembre del pasado año, el puertorriqueño –de 32 años, natural de la ciudad de Bayamón– desarrolló en su país natal lo que hoy se conoce como una residencia musical; esto es, una serie de conciertos concentrados en una misma sede (en este caso, la ciudad de San Juan) durante un periodo prolongado de tiempo (poco más de dos meses).

En ese espacio de ocho semanas, Bad Bunny logró convocar en esta pequeña esquina del Caribe a más de medio millón de seguidores, espectadores… o turistas, según como cada cual quiera considerarlo (más de 50.000 pernoctaciones hoteleras, con sus correspondientes comidas, cenas y gastos en transportes y desplazamientos no es ninguna bagatela). Lo hizo además en un momento estacional que tradicionalmente se considera temporada baja (por ser época de huracanes), lo que benefició aún más a este sector económico, estratégico en la isla. En total, se estima que el artista inyectó más de $200 millones en divisas al PIB de Puerto Rico.

Y es que el análisis profundo de este asunto traspasa la simple idea de un concierto de música. Muchos de los fans que volaron hasta San Juan para ver a Bad Bunny en directo prolongaron su estancia unos días para aprovechar el viaje y conocer mejor el lugar. Restaurantes, hoteles y Airbnb con tasas de ocupación récord; playas, museos, ocio nocturno, negocios locales e incluso vendedores ambulantes, todos salieron beneficiados de una ola de bonanza que ha podido suponer de un 2,5% del total de los ingresos anuales por turismo (unos $7.800 millones) en este estado libre asociado a los EE UU.

El hecho no deja de ser tan sorprendente como revelador. Mientras gobiernos, organismos y oficinas de promoción se gastan un dineral en ingeniosas campañas de publicidad para intentar atraer al visitante medio (mejor aún si llega con la cartera llena y ganas de gastar) frente al competidor vecino, la residencia musical de una estrella de éxito puede impulsar y transformar la economía local de un territorio con un impacto hasta hace poco insospechado.

Pero es ahora cuando llega lo más interesante del asunto. Bad Bunny podría repetir este mismo fenómeno –en menos de un mes– en una plaza mucho más cercana a nosotros: Madrid y Barcelona.

Desde el próximo 30 de mayo hasta el 15 de junio, la estrella latina ofrecerá doce actuaciones en nuestro país, dos en Barcelona y diez en la capital de España (en el Estadio Riyadh Air Metropolitano) dentro de su gira mundial DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour. Hasta el momento se habla de 600.000 entradas vendidas (algo así como todos los habitantes de Málaga al completo) a una media de 150 euros cada una (multipliquen si tienen el móvil a mano), un hecho que la propia promotora ha definido como “el mayor número de tickets vendidos en una sola gira en España hasta la fecha”.

Más de la mitad del aforo, 600.000 entradas vendidas, llegará de fuera, lo que implica gastos en hoteles, comida, transportes…

Según estimaciones que la Asociación de Promotores Musicales de Madrid (APM), la decena de conciertos que la estrella latina ofrecerá en la capital generarán en la ciudad y su entorno un impacto económico de entre 185 y 220 millones de euros (es decir, lo mismo que el total de industria musical local llega a facturar en un año entero). Conviene además subrayar otro detalle importante, se estima que al menos la mitad de ese aforo –unas 300.000 personas– llegará de fuera de Madrid (desde otros puntos de España o incluso el extranjero), lo que –lógicamente– multiplicará la repercusión económica del evento a modo de onda expansiva.

Hablamos, como lo fue en el caso de Puerto Rico, de alojamiento, transporte, restauración, ocio, compras… Un impacto al que hay que sumar el empleo temporal que genere toda la organización de los conciertos, contratación de servicios logísticos asociados, dinamización del consumo local y percepción como país de proyección internacional de Madrid como capital del entretenimiento (expertos en publicidad y marketing saben que un retorno así en imagen significa mucho más que unas frías cifras). En definitiva, los beneficios producidos directamente por el gasto asociado a este conjunto de conciertos –agregados a los indirectos– van a suponer una inyección de vitaminas económicas que deberían poner a más de un empresario a saltar de alegría al ritmo de BAILE INOLVIDABLE o Tití Me Preguntó.

UN NUEVO MODELO: MUSICAL, ECONÓMICO Y TURÍSTICO

Durante muchas décadas, la industria musical vivió de la venta de discos, un sistema de consumo perfectamente engrasado que hizo millonarios tanto a las productoras como a los artistas. Hoy, sin embargo, en un entorno incierto donde los ingresos por escuchas continúan a la baja, las actuaciones en directo emergen como el único salvavidas al que el negocio de la música se aferra en medio de la tormenta.

