Ahí va una idea provocadora: ¿y si la generación mejor preparada de la Historia fuera justamente esa a la que se está jubilando o prejubilando? Negaré a toda prisa esa ocurrencia, tan poco aceptable como casi todas las generalizaciones, y definitivamente injusta con gente de otras edades que, por idiomas, conocimientos, pericia tecnológica e ideas nuevas, está —o debería estar— ingresando en el mundo del trabajo. Eso sí: aceptaré haberlo pensado por un momento. 

Ha sido un chispazo retórico, un desagravio privado a cuenta del retiro involuntario de algunos locutores veteranos de Radio 3 —Julio Ruiz, Manolo Fernández, Javier Tolentino, José Miguel López, conductores respectivamente de los programas Disco Grande, Toma Uno, El séptimo vicio y Discópolis— al cumplir muchos años (algunos, medio siglo) vinculados más regular o irregularmente con el ente público; siempre delante del micro, en todo caso.

No es la primera vez que la emisora —periódicamente en peligro por recortes y cambios de prioridades en la casa, siempre beneficiaria de la simpatía del público— es noticia por deshacerse de sus comunicadores más longevos. Para el tango veinte años no son nada, pero para la Casa de la Radio cincuenta ya son demasiados. Se ha puesto mil veces y se pondrá aquí una más el ejemplo del británico John Peel, el locutor de las 4000 sesiones radiofónicas de la BBC 1, sin cuyo trabajo el rock británico no podría consultar sus raíces sonoras. 

Vaya por delante que es comprensible la necesidad de rotación. Se debe admitir que los podios mediáticos los ocupa una cadena de nombres cambiantes y que hay mucho de orden natural de las cosas en que así sea. Si nadie sale, nadie entra: es fácil de entender. Y es así. Pero es necesario también reconocer que, en virtud de leyes no escritas, cuando alguien o algo ha resistido tanto tiempo contra viento y marea, uno querría que siguiera ahí. ¿Quién se atreve a negar que parte de nuestros rituales más preciados son aquellos que nos ponen en contacto con lugares, ideas o personas que llevan mucho tiempo en nuestras vidas?  

Sin ánimo de matusalenizar a nadie, pienso que a todos nos da confianza comprar en una tienda «fundada en 19…», que todos lamentamos el cierre de un comercio donde compraban nuestros abuelos, que nadie en su sano juicio diría que no a una comida en Botín —el restaurante más viejo del mundo—, que cualquiera tendría la copa preparada para probar un vino añejo recién decantado. 

La reivindicación del talento veterano no debería pasar por una petición lastimosa, el favor al mayor o la ridiculez de una cuota: solo es el elemental recordatorio de que nos perdemos una parte importante de la creatividad y el conocimiento global si nos forzamos a elegir entre mayor o joven. Ni la incorporación al pop de María José Llergo exige la jubilación de Carmen Linares, ni el cine de Jonás Trueba manda a casa a Gonzalo Suárez, ni la verbalidad natural de Andrea Abreu jubila a Jorge Herralde. 

No es un ajuste de cuentas al alza: escribo a pocos días de la muerte de José María Cámara, fue un mítico directivo en la discográfica CBS y recordado presidente de BMG Ariola y Sony que, en un momento aparentemente crepuscular de su carrera, aparentemente con poco que hacer en el mundo del disco, reorientó sus coordenadas porque vio clara la posibilidad (entonces descabellada) de que los cines de la Gran Vía madrileña se convirtieran en teatros musicales. No erró el tiro el viejo Cámara. 

Los obituarios nos ponen en contacto con la brillantez de los currículums y entonces sí, parece que no hay duda en lamentar las pérdidas. Pero más inteligente será siempre valorar a esas personalidades con historia y opinión, a esos/esas valores senior que, a veces —lejos de lo caduco, lo vetusto y lo rancio, que obviamente también existen— aportarán la idea más fresca. A una sociedad sana le corresponde defender la creatividad de todas sus generaciones.