Obituario

Muere Alfonso Fanjul, el empresario que perdió todo en Cuba y reconstruyó un imperio azucarero de miles de millones

El copresidente de Florida Crystals fallece a los 89 años dejando tras de sí una de las grandes historias de resiliencia empresarial del siglo XX. Exiliado tras la Revolución cubana, convirtió el negocio familiar en uno de los mayores grupos azucareros del mundo, con intereses en agricultura, energía renovable, turismo e inmobiliario.

Alfy Fanjul, copresidente de Central Romana Corporation y una de las figuras más influyentes de la industria azucarera mundial, falleció a los 89 años tras construir uno de los mayores imperios empresariales de América. Foto: Central Romana Corporation, Ltd.

Hay fortunas que nacen de una gran idea y otras que sobreviven a una catástrofe. La de Alfonso «Alfy» Fanjul pertenece al segundo grupo.

Cuando la Revolución cubana transformó para siempre el mapa económico de la isla, la familia Fanjul perdió el enorme patrimonio azucarero que había levantado durante generaciones. Lo que para muchos habría supuesto el final de una dinastía empresarial terminó convirtiéndose en el punto de partida de una de las reconstrucciones económicas más extraordinarias del último siglo.

Alfonso Fanjul, fallecido este martes a los 89 años, dedicó más de seis décadas a levantar desde Estados Unidos un nuevo imperio que acabaría situando a su familia entre las más poderosas del sector agroindustrial internacional.

De La Habana al exilio

Nacido en La Habana el 8 de septiembre de 1936, Alfonso Fanjul pertenecía a una de las familias azucareras más importantes de Cuba. Su padre, Alfonso Fanjul Sr., y su madre, Lillian Rosa Gómez-Mena, unieron con su matrimonio dos de las grandes sagas empresariales vinculadas históricamente a la producción de azúcar en la isla.

Antes del triunfo de la Revolución, los Fanjul controlaban ingenios azucareros, miles de hectáreas de cultivo y numerosos negocios relacionados con una industria que constituía uno de los pilares de la economía cubana.

Todo cambió a partir de 1959.

La nacionalización de las propiedades privadas impulsada por el nuevo régimen obligó a la familia a abandonar el país y empezar prácticamente desde cero en Estados Unidos.

Lejos de resignarse, los Fanjul decidieron hacer precisamente aquello que mejor sabían hacer: producir azúcar.

La reconstrucción de un gigante

En 1961, Alfonso Fanjul comenzó a trabajar junto a su padre en el desarrollo de Osceola Farms, una explotación agrícola situada en Florida que terminaría convirtiéndose en el embrión de Florida Crystals.

Lo que comenzó como un proyecto para reconstruir el negocio familiar acabó transformándose, con el paso de las décadas, en uno de los mayores grupos agroindustriales de Estados Unidos.

Junto a sus hermanos José «Pepe», Alexander y Andrés, lideró la expansión de un conglomerado que no solo producía azúcar de caña, sino que integró toda la cadena de valor: cultivo, refinado, comercialización, generación de energía renovable mediante biomasa e inversiones inmobiliarias.

A través de ASR Group, la familia pasó a controlar algunas de las marcas más conocidas del mercado internacional del azúcar, entre ellas Domino Sugar, C&H, Florida Crystals, Redpath, Tate & Lyle, Lyle’s, Sidul y Whitworths, consolidándose como el mayor refinador de azúcar de caña del mundo.

El hombre que transformó La Romana

Aunque Florida fue el gran centro de operaciones del grupo, Alfonso Fanjul también desempeñó un papel decisivo en la evolución económica de República Dominicana.

Como copresidente de Central Romana Corporation, impulsó la modernización de una compañía histórica que amplió su actividad mucho más allá de la producción azucarera.

Bajo el liderazgo de la familia Fanjul, el grupo diversificó sus inversiones hacia el turismo, el desarrollo inmobiliario, las infraestructuras y la logística, convirtiéndose en uno de los principales motores económicos del país.

Uno de los proyectos más emblemáticos fue el desarrollo de Casa de Campo, el exclusivo complejo turístico de La Romana que contribuyó decisivamente a posicionar a República Dominicana como uno de los destinos de lujo más importantes del Caribe.

Con hoteles, villas privadas, un puerto deportivo, campos de golf de reconocimiento internacional y un aeropuerto propio, Casa de Campo cambió para siempre la economía de la región y atrajo durante décadas a empresarios, deportistas, artistas y grandes fortunas de todo el mundo.

Una fortuna construida a ambos lados del Caribe

La riqueza de Alfonso Fanjul nunca estuvo vinculada únicamente al azúcar.

Su grupo empresarial fue ampliando progresivamente su presencia en sectores como la energía renovable, la gestión de activos inmobiliarios, el turismo y las infraestructuras, creando un modelo de negocio mucho más diversificado que el heredado de generaciones anteriores.

Las estimaciones publicadas por Forbes situaban el patrimonio personal de Alfonso Fanjul por encima de los 1.000 millones de dólares, mientras que la fortuna conjunta de la familia superaba los 4.000 millones, sustentada en uno de los conglomerados privados más relevantes de Norteamérica y el Caribe.

Un legado que trasciende la empresa

Más allá de las cifras, quienes conocieron a Alfonso Fanjul destacan su perfil discreto, alejado del protagonismo mediático y profundamente comprometido con la actividad empresarial y la filantropía.

Durante décadas, la familia impulsó proyectos educativos, sanitarios y culturales tanto en Florida como en República Dominicana, además de respaldar iniciativas vinculadas al desarrollo agrícola y a la conservación del medio ambiente.

Su nombre también quedó asociado a importantes inversiones en innovación energética, especialmente mediante el aprovechamiento de biomasa procedente de la caña de azúcar para la producción de electricidad.

El final de una generación irrepetible

Con la muerte de Alfonso «Alfy» Fanjul desaparece uno de los grandes protagonistas de la historia empresarial contemporánea del Caribe.

Su trayectoria resume como pocas el significado de reinventarse: perder un imperio, abandonar el país donde había nacido y volver a construir, desde el exilio, una fortuna todavía mayor que la que un día dejó atrás.

Su legado no se mide únicamente en miles de millones de dólares ni en toneladas de azúcar producidas cada año. También permanece en las empresas que ayudó a levantar, en las miles de personas que encontraron empleo gracias a sus proyectos y en la transformación económica de territorios como Florida o La Romana.

Porque pocas historias empresariales ilustran mejor que la suya cómo una derrota absoluta puede convertirse, décadas después, en el origen de uno de los mayores imperios familiares del continente americano.

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