Foto: Element5 Digital (Unsplash)
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Pues sí, lo que les digo, me encantan las campañas electorales. Junto con las llamadas “jornadas de control al Gobierno” son mis favoritas. Es una debilidad, hasta ahora inconfesada.

Éstas, las jornadas de control al Gobierno, aunque de cierto interés en ocasiones, casi siempre discurren bajo un único patrón: “manzanas traigo”. Precisamente en eso recae su interés a la vez que su monotonía, en la capacidad de desviar la respuesta de la pregunta. Cuestionados por la inflación son capaces de responder con las medidas de defensa del tigre de Bengala en la India Oriental. Con naturalidad. Haciéndolo parecer una respuesta precisa y adecuada. Generan una atracción similar a la de los trileros que se acumulan en Westminster Brigde junto al parlamento Británico: sabes que te la están jugando pero te quedas fascinado con su trampa. En la cuna de la democracia, ¡qué ironía!

Hay ocasiones en que el guion de estas jornadas de control se desplaza radicalmente hacia un “y tú más”, pero esta senda resulta indiscutiblemente más vulgar y menos brillante que la anterior. Este tipo de respuesta me recuerda a los tiempos de colegio, donde la expresión “rebota y explota” servía para replicar tajantemente el insulto de algún párvulo rival. De eso hablamos. Quizás en este tipo de respuestas solo quepa destacar el tono del orador, viéndose grandes diferencias entre el enojado y gritón (más vulgar en su oratoria), y aquel algo más irónico y comedido (normalmente con menor tirón en los telediarios). Pongan ustedes los nombres que se les ocurran, que se les están ocurriendo.

Existe otra fórmula casi tan apasionante como el “manzanas traigo”, y es la de “a mi no me da usted lecciones de loquesea”. Es útil casi en cualquier momento de indignación defensiva. Digamos que un buen parlamentario la debe tener siempre entre su repertorio. Se debe de “escupir” con bastante enojo, pero sin perder la razón por las formas. Elegantemente y con convicción (si el honor lo permite). En esta ocasión, y siguiendo con los proverbios, podríamos encasillarla junto al tan afamado “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Necesariamente censurable.

Perdonen el circunloquio, pero ya llego a las campañas electorales. La antesala de la fiesta de la democracia. En una boda, sería la despedida de soltero. Un evento épico que no se deber olvidar nunca (¿o sí?, que diría Rajoy). En ellas son los candidatos y su locuacidad ante su entregado público los que deben buscar la fórmula más imaginativa para salir en televisión y ganarse el aplauso o la carcajada. Sí, han leído bien, la carcajada.

En campaña electoral los votantes (o no votantes) nos enteramos de todo lo que han hecho por nosotros nuestros gobernantes y que si no nos lo llegan a decir probablemente habría pasado desapercibido. Realmente te quedas sorprendido de todo lo que han trabajado y han logrado, a pesar de los obstáculos de la oposición.

Sinceramente creo que seríamos felices viviendo en un mundo de campañas electorales constantes, en la versión dada por los que nos han gobernado. Y no solo por lo que han logrado, sino porque lo que no han logrado todavía lo lograrán en el siguiente mandato: Nosécuántos puestos de trabajo, controlar la inflación, acabar con la desigualdad, la paz en el mundo. Son momentos de felicidad casi plena.

Pero, porque todo tiene un pero, también está lo que nos cuentan los que no han gobernado y pretenden salvarnos de la ruina y el desastre que están generando los actuales gobernantes. Supongo que el problema está en que estos no van a ver los mítines de los otros, y por eso no conocen todo lo que dicen que han hecho por nosotros. Pero vayan o no a los mítines, lo cierto es que la visión apocalíptica del mundo de los llamados “opositores” nos debería hacer recapacitar sobre cuál es la verdad, la posverdad, y cómo no, aprovechando el momento, el metaverso.

Cuando vivía en Madrid siempre me resultó extrañamente cautivadora la glorieta de Emilio Castelar. No sé quién me explicó que era un político republicano de una capacidad oratoria sin parangón. Que escuchar sus discursos era recibir a la vez una lección de historia del mundo y una lección de persuasión. Se me quedó grabado. No he tenido la suerte de escuchar ninguno, pero al pasar en autobús remontando la Castellana, la visión de su estatua y la magia de la imaginación me permite recrearlo dirigiéndose al parlamento con un verbo brillante, carente de insultos, instructivo y persuasorio, capaz de convencer y sino, al menos, de debatir creativamente con el contrario para conseguir la mejor solución para los españoles.

Disfruten de la campaña electoral. Que el debate constructivo habite entre nosotros. Algún día habrá que empezar, ¿no creen?