¡Qué maravilla Rafa Nadal! Gana, nos emociona, hasta incluso diría que es capaz de unirnos alrededor de ese concepto, a veces difuso, llamado España. Recuerdo mis veranos mozos cuando en vez de la siesta, nos reuníamos en el Zodíaco, con aquella tele grande con tres tubos de colores, a ver cómo Indurain destrozaba a Rominger, Bugno, Chiappuci o cualquier extranjero que osase retar el ardor guerrero del ciclismo español. Ya se comenzaba a barruntar eso de: Hola, soy español, ¿a qué quieres que te gane?

Mi generación se proyectaba en Indurain y sus gestas como supongo que los jóvenes lo harán hoy en Nadal. Es importante que existan este tipo de referentes aspiracionales que nos trasladan unos valores necesarios en una sociedad que podría estar enfermando: respeto mutuo, esfuerzo, sacrificio, trabajo en equipo, compañerismo, constancia, aceptación de la derrota…

Y, sin embargo, el deporte está amenazado: el sedentarismo en la juventud gana presencia a una velocidad de vértigo. Entendámoslo: jugar online, y no solo eso, la posibilidad de vivir en un “metaverso” paralelo, pueden parecer más atractivos que el sudor y el jadeo constante. Ahora bien: ¿trasladan los mismos valores y con la misma intensidad que lo hace el deporte?

No me entiendan mal, no quiero decir que la juventud no deba idolatrar hoy a Ibai o al Rubius, pero sí creo que si asumimos que el deporte ha jugado un papel muy importante, ya desde la época de los Juegos Olímpicos en la antigua Grecia, fomentando unos valores que la sociedad quiere potenciar, debemos buscar la manera de que siga teniendo una presencia importante en el tiempo de nuestros jóvenes (y quizás también en los no tan jóvenes) para que esos valores arraiguen. 

En España la inversión pública en deporte es baja. A finales del decenio pasado, España figuraba el 12 entre los países europeos por inversión pública en deporte por habitante. Y lo que es peor, esa cifra se ha venido reduciendo desde 2010. Y puedo entender que no es fácil asignar recursos al deporte, pues su rentabilidad económica es difícil de medir. Y no siendo capaces de medir su rentabilidad en forma de valores que permitan una sociedad mejor, ¿no podríamos medirlo en forma de beneficios para nuestro sistema de salud? Presentaba hace unos años Miguel Cardenal, en aquellos momentos presidente del Consejo Superior de Deportes, un estudio según el cual el incremento de la actividad física de la población española podría reducir en unos 5.000 millones de euros el gasto sanitario. ¡5.000 millones! Es que eso es más que el presupuesto público anual para deporte.

Y una visión parecida es la que ofrece la inversión privada: tan solo aquellos deportes de masas o que permitan la creación de ídolos y forofos son el foco de las pocas empresas que se atreven a identificarse con el deporte. Desde mi perspectiva, el deporte debería integrarse y tratarse dentro del ámbito social de los criterios ESG. ¿O acaso no es posible defender que fomentando el deporte creamos un impacto en la sociedad que nos rodea que mejora la forma de vida de sus ciudadanos? Probablemente, una visión del deporte en términos de inversión ESG podría fomentar el apoyo de las empresas (y sus inversores) a deportes no mayoritarios o creadores de ídolos.

Me siento muy cercano a algunos deportes. Conozco bien las dificultades que tienen sus practicantes para poder desarrollar sus vidas a la vez que continúan con su formación o sus trabajos. La excepcionalidad de las becas. Los infortunios de aquellos que toman las riendas de un club en un deporte minoritario. Los padres taxistas de fin de semana… Son el germen de los próximos Indurains y Nadales. Pero también el germen de una sociedad rica en valores. ¡Que no decaiga!