La realidad tiene formas muy contundentes de determinar a la innovación. La sangre es la más severa de todas, y la ideología y el cálculo político, las más deletéreas. Nos encontrábamos apenas celebrando en Innotrans Berlín el ingenio tecnológico y su empeño por reconciliarnos con el ferrocarril, cuando ha llegado la tragedia del AVE en Urda. La experiencia de usuario se hallaba en caída libre en España, pero nada tiene valor más allá de lo esencial. De nuevo, grabado a fuego.
En un momento de alta incertidumbre como el actual, la resiliencia ocupa el lugar principal en la gestión de las infraestructuras críticas como el ferrocarril. En los grandes foros se nos insta a desplazar la atención más allá de las redes individuales (¿un error humano la causa final?) y explorar la reacción de los sistemas e incluso de las sociedades. Cómo se adaptan y se recuperan colectivamente para evitar y recuperarse de impactos traumáticos como el de la línea Madrid-Sevilla.
Las infraestructuras críticas se han convertido en un foco de atención creciente en la confrontación geoeconómica y en los conflictos armados. Se han cortado cables submarinos, se han interrumpido las operaciones en aeropuertos de todo el mundo con drones, los sistemas globales de navegación por satélite han sufrido interferencias y suplantación de señales. Cuatro millones de sistemas solares en 150 países se han visto comprometidos, la presa de Bremanger en Noruega sufrió un ciberataque que provocó la liberación no planificada de agua.
Gran parte de las infraestructuras críticas en los países occidentales se construyeron en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y requieren un mantenimiento y una modernización muy costosos. La digitalización y electrificación masivas están incrementando la presión sobre ellas, debido al crecimiento económico y demográfico, y a la aparición de nuevas fuentes de demanda: la energía necesaria para los centros de datos de IA solo en los Estados Unidos podría multiplicarse por 30 en la próxima década.
La resiliencia depende hoy de la capacidad de adaptarse a múltiples futuros divergentes simultáneamente. Requiere de orquestadores capaces de crear coherencia entre sistemas que no se alinean naturalmente, como el sector privado, las políticas públicas, las infraestructuras digitales y las demandas sociales. El Foro Económico Mundial ha vaticinado la llegada de modelos de “orquestación autónoma”, en los que la labor de los responsables humanos se vea asistida por agentes de inteligencia artificial.
La base del éxito serán los datos contextualizados y de alta calidad, y ese es, precisamente, uno de los primeros desafíos tecnológicos a abordar si se quiere disponer de infraestructuras críticas más resilientes. La teoría es que si se conecta los datos de distintos dominios entre sí se puede formar un gemelo digital que proporcione visibilidad integral de las infraestructuras y permita la orquestación inteligente.
Pero el problema de España no es fundamentalmente tecnológico, sino de carencia de orquestador. Nuestro país lidera, de hecho, la investigación de soluciones de futuro. El proyecto europeo RESIST que se desarrolla en las Islas Canarias hasta 2028 aportará soluciones para mejorar la protección, la vigilancia y la gestión de las infraestructuras críticas en Europa.
La española ETRA Research and Development es la encargada de coordinar los trabajos en los que participan trece entidades de seis países, entre ellas empresas tecnológicas, operadores de infraestructuras, autoridades y centros de investigación. En las instalaciones de Canary Islands Stratoport se probarán varios de los pilotos del proyecto, entre ellos la plataforma aérea HAPS Skydweller, un sistema de vuelo no tripulado que opera a gran altitud y durante largos periodos de tiempo, equipado con sensores ópticos, infrarrojos, LiDAR y AIS. Los datos recopilados por esta plataforma se complementarán con imágenes satelitales de la constelación Copernicus.
Empresas españolas son pioneras en ingeniería resiliente. En la Comunidad Valenciana, proyectos de infraestructura como el puente ferroviario de Paiporta y la carretera CV-36 se han reconstruido con cimientos reforzados y materiales de alta resistencia para prevenir futuros fallos relacionados con el clima. La futura constelación de Sateliot promete ayuda para dar capilaridad a la visión artificial.
El software de Mitiga Solutions, con sede en Barcelona, ayuda a los operadores de transporte y a los gestores de infraestructuras críticas a evaluar vulnerabilidades y adaptar sus activos, en su caso, frente al cambio climático. La tecnología de la también hispano-chilena Fracttal combina desde Madrid sensores IoT y big data para predecir fallos mecánicos y estructurales en instalaciones a gran escala de forma remota.
El problema en España no es de tecnología, sino de orquestación. En todo el mundo, las empresas están aplicando estrategias para regionalizar su producción, con el objetivo de lograr agilidad y escala ante la competencia geopolítica. Las inversiones en este sentido han aumentado casi un 300% en los últimos cinco años. Pero las redes distribuidas incluyen tanto centros de producción e innovación coherentes a nivel global, como autónomos y ágiles a nivel regional. El ferrocarril es clave para conseguirlo.
Podría consolarnos una encuesta global sobre resiliencia de infraestructuras, realizada a 3.000 profesionales en más de 100 países, según la cual tan solo el 15% de ellos cree que los gobiernos cuentan con la capacidad institucional necesaria para afrontar el reto actual, incluso en países de ingresos altos y medios-altos.
Para complicar las cosas, el impacto de la resiliencia de las infraestructuras críticas supera ya ampliamente el nivel nacional. La interrupción de ciertos sistemas y activos tiene consecuencias negativas muchas veces para las sociedades globales, como se ha visto en 2026 con la crisis del Estrecho de Ormuz. De ahí que se utilice ya el concepto de “infraestructura crítica global”.
Reconocer estas dependencias comunes puede facilitar que la comunidad global desarrolle enfoques sistémicos en todo el mundo. Pero en la OCDE, sólo 19 países cuentan con políticas de intercambio de información sobre los riesgos y vulnerabilidades. Ese es otro nivel de exigencia, quizás deberíamos concentrarnos en resolver antes lo que no funciona en casa. En España, se echa en falta un orquestador de resiliencia. La sangre nos lo ha dicho de forma solemne.

