Carmen Balcells, la papisa de la edición.

La respuesta al titular sin temor a equivocarme es “no”. ¿Por qué? Porque Carmen Balcells (1930-2015) fue una mandona de libro y hubiese querido tachar y poner, seguro que más tachar que poner, sobre sí misma porque lo hizo con otros. Porque un representante es un manejador, el que conduce, el que encarrila, y Balcells hubiese manejado su propio libro, incluso para que no fuese publicado.

La biografía escrita por Carme Riera, y publicada por Miguel Aguilar -hijo del veterano periodista Miguel Ángel Aguilar- en Debate (Random House), es jamón de bellota para los que nos dedicamos al oficio de editar. Malviven de la crónica cultural, son estudiosos de la literatura en castellano, del negocio de la propiedad intelectual o simples vigías de la sociedad catalana de finales de siglo. Cualquier aprendiz de editor debería leerla. En la Facultad de Ciencias Políticas la pondría como trabajo de fin de curso.

Carmen Balcells, traficante de palabras (508 pag. 22 euros), está firmada por Carme Riera, sillón “n” minúscula en la Real Academia, que la trató durante cuarenta años, y recopila la fascinante personalidad de una profesional hecha a sí misma en años tremendamente complejos para la incorporación de la mujer al mundo profesional, cuya fundamental aportación a la historia es la defensa de los escritores en sus derechos de autor por libro y por traducción, frente a la costumbre de los leoninos contratos vitalicios vigentes hasta casi finales de los sesenta. “Lo mejor de la Balcells ha sido sacar siempre lo mejor entre las letras y las cifras”, escribió de ella Joan Barril.

“¿Me quieres Carmen?”, cuentan que la preguntó García Márquez. “No te puedo contestar, eres el 36,2 por ciento de mi facturación”, replicó al Nobel la Balcells, que se definía como administradora de fincas literarias. El libro es un rosario de anécdotas en boca, en su mayoría de escritores en el día de las alabanzas, que dibujan el perfil de una mujer dominante, hipersensible -muy llorona-, detallista, metomentodo y gran negociadora. Una mujer de hierro llena de fragilidades.

A buen seguro, estos calificativos se quedan cortos para los que la conocieron. La lista de escritores deseosos de formar parte de su agencia fue inmensa. Figurar en su catálogo de representados no sólo suponía facturar más, sino codearse con los grandes. No están entre nosotros para negar o confirmar lo escrito los editores José Manuel Lara o Carlos Barral, ni tampoco Gabriel García Márquez, cuyo libro Cien Años de Soledad, y toda su carrera posterior, convirtió a Balcells en el Paul McGuinness (manager de U2) de la literatura en castellano. Testimonios aún vivos son los de Jorge Herralde o Mario Vargas Llosa, entre otros. “A Carmen la llamaron traidora, pesetera, innoble saboteadora del saber, literaturicida y muchas cosas mas (…)”, dijo sobre su íntima amiga el premio Nobel peruano.

Gabo, “el 36 % de sus ingresos”.

La biografía publicada de Balcells se puede disfrutar como un tratado aplastante de cómo hacer negocios. Basta como ejemplo la sentencia de que es mejor tratarse siempre con los que mandan: “El editor es un ser arrogante (…), el escritor un ser endiosado (…), solo la cúpula de cada empresa tiene capacidad de tomar decisiones, y, por tanto, hay que entenderse con la cúpula”, le dijo Balcells a Sergio Vila-Sanjuán.

Leyéndola se aprende, y mucho sobre anticipos, derechos intelectuales, como dar masajes a vanidosos, desfilan una serie de autores desquiciados que buscan en el representante el cariño materno, ambiciones desmedidas de todas las partes, desconfianzas (Balcells nunca se fio de que las liquidaciones anuales sobre ejemplares vendidos fuesen exactas y por eso penalizaba los anticipos), y decenas de mezquindades más. También se disfruta con buenas masterclass sobre la forma de gestionar un negocio de manera disruptiva.

Merece la pena reseñar otra de sus innovaciones, que fue vender a cuantos más editores posibles las ediciones de bolsillo, eso sí, después de la exclusividad de la primera edición. Con eso propiciaba una puja constante después de haber exprimido los suculentos adelantos de la primera edición.

Pocos de estos tiras y aflojas que jalonan el libro llegaron a los tribunales porque Balcells, como buena negociante, siempre prefirió un mal acuerdo a un buen pleito. Pero fue muy sonada la querella criminal que Plaza & Janés interpuso contra la editorial Bruguera, Balcells y García Márquez para evitar que le quitasen los derechos de la edición de bolsillo de El Otoño del Patriarca para dárselos a Bruguera.

El propio Gabo se mojó contra Plaza & Janés por haber distribuido 300.000 ejemplares del libro en América Latina en 1975 con un encolado defectuoso. El anecdotario de negocios, triquiñuelas, y pillajes es lo más divertido de esta lectura, como si de Rinconete y Cortadillo se tratase, pero no con limosnas, sino con literatura y egos. “Si alguna vez hay que renegociar con Plaza & Janés, yo no firmaría una renovación ni ante el pelotón de fusilamiento”, declaró el colombiano en una entrevista en claro guiño al Coronel Aurelian Buendía.

Críticos también hubo con la agente. El prestigioso editor Jaime Salinas, piloto de Alfaguara, sin nombrar a Carmen, pero en alusión directa, mostró su disconformidad con las prácticas de Balcells sin aludirla directamente: “el agente literario ha convertido al editor en enemigo del escritor, y eso es muy grave”. Interesantísima fue también su aventura empresarial con Ricardo Rodrigo (76), antiguo miembro de la guerrilla del Che Guevara, amigo de Julio Cortazar, con el que construyó RBA (acrónimo de Rodrigo, Balcells y Altarriba) -Balcells salió de la sociedad cuando los otros dos socios dieron entrada a Planeta DeAgostini-, por incompatibilidad. La colección de literatura de RBA en quioscos supuso un antes y un después en la distribución de libros.

No se puede comprender a Balcells sin escribir sobre la Barcelona preolímpica, La Ciudad de los Prodigios de la que escribió Eduardo Mendoza, la de Vázquez Montalbán, cuyo cadáver consiguió expatriar de Hong Kong sin procedimientos burocráticos gracias a su amistad con el matrimonio Aznar (en especial con Ana Botella), ni sin el boom de la literatura latinoamericana, un boom que inventó “entre lágrimas y gastronomía – Casa Leopoldo en pleno barrio chino siempre fue uno de sus fogones favoritos-” (Milli Rodríguez Villouta). Carme Riera escribe: “Balcells siempre tuvo la obsesión de igualar en el aspecto económico (…) a los escritores con los futbolistas”, porque no entendía que estos cobrasen más por usar las piernas que los autores por usar la cabeza.

El legado de Balcells (Ángeles González Sinde, impulsó la compra de su archivo por tres millones de euros en 2010) es grande. Quizá el más tangible sea la reforma fiscal (año 1999/2000) que permitió que en la declaración de la renta los autores no tuviesen que declarar en un sólo ejercicio los adelantos de un libro, sino que pudiesen hacerlo progresivamente en función de las ventas anuales.

Todo un logro para la protección de los escritores que por sí sólo justificaría la megalomanía carnavalesca cuando apareció en la despedida de su agencia -luego volvió a tomar las riendas-, disfrazada de papisa. Aquel disfraz le granjeó el apodo a la Balcells a partir de ese momento. Y quizá donde esté lo use aún para releer los 21 libros en los que, entre 1985 y 2012, le fueron dedicados, quién sabe si por agradecimiento, complicidad o temor.