El despacho López Marqués, en Madrid, especializado en el Derecho de los negocios –operaciones y litigios mercantiles y penal económico–, se ocupa uno a uno de sus clientes, y el mejor talento y los recursos de la casa no están puestos al servicio de vender una marca, sino de pelear y de ganar cada caso desde el conocimiento, la experiencia y los avances tecnológicos.
La llamada estructura boutique, un concepto del que se ha abusado sin que luego hubiera una correspondencia clara, es en este caso perfectamente pertinente. La especialización y el trato directo con los socios responsables de cada asunto tienen algo de regreso al sentido común y a la buena voluntad, que es lo opuesto a la moda impersonal y además carísima. Cuando uno confía a un abogado su empresa, su patrimonio o un problema que le impide dormir, quiere saber quién se ocupa de él, sobre todo porque normalmente los clientes no sabemos nada de Derecho, como no sabemos de medicina cuando vamos al médico. Por ello el trato personal es fundamental. Poder llamarle y que al otro lado haya alguien que conozca su historia sin tener que empezar otra vez a explicarla.
La estabilidad de los equipos es una de las formas menos aparatosas y más eficaces de cuidar al cliente. El conocimiento de una empresa se acumula, tiene sus matices, y hay detalles que sólo se entienden después de haber acompañado algunas decisiones. En los negocios, como en la vida, la confianza necesita tiempo, y conservar a quienes conocen los asuntos es conservar también una parte de su inteligencia.
Juan José López Marqués aporta más de veinte años de ejercicio como abogado mercantilista. Luis Martínez de Salinas, exmagistrado de la Audiencia Nacional, aporta la experiencia de haber contemplado el conflicto desde el lugar donde finalmente se decide. Hay un valor evidente en reunir el conocimiento de las operaciones con el de los litigios: quien ha visto cómo se discute un contrato en un tribunal sabe mejor qué conviene dejar resuelto cuando todavía todos están de acuerdo.
Los departamentos se alimentan de esta experiencia compartida. El litigio enseña a asesorar, a anticipar, a detectar una grieta antes de que se convierta en un pleito. Y conocer cómo se concibió una operación ayuda a defenderla cuando aparece el conflicto. A veces el mejor trabajo de un abogado consiste en evitar que su cliente llegue a saber hasta qué punto habría necesitado uno.
La honestidad profesional tiene aquí un sentido muy concreto. Hablar claro sobre las posibilidades de un asunto, explicar sus dificultades y no confundir lo que el cliente desea escuchar con lo que necesita saber. El entusiasmo por defender exige también la serenidad de advertir. Para hacerse cargo de un problema hay que empezar por mirarlo de frente.
El despacho incorpora Harvey, una herramienta de inteligencia artificial especializada en el trabajo jurídico. Me interesa esta manera de entender el progreso: poner las nuevas capacidades al servicio del oficio. La tecnología permite ampliar los recursos de análisis y trabajar con más información; la experiencia del abogado les da dirección y sentido. Tener mejores instrumentos aumenta también la exigencia de saber utilizarlos.
López Marqués reúne el trato personal, la continuidad de los equipos y la ambición tecnológica alrededor de algo muy antiguo y muy serio: hacerse responsable. Detrás de cada operación hay alguien que se juega algo. Entenderlo, estudiar y dar la pelea es el principio de este oficio y también su forma más exigente de excelencia.

