Allá por 2010, la moda de las barbas nos dio una segunda oportunidad a muchos. Comenzó siendo lo que se conocía como «una barba de tres días», se extendió a través de unos hípsters hoy en peligro de extinción y terminó siendo un éxito de masas que hizo que por toda España proliferasen unas barberías que hoy languidecen. Las barbas fueron como la necesidad de ir al baño, nos igualaron a todos. De repente, el feo tenía una nueva oportunidad a través de un grueso pelo que tapaba las facciones menos afortunadas. Qué democrático y positivo fue para tantos lograr disimular sus caras poco angulosas, sus bocas imposibles o hacer algo de contrapeso a su nariz. Las barbas fueron la antesala de unas mascarillas que desde el sábado van desapareciendo y que también sirven para ocultar la realidad y, sobre todo, para acabar con algunos mitos.

A pesar de que las barbas nos lo chivaban, yo seguía convencido, como el refranero popular, de que eran los ojos los que determinaban la belleza de alguien, que la mirada era el espejo del alma y que la expresión la determinaban las cejas en un baile con el ceño. Qué equivocado estaba. Este último año se ha empeñado en prevenirnos y la retirada paulatina de la mascarilla no hace más que confirmar una triste realidad: es la boca la que marca la belleza, la sonrisa el espejo del alma y la expresión la definen nuestras muecas. A diferencia de la barba, la mascarilla sólo (nos) dio una corta tregua a los menos agraciados.

Todo fue un espejismo. Durante muchos meses vimos, yo al menos lo hice, un aumento exponencial de la belleza. Luciendo toda la gama de cubrebocas, incluidas la ridícula mascarilla transparente o las mascarillas del público de Pasapalabra, todo el mundo nos parecía más guapo. Puede que fuera porque las mascarillas nos hacían volar la imaginación y fantasear con rostros bellos. Y es que hay pocas cosas más bonitas que el misterio, que rellenar uno mismo lo que desconoce, que imaginar al protagonista de un libro, la magia de no saber y de no ver. Conocer la realidad no suele ser demasiado hermoso, es como ir a una playa nudista. No sorprende que tantos hayan mantenido sus mascarillas puestas estos primeros días sin obligatoriedad.

No todo va a ser malo, tampoco nos equivoquemos. Esa parte inferior de la cara que come, se suena los mocos o fuma también es la que sonríe o susurra. Por supuesto, la que respira, algo que tanto necesitábamos y que paulatinamente iremos recuperando. Pronto nos acostumbraremos a volver a vernos las caras, a que no nos sorprenda ni nos decepcione no tener una tela encima del rostro para cubrirnos. En previsión de esta liberación, lo primero que yo he hecho ha sido pedir cita con el barbero para lucir una estupenda barba. No vaya a ser que se conozca la verdad.

Feliz lunes y que tengáis una gran semana.