En realidad, si miramos hacia atrás, las residencias musicales han existido toda la vida. Elvis Presley o Frank Sinatra ya fijaron en Las Vegas su domicilio artístico, un modelo que imitarían más tarde divas como Barbra Streisand o Céline Dion; y más recientemente, viejas superbandas del rock como U2, Metallica o The Eagles. No obstante, existe una diferencia fundamental entre aquellos y el puertorriqueño: todos lo hicieron en el momento en que su carrera comenzaba a declinar (un poco como el Cristiano Ronaldo que abandona el competitivo fútbol europeo por la acomodaticia y multimillonaria Liga árabe). Hacer una residencia equivalía a decadencia y ocaso, un repliegue estratégico hacia las trincheras del dinero fácil, abandonar la agotadora primera línea del show business para refugiarse en un retiro dorado basado en la nostalgia.

Foto: Instagram.

Bad Bunny, sin embargo, ha demostrado a la industria que las residencias pueden hacerse en el momento de máximo esplendor de un artista y que el público en masa (agotando cientos de miles de entradas en minutos) está dispuesto a viajar hasta donde sea necesario (aunque eso implique mayores gastos en desplazamientos y estancia), en vez de esperar –como antes era lo habitual– a que la gira de su cantante preferido pase cerca de su ciudad (como dice el refrán, si Mahoma o Bad Bunny, en este caso– no va a la montaña, la montaña irá hasta Bad Bunny).

Foto: Instagram.

PEQUEÑO GRAN CONEJO

El origen del alias artístico de Benito Martínez está en la imagen de la derecha, disfrazado de conejo de Pascua siendo un niño. Las fotos de su infancia no dejan dudas: siempre le gustó destacar.

Una vez demostrado que el modelo funciona, las promotoras han sacado la calculadora, han hecho cuentas y se han dado cuenta de que las residencias poseen, además, tres ventajas fundamentales frente a las giras tradicionales:

A) Ahorro en costes

Cualquier empleado sabe que nada hace más feliz a un jefe que alguien le demuestre cómo gastar menos. Con las residencias musicales se logra un ahorro evidente tanto en costes de desplazamiento como en el montaje de la infraestructura que envuelve al show. Frente a los conciertos aislados y las giras interminables, el escenario permanece inalterable un día tras otro (adiós a los costosos montajes y desmontajes de atrezo). Por otro lado, el flujo de aforo y su rentabilidad –asiento por asiento– se puede ajustar mucho mejor al algoritmo oferta-demanda, sin implicar por ello grandes gastos añadidos. ¿Que vendemos más entradas? Añadimos una nueva fecha. ¿Que no? Pues dejamos de vender. El sold out queda garantizado. Incluso se puede comunicar, en términos de relato positivo, con un mensaje de sostenibilidad: evitar desplazamientos constantes de la estrella y su equipo minimiza el impacto ambiental en términos de huella ecológica.

B) Menos estrés para el artista

Durante muchos años, la vida del músico en gira permanente se ha romantizado en excesos: distancias kilométricas en la carretera, amanecer cada día en una ciudad distinta, horas muertas en aeropuertos y hoteles solitarios… Lo cierto es que las residencias aumentan considerablemente la comodidad del artista, sus músicos y de las familias de ambos. Al anclar sus conciertos a un lugar concreto, pueden adaptar su rutina de trabajo a un estilo de vida más saludable en lo físico y en lo emocional. Un equilibrio (relaciones más estables, hábitos alimenticios o higiene del sueño) que se extiende tanto a los miembros de su elenco como al personal logístico que acompaña un espectáculo de estas dimensiones.

Además, toda esa paz y tranquilidad puede ayudar al artista –el verdadero protagonista– a focalizar sus esfuerzos en la calidad de su representación diaria (voz, baile, ejecución, compenetración, sonido…). Menos viajes, menos preocupaciones; menos estrés, mejores actuaciones.

C) El concierto como “viaje experiencial”

Cualquier aficionado a las road-movies cinematográficas o literarias, conoce la moraleja que se extrae de ellas: al final, lo importante no es el destino, sino el viaje. Algo parecido es lo que vende el turismo experiencial (si lees Forbes Travel seguro que sabes de lo que hablamos), el enfoque gira alrededor de la vivencia asociada al acto de viajar: una conexión más íntima con el lugar, recordar las emociones sugeridas, una historia que contar y rememorar para siempre (“¿Te acuerdas de cuando fuimos en 2026 a ver a Bad Bunny?”). El concierto ya no se limita a comprar una entrada y escuchar a alguien cantar. Implica todo el proceso en conjunto. Ver a Bad Bunny en directo se transforma en un evento aspiracional “que no uno puede perderse” (el efecto FOMO del que tanto se habla últimamente), una respuesta espectacular a las necesidades de exhibición digital de las nuevas generaciones (demostrar en las RRSS que uno estuvo allí), además de sentirse parte de una comunidad ‘elegida’ que celebra en perfecta comunión una experiencia única y transformadora.

