Decía Carlos Gardel que veinte años no eran nada. Veinticinco tampoco. No nos damos cuenta hasta que cumplimos la treintena, cuando los padres se jubilan, los abuelos se van marchando definitivamente, empiezas a conocer la enfermedad y el cuerpo ya no se recupera tan rápido de las pachangas y, especialmente, de las resacas. Nunca pensé que fuera una efeméride la que me hiciera sentir tan mayor, pero así fue la semana pasada, cuando vi que se cumplían veinticinco años de la canción Wannabe, de las Spice Girls. Fue escuchar ese «Yooo» de Geri Halliwell y un sinfín de recuerdos se me vinieron a la cabeza.

En 1996 yo tenía 8 años, con lo que empezaba a atesorar recuerdos que a posteriori podría describir. Quizá los primeros fueron en realidad dos años antes, con Roberto Baggio fallando un penalti o con Lucho con la nariz rota, su sangre empapando una camiseta blanca que ya era retro sin saberlo. Sin embargo, en el año de la Eurocopa de Inglaterra, en tercero de Primaria, ya recordaba todo. Por eso me acuerdo tanto de la Navidad de ese año. Mi hermana y yo, fans de las Spice, de las que hasta tenía una camiseta, tuvimos una idea brillante: queríamos compartir con mi padre el placer de escuchar a las británicas, con lo que no se nos ocurrió nada mejor que regalarle su flamante disco. Qué maravilla la inocencia de unos niños queriendo agradar a su padre con semejante obra maestra.

Puede que conmemorar las efemérides sirva precisamente para eso, para hacer memoria e inventario de los vivido, para que a uno se le amontonen los momentos destacados de su vida

Recuerdo que nuestro padre se alegró, supongo que más por comprobar que tenía unos pequeños sinvergüenzas como hijos que por la calidad musical de aquel discazo. Ten hijos para esto, pensaría. El CD nunca sonó demasiado en el salón los domingos por la mañana, cuando solíamos atronar a los vecinos. Lo recuerdo ubicado junto a otro disco que celebraba otra fecha: el cincuenta aniversario del nacimiento de Nino Bravo, que se conmemoraba con un álbum que justo había salido un año antes. Es raro que un disco celebre el aniversario del nacimiento, pero el artista valenciano se fue demasiado pronto y eso cambia toda lógica. Ese álbum era también un veinticinco aniversario, concretamente el de la canción Un beso y una flor.

Parece mentira que entre una canción, la de Nino Bravo, y otra, la de las Spice Girls, sólo hubieran pasado veinticinco años, pero es que el tiempo pasa así de rápido. Mi padre se daría cuenta por aquel entonces; yo he tardado un tiempo más en comprenderlo. Desde el 96 hasta hoy han cambiado demasiadas cosas. Los futbolistas ya no llevan pelo ‘mullet’, los malos ya no tienen apodos tipo ‘El Vaquilla’, en vez de programas tipo ¿Qué apostamos? o El Grand Prix tenemos La Sexta Noche, ya no se comen Phoskitos o Fini Boom y los más jóvenes disfrutan más de A tres metros sobre el cielo que de Historias del Kronen.

Pero, sobre todo, ha pasado una parte importantísima de la vida de todos. Y hay muchas penas que pesan en el corazón, que diría Nino Bravo. Puede que conmemorar las efemérides sirva precisamente para eso, para hacer memoria e inventario de los vivido, para que a uno se le amontonen los momentos destacados de su vida. Cuando en 1996 escuché por primera vez Wannabe no pensé que esa canción podría significar tanto. Hoy lo entiendo mejor que nunca y, por eso, celebro que regalásemos a mi padre aquel disco que descansó al lado del de Nino Bravo.