Hace algunas semanas, leía en la edición americana del Robb Report (revista publicada por SpainMedia durante muchos años y considerada en EE UU algo así como la Biblia de los millonarios) una entretenida historia sobre uno de los automóviles más famosos –y valiosos– de la historia del cine.   

Me refiero al Aston Martin DB5 de 1963 sobre el que Sean Conney aposentaba sus posaderas de agente secreto 007 en la película Goldfinger (1964) –en postura indolente y con las manos dentro de los bolsillos de su traje de Savile Row, ligeramente inclinado sobre el capó, justo en la curva de un puerto de montaña–, uno de los fotogramas más icónicos de la saga James Bond.   

Al parecer, tras volver a participar en Operación Trueno (1965), el automóvil fue vendido a Richard Losee, un acaudalado coleccionista norteamericano, quien lo conservó en su garaje privado durante tres lustros. Más tarde, pasaría a manos de otro bon vivant con posibles, Anthony V. Pugliese, el cual adquiriría este cupé deportivo en una subasta de Sothesby’s –en Nueva York– por una suma de 250.000 dólares.

Durante la siguiente década, el Aston Martin fue exhibido en varias ferias internacionales, hasta que acabó almacenado en un hangar de máxima seguridad del aeropuerto de Boca Ratón, en Florida, donde durmió el sueño del olvido durante un tiempo. 

Sin embargo, a mediados de los noventa, desapareció misteriosamente del inventario sin que nadie se diera cuenta (la compañía de seguros tuvo que pagar más de cuatro millones de dólares al propietario por la pérdida, ofreciendo una recompensa de 100.000 dólares a aquel que aportara cualquier información al respecto). 

Veinticinco años después de aquella limpia sustracción (posiblemente, acometida por un grupo de cacos especializados en este tipo de encargos de guante blanco, al más puro estilo Ocean’s Eleven), habría sido localizado al fin, concretamente entre las posesiones de un rico coleccionista privado de Oriente Medio (se estima que el valor actual del coche ronda los 25 millones de dólares). 

Aunque la noticia no especificaba su localización exacta –por motivos de seguridad–, sí confirmaba que el número de chasis coincidía con el modelo original y no con la de algunas de sus dos réplicas (las cuales se construyeron para ser utilizadas como doble en las arriesgadas escenas de acción y para eventos de promoción), por lo que estaban más que seguros de que el hallazgo era definitivo.   

Si ya de por sí la narración resulta bastante fascinante, el interés que despierta aumenta considerablemente cuando se revela quién es la persona –o la empresa, en este caso– que ha logrado descubrir el paradero del Aston Martin volatilizado.

Se llaman Art Recovery Internacional y dicha firma comercial –a modo de moderno Indiana Jones del siglo XXI– se ha especializado en la localización y captura de artículos de lujo perdidos, robados o saqueados, como bien detallan en su página web (recorrerla se asemeja a adentrarse en un apasionante guion de Hollywood).

Nuestros clientes pueden ser marchantes de arte, coleccionistas privados, compañías de seguros o despachos de abogados que representan a museos nacionales, multinacionales o incluso gobiernos de algún país”, explica Christopher A. Marinello, fundador de la compañía y experto litigante en intrincadas disputas legales por la propiedad de valiosos objetos de arte. 

Art Recovery Internacional ofrece estricta confidencialidad y un escrupuloso respeto a la legislación internacional a la hora de ‘localizar y rescatar’ el material sustraído. Según afirman en su página web, a lo largo de estos años, han logrado resolver favorablemente pleitos por la titularidad de todo tipo de antigüedades u objetos de lujo por valor de unos 500 millones de dólares (al parecer, Marinello fue responsable de la recuperación –por parte de los herederos del marchante parisino Paul Rosenberg– de diversas obras maestras de la pintura europea saqueadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial).       

A veces, como explica su portavoz, muchos de los propietarios actuales de los objetos buscados –como ocurre con el Aston Martin DB5 que condujera James Bond– ni siquiera son conscientes de que poseen una pieza robada, por lo que Art Recovery Internacional suele ofrecerles la oportunidad de devolver amistosamente el objeto a su legítimo dueño (la posibilidad de “actuar correctamente”, así es como lo prefiere describir Marinello) antes de tener que tomar medidas de presión adicionales.

No me resisto a terminar esta columna sin reproducir las líneas finales que incluyen en su apartado de “¿cómo puede encontrarnos?” (por si hubiera, quizá, algún cliente interesado entre los presentes): 

Póngase en contacto con nosotros, para una consulta gratuita y discreta, utilizando el formulario anónimo dispuesto al final de la página y descubra si nuestros servicios son adecuados para usted”.

PD: Imposible no tararear –al leer tales líneas– la sintonía inicial de El Equipo A.