Las residencias musicales no se convierten así en un destino turístico en sí mismas. No resulta extraño que los ayuntamientos y administraciones locales estimulen y concedan todas las facilidades burocráticas posibles a aquellos músicos que elijan establecer su show en determinada ciudad y no en otra. Si la gallina de los huevos de oro quiere asentarse aquí durante unos meses, que al menos esté lo más cómoda posible, ¿no?

¿Pero nadie sale perdiendo entonces? Lógicamente, es el fan quien debe asumir los sobrecostes en este nuevo paradigma de la industria musical. A la tradicional entrada de toda la vida debe sumarse ahora el billete de tren o avión, el hotel, los taxis, manutención y cualquier otro dispendio asociado a ese ‘concierto-evento-viaje-experiencia’ que tanto se anhela. Tal vez, como está ocurriendo con otros espectáculos –como el fútbol o la alta gastronomía– la música en vivo acabe convirtiéndose en un lujo al alcance de una minoría privilegiada. Aunque nadie duda de que seguirá habiendo siempre pequeñas bandas que toquen en garitos, así como grandes tournées que giren por todo el país, al viejo estilo, las residencias musicales son la pauta a imitar y han venido para quedarse.

LA MÚSICA COMO REIVINDICACIÓN CULTURAL

Pero hay mucho más. En el caso de Bad Bunny, el cantante ha sabido agregar a su aura musical una esfera crítica aún más poderosa. Tras su actuación –de apenas 13 minutos– en el descanso de la Super Bowl, donde el pasado mes de febrero, el puertorriqueño ha incorporado a su performance una narrativa reflexiva y reivindicativa sobre la identidad latina. Su actuación es también ahora una manifestación de activismo y pertenencia: asistir a uno de sus conciertos es habitar un territorio simbólico de celebración y orgullo que traspasa las meras fronteras geográficas. En definitiva, la música en vivo como poder de transmisión social, cultural y político (en este sentido, Bad Bunny ha decidido no realizar conciertos de su actual gira en suelo estadounidense, con el evidente perjuicio económico que eso conlleva, por temor a que el polémico ICE –el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas– realice redadas indiscriminadas entre sus fans de origen latino).

A lo musical, Bad Bunny ha agregado una narrativa reivindicativa; ir a verle es un ejercicio de activismo.

En este 2026, ya ha habido residencias significativas en Madrid. Dani Martín abarrotó el Movistar Arena durante diez fechas consecutivas y Malú hizo lo propio con siete en Las Ventas. Sin embargo, lo más parecido en dimensión y capacidad de repercusión al ‘evento Bad Bunny’ lo veremos tras el verano, entre septiembre y octubre, cuando la colombiana Shakira complete una residencia de 11 conciertos confirmados a día de hoy) en el Estadio Shakira, un recinto temporal –con capacidad para 50.000 personas, diseñado por el premiado estudio de arquitectura Bjarke Ingels Group (BIG)– que se construirá en el distrito de Villaverde, al sur de la capital, exclusivamente para este tipo de conciertos.

Fotos: Getty.

La promotora, Live Nation España, habla de “experiencia inmersiva e integral, una especie de ciudad cultural donde la música, el arte y la identidad latina se encuentran a una escala nunca antes vista”. Visibilidad total, acústica de última generación y –por supuesto– zonas VIP que “eleven la vivencia a un nuevo estándar dentro de la industria del entretenimiento”.

Si a esto le añadimos el Gran Premio de España 2026 (la carrera de Fórmula 1 que se celebrará en el circuito de IFEMA –denominado MADRING, para la ocasión– del 11 al 13 de septiembre) o el regreso de la NFL al Santiago Bernabéu (prevista para noviembre), la capital se prepara para un otoño que podría redefinir el futuro mercantil del ocio a nivel internacional.

DEBÍ TIRAR MÁS FOTOS

Bad Bunny acumula momentos memorables en su álbum. Desde la actuación de Latin Grammy de 2019 con Residente y Ricky Martin, el paso por el Superbowl de 2020 con Shakira, los combates de lucha libre en la WWE o la premiere de Bullet Train (2022), en la que compartió pantalla con Brad Pitt.

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