Empuñando una enorme espada celta, un guerrero antiguo grita y persigue hasta ahuyentarlas a dos espectadoras que andan merodeando por su representación callejera en Hunter Square, justo detrás del Tron Kirk Market, en la Royal Mile de Edimburgo. “¡¡Aaaaarrghhh!!” Entre el público, sonríe el actor, escritor y compositor español Álex O’Dogherti. Quizás la boutade gestual sirva para alguna de las escenas de su próximo montaje.
Tiene valor recabar ideas en el manantial de creatividad que es cada año el Festival Internacional Fringe de la capital escocesa. En esta era de experiencias mediatizadas por la tecnología, en la que, como anticipó Octavio Paz, “la sociedad está llena de monólogos”, evitar la intermediación y acudir a las fuentes originales se ha convertido en una forma clara de diferenciación en el mercado para muchos profesionales.
Comento con la actriz brasileña Paula Rebelo, ganadora de dos premios Ovation, la atmósfera especial que se crea durante el mes de agosto en esas calles. Es la quinta ocasión que participa en el festival. Por 15 libras ha sido posible verla a ella y al resto de actores de Theatre Movement Bazaar, su compañía de Los Ángeles (EEUU), en el delicioso y muy divertido musical Delphi, que plantea la trumpiana transformación del Oráculo de Delfos en un centro de ocio y juego, ¡el complejo Club Med!
Viene a la mente en Edimburgo aquella forma de describir la decadencia de las relaciones sociales de nuestro tiempo que utilizó el añorado Milan Kundera. Encontraba paralelismos entre la falsa sensación de interacción personal y la decrepitud del arte escénico: “la tragedia será expulsada del mundo como una actriz vieja y mala que se lleva la mano al corazón y declama con voz ronca. Las cosas perderán el noventa por ciento de su sentido y se harán cada vez más ligeras”. Kundera sólo falló al anticipar el desenlace, “en semejante atmósfera de ingravidez desaparecerá el fanatismo”, dijo, “la guerra será imposible”.

¡Hablando del rey de Roma! Nada más despedirme de Paula Rebelo, Putin atraviesa South Bridge al volante de un Cadillac rosa descapotable junto al propio Trump, Kim Jong-un y Xi Jinping. Nos animan a disfrutar de su Distopia 26 The Rock Opera. Quizás valga más la pena asomarse a Endometriosis: The Musical, aunque puede que sea el momento de ponerse serios y conocer la obra de jóvenes promesas.
Como Enmanuele Aldrovandi, director del documental Bataclan, que presenta Diez maneras de morir feliz, Jacob Sparrow ganador del Leodis Prize con Sanctuary, Eilidh Loan autora de Cathy, que protagoniza Elaine C. Smith, In loyal company, escrita y dirigida por David William Bryan, y la muy interesante Emily Glaze y su BASIC BALD B*TCH. De camino, parada tal vez en algún monólogo de Monkey Barrel Comedy, una versión de Final de partida de Samuel Beckett o un número de cartomagia callejero.
Tiene valor la ‘rebeldía’ de O’Dogherty frente a la intermediación aparentemente insalvable del ecosistema tecnológico. Más si cabe, ahora que se abre el debate sobre la pérdida de protagonismo de los influencers. Es ley de ‘vida’… digital. Si se sigue de cerca la economía de los creadores, el colectivo debería estar al tanto desde hace tiempo de la verdadera ola de cambio que se avecina con la inteligencia artificial: la virtualización masiva de perfiles.

No hay que asustarse. Como en todos los ámbitos de la vida, la IA deberá someterse al criterio humano (¿tienes criterio?). Para quien consiga dominar esa técnica lo que viene es la industrialización del sector y la posibilidad de escalar negocio a más velocidad. Como reacción pendular, el mercado se rendirá también cada vez más a lo local y al modelo de cercanía para mantener su influencia global. Toca surfear paradojas, sí.
No olvidemos que compañías como la española Secuoya Content Group contemplan la posibilidad de que ese perfil de actores que no están en las grandes series de televisión, que tienen dificultades para encontrar trabajo, que están empezando a dar sus primeros pasos en la profesión o que son veteranos y se encuentran ya fuera del circuito, cedan su imagen para la generación de nuevos formatos como los microdramas con IA. Por supuesto, también para dar rostro a los influencers virtuales. Basta que acepten el mapeo de su cara y de su cuerpo, cobrarán dinero por ello, obviamente.
La apariencia es aquella forma de experiencia obtenida sin haber realizado el esfuerzo que requiere lo real. Si alguien con un millón de impresiones de un vídeo en TikTok dedicara un minuto a cada usuario, necesitaría 1,9 años en completar las representaciones. En caso de que se le consintiera descansar ocho horas al día, serían 2,85 años. Las redes sociales permiten intercambiar información, opiniones y hasta conocimiento. Pero no son una forma real de interacción social.

Sólo los artistas consiguen vencer a la muerte y a los falsos reflejos la intermediación tecnológica. En ocasiones a costa de su propia identidad. “Bovary c’est moi”, gemía Gustave Flaubert. El Premio Príncipe de Asturias y también añorado George Steiner dedicó toda su vida a mostrarnos las presencias reales en las obras de arte con frases sublimes. Aludía, por ejemplo, al coro inicial del Anillo de Wagner, “cuya resonancia, a la vez radiante y ominosa, lanza la pregunta: mientras peinamos las profundidades, ¿qué monstruos estamos arrastrando?”
De modo que callejear por un festival que contiene propuestas como El gran programa de desayuno en formato breve. Tres menús de microteatro, té gratis, café, croissant y fresas, que sienta a dialogar sobre el escenario a Vincent Van Gogh y John Lennon, que invita a conocer a Un fantasma entre los vivos con textos de Edgar Allan Poe, y que programa una sesión de debate con el sugerente título de “¿Buenas predicciones, buenas decisiones? Una extraña colisión entre humanos y robots”, puede resultar la forma más inteligente y productiva de rebeldía.

