El pasado 28 de enero concluía la LVMH Watch Week, el evento virtual a través del cual este gran conglomerado del lujo (siglas de Louis Vuitton Moët Hennessy) acaba de exhibir en modo ‘no presencial’ –como obligan los tiempos covid– las últimas colecciones de sus principales firmas de alta relojería: Hublot, Bulgari, Zenith y Tag Heuer.  

Durante muchos años, este tipo de presentaciones se realizaba dentro de la Baselworld de Basilea, en Suiza, aquella cita imprescindible que obligaba a los profesionales del sector a recorrer cada día, a la carrera, kilómetros de pasillo enmoquetado –con cientos de animados stands temáticos a ambos lados– para mantenerse al día de esa avalancha de novedades que hacen girar los engranajes, agujas y tourbillones del mercado relojero.

Pero la irrupción del covid 19 golpeó con fuerza tanto la industria del lujo en general como el de la relojería en particular y las ventas se desplomaron pendiente abajo por un vertiginoso tobogán de incertidumbre, provocado tanto por el cierre de las tiendas físicas (persianas echadas de un día para otro) como por el de las fronteras entre países (con la consiguiente paralización del decisivo flujo de clientela turista), así como la cancelación de ferias especializadas tipo Baselworld (la cual, sea todo dicho, venía ya herida de muerte).

Es por ello que los espectaculares datos que se han dado a conocer estos días resulten más llamativos a la vista que un flamante Zenith Defy Zero-G de titanio pulido. Tanto Ricardo Guadalupe –director ejecutivo de Hublot– como Jean–Christophe Babin –su homólogo en Bulgari– han coincido en señalar (en declaraciones recogidas por la agencia Reuters) que sus ventas de relojes de lujo durante el pasado 2021 no sólo han remontado la caída sin red de 2020, sino que se acercan e incluso superan los niveles, previos a la pandemia, de 2019 (unos resultados realmente admirables).

El mercado norteamericano, con cifras de crecimiento del 30 por ciento, así como China, habrían sido los espacios geográficos en los que más se ha notado este cambio de tendencia. Al parecer, en un primer momento, el impulso consumista se detuvo en seco (incluso los ávidos coleccionistas dejaron de comprar piezas por un tiempo), pero la demanda se ha agitado y recuperado con la misma rapidez con la que se frenó.

Según la FHS (la Federación de la Industria Relojera Suiza), en noviembre del año pasado, las exportaciones de relojes suizos alcanzaron su nivel mensual más alto… ¡de los últimos 7 años! ¿Pero qué está pasando?, se preguntan algunos. Según la propia FHS, la explicación más plausible a este repentino tirón de peticiones se debe al desorbitado interés de algunos compradores por acaparar relojes de alta gama manufacturados con metales preciosos (tal vez como nicho refugio o especulativo).

Entre el temor y la desesperación, algunos habían puesto en duda aquel viejo adagio que señala al lujo como el sector que reacciona con mejor elasticidad a las crisis económicas globales. Sin embargo, una vez más, la alta relojería parece estar reafirmando este tópico con rotundos datos contables (a falta de que otros gigantes del sector, como Rolex o el grupo Swatch confirmen esta tendencia alcista).

Desde el luego, el 2022 no promete curvas de crecimiento tan abruptas (más propias de una escalada vertical alpina), en parte debido a los problemas que muchas de estas firmas están teniendo actualmente en la cadena de suministros, lo que está generando retrasos en la producción, aunque la industria relojera espera que todo se vaya normalizando con el paso de los meses.                        

Lo cierto es que el grupo LVMH (como conjunto unificado de 75 marcas de primer nivel) se encuentra en un estado de forma envidiable. Según sus últimos resultados, también compartidos de forma oficial hace apenas unos días, el conglomerado del lujo que preside Bernard Arnault ingresó durante su ejercicio de 2021 unos 64.200 millones de euros, una cifra que no sólo aumenta en un 44 por ciento sus datos de 2020 (el año en el que más se notaron los efectos de la pandemia mundial) sino que mejoran incluso en un 20 por ciento los de 2019. 

Por sectores, la división de relojes y joyas (catapultados por la compra de la histórica firma Tiffany, añadida hace poco a su porfolio) ha alcanzado niveles estratosféricos, al igual que la división de vinos y licores (la gente no ha dejado de brindar a pesar del covid, desde luego), representada por marcas como Veuve Clicquot, Krug, Moët & Chandon o Hennessy. Por el contrario, el sector que peor está respondiendo a la recuperación es el de la cosmética y los perfumes (las mascarillas, el teletrabajo y el descenso de vida social en general está afectando profundamente a su consumo).  

Como ocurría en Regreso al futuro, el mundo de la alta relojería parece haber viajado en el tiempo hasta 2019 de nuevo, con todo lo que eso implica en mejora de ventas, para saltar ahora hacia el futuro borrando el deprimente bucle temporal –situado en medio– del periodo pandemia.

Por desgracia, la mayor parte del resto de sectores económicos no acaban de encontrar hueco en el DeLorean.