“Tenemos bolsas de helio” decía el cartel de una tienda de alimentación oriental en Madrid hace unos días. Quizá el dueño se puso nervioso ante el boyante negocio que tenían ante sus ojos con el “oro frío” de este verano. Este periodista presenció un conato de trifulca en un Mercadona entre la cajera y ciudadanos chinos hábilmente distribuidos en las distintas cajas para poder adquirir la máxima cantidad de hielo por persona que permite vender la cadena de Juan Roig. La escalada de los precios de electricidad y combustibles, la demanda propia de la época, el repunte de la hostelería por el frenesí del ocio postcovid -aunque la epidemia sigue muy viva, pero aletargada-, los propios medios avivando la psicosis por la ausencia de noticias y el temor a tomarse un gintonic que parezca un sopicaldo pueden llevar al consumidor a una situación desesperada que le lleve a tomar decisiones estúpidas.

El hielo es objeto de deseo y codicia estos días. No le dábamos importancia, pero ahora veneramos esa agua congelada, tan fascinante como el hielo que traían los gitanos al Macondo de “Cien años de soledad” y que recordaba ante el pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía. O la quijotesca empresa de Harrison Ford en “La costa de los mosquitos”, en el papel de un científico desencantado de la civilización occidental que inventa en plena selva amazónica una máquina de hacer hielo a partir del fuego. Como para el desquiciado Ford en la película, ahora el sueño de muchas personas es ser autosuficiente y producir su propio hielo casero. Por unos 150 euros podemos adquirir una pequeña máquina doméstica. Las búsquedas se han disparado en Amazon o en plataformas de segunda mano como Wallapop. Quizá comprar un aparato doméstico sea una inversión tan “razonable” como la yogurtera o la licuadora que compraban las familias en los ochenta, pero en Wallapop y apps similares pueden encontrarse también máquinas profesionales procedentes, por ejemplo, de locales de hostelería que echaron el cierre con algunas de las últimas crisis. Y uno piensa: “los cubitos de las máquinas domésticas son piedrecillas que en seguida aguan mi refresco” o “no sirven para montar una superfiesta”, mejor juego a lo grande, “quiero bloques macizos de los que venden en las gasolineras, eso es lo bueno”. Y entonces se cree que va a tener una producción industrial en su garaje por dos duros. Todo muy bonito, pero…

Ahora vuelva atrás en el texto, y relea lo que escribo después de mencionar al mítico dueño de Mercadona. Las máquinas de hielo profesionales tienen un nada despreciable consumo energético. Aún más, si llevado por la euforia del frío compra una máquina refrigerada por agua, estará haciendo un flaco favor al planeta y le estallarán los ojos cuando le llegue la factura de su consumo hídrico, porque un “bicho” de estos es como tener un grifo abierto 24 horas. Mi consejo, infórmese bien antes de cualquier compra impulsiva. Como recordaba estos días un tuitero -no puedo citar, no me acuerdo del nombre- “a la gente se le olvida que con una cubitera de plástico y un poco de agua todos tenemos nuestra fábrica de hielo: se llama nevera”.

Esto me harta, espero que esta crisis del hielo dure, como cantaba Sabina, “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”.