No recuerdo bien su nombre. Se llamaba Señor algo, pero ya no logro recordar el algo. Era afable, cálido y tranquilo. Yo lo recuerdo como un señor bastante mayor ya, supongo que tendría más o menos la edad que yo tengo ahora. Nuestros padres nos mandaban a darle algún recado y nosotros acudíamos a su casa en bicicleta. Siempre nos recibía con una sonrisa cuando circulábamos sobre las virutas de madera que rodeaban su carpintería.

En la casa de mis abuelos, en el pueblo, había colmenas que cuidaba el melero. Una urbanización de pequeñas casitas alineadas habitadas por enjambres de abejas trabajadoras. A mí, esas pequeñas casitas de madera me resultaban muy evocadoras. Supongo que me habría gustado tener una dentro de casa para jugar con mis muñecos. Hoy, cuando veo las colmenas, siento admiración por su disciplina trabajadora, pero también me hacen reflexionar sobre su existencia. 

Las abejas nacen con el único objetivo de dedicar su vida al trabajo. Viven para trabajar y lo hacen coordinada y disciplinadamente. Cada año, aquellas habitando una colmena propiedad de un ser humano, pagan su renta en forma de miel. Y no es una renta baja, porque no se les deja más excedente que el que necesitarán para alimentarse durante el invierno. Me surge la duda de si dejándoles un excedente mayor habrían alcanzado un mayor desarrollo como sociedad e incluso generado cierta industria del ocio alrededor de sus colmenas. 

Cuando viajo en avión y sobrevuelo alguna ciudad, la sensación que me inunda es muy parecida a la que tengo al observar las colmenas. Y es que, al fin y al cabo, ¿que diferencia hay entre “las urbanizaciones de colmenas” y nuestras ciudades más allá de la escala? Creo que el desarrollo como sociedad nos ha llevado a sobreponderar cada día más la importancia del trabajo sobre el resto de usos del tiempo, y nos ha acercado cada vez más a un comportamiento de abejas: vivir para trabajar.

Hace pocos años me invitaron a una cena con jóvenes líderes recién incorporados al mercado laboral y con muchas ganas de comerse el mundo. En este caso, me pareció que tenían más ganas de “subirse” al mundo que de cambiarlo para mejorarlo. Pero independientemente de esta percepción, en la cena les planteé la necesidad de tener aficiones, puesto que con las necesidades de la humanidad cubiertas el modelo capitalista podría evolucionar hacia un modelo de mayor disfrute como humanos basado en un mayor tiempo libre y culto a las aficiones. El resultado fue, según mi punto de vista, desastroso. No tenían aficiones ni querían tenerlas, querían poder trabajar un mínimo de 40 horas semanales, o 60 o las que fuera preciso si se les garantizaba el “éxito”.

¿Y qué será el éxito? Hoy, al ver las colmenas, recuerdo al Señor Pepe merodeando su carpintería siempre con una gran sonrisa en su cara. O enfundado en su traje de melero dando rienda suelta a su mayor afición: cuidar a sus abejas. Sin duda, un hombre de éxito.