Raúl del Pozo nació una noche de Navidad de 1936 en Mariana, una pequeña aldea de Cuenca. Solía decir, con la ironía que siempre acompañó a su escritura, que había venido al mundo el mismo día que Cristo y Ava Gardner, una coincidencia que parecía resumir bien su mezcla de épica, bohemia y literatura. El periodista y escritor ha muerto a los 89 años en Madrid, la ciudad que él mismo convirtió en su particular “Samarcanda” y donde dejó una huella profunda tras más de medio siglo de oficio. Con su desaparición se apaga una de las voces más singulares del periodismo español: un columnista que durante más de seis décadas convirtió la política, la noche madrileña y la vida pública en materia literaria.
Del Pozo fue muchas cosas a lo largo de su carrera: reportero, cronista parlamentario, tertuliano, novelista, polemista y, sobre todo, columnista. Desde 1991 escribió en El Mundo, donde en 2007 tomó el relevo de Francisco Umbral en la columna El ruido de la calle, una de las trincheras más reconocibles del periodismo español. Allí ejerció durante años ese estilo suyo, a medio camino entre el reportero clásico y el escritor que observa la vida pública con mirada literaria.
Había empezado en el oficio en 1960, en el Diario de Cuenca, aunque su verdadera escuela fue el legendario diario Pueblo, una redacción que él mismo evocaba como un territorio mitológico donde convivían el póquer, el humo, las madrugadas interminables y los grandes reporteros de una época que entendía el periodismo como una aventura. Allí aprendió que el verdadero tesoro del periodista no era el estilo ni la opinión, sino la noticia, el “vellocino de oro” del oficio.
A lo largo de su trayectoria pasó también por Mundo Obrero y por la revista Interviú, y viajó por medio mundo como enviado especial. Fue cronista de la política española en décadas convulsas, un observador agudo del poder y sus miserias, convencido de que el periodista debía limitarse a limpiar los cristales para que los ciudadanos vieran lo que ocurría dentro del palacio.
Su firma se hizo especialmente popular en la televisión de los años noventa y dos mil, cuando participó como analista en programas de María Teresa Campos, donde ejerció de tertuliano combativo y brillante, con un estilo directo y una mirada crítica sobre la vida pública.
A lo largo de su carrera recibió los tres grandes premios del periodismo español: el Francisco Cerecedo, el González-Ruano y el Mariano de Cavia, además del Premio Pedro Rodríguez. En 2017 fue reconocido con la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, su tierra natal.
Pero Del Pozo no fue solo periodista. También cultivó la literatura con novelas y libros de artículos en los que volcó el mismo mundo que había observado durante décadas como cronista. Entre sus obras destacan Noche de tahúres, No es elegante matar a una mujer descalza, Los reyes de la ciudad, La diosa del pubis azul —escrita junto a Espido Freire— o El reclamo, novela con la que obtuvo el Premio Primavera.
Su vida fue también la de un hombre fascinado por los mitos del periodismo. De joven observaba en los cafés a los grandes columnistas como si fueran personajes de leyenda y soñaba con formar parte de esa tradición. Con los años acabaría integrándose en ella, heredando la estirpe de los escritores-periodistas que entendían la columna como un género literario.
Procedente de una familia humilde de carreteros y trabajadores de la sierra de Cuenca, siempre recordó el periodismo como el salvoconducto que le permitió salir de aquel mundo rural y llegar a Madrid. Para él, convertirse en periodista era algo parecido a lo que para un torero significaba triunfar en Las Ventas: la puerta de salida hacia la vida soñada.
Durante décadas observó el poder político con la mezcla de fascinación y escepticismo que caracteriza a los grandes cronistas. Desconfiaba de los moralismos del oficio y repetía que la misión del periodista no era arreglar el mundo, sino contar lo que ocurre.
En 2020 se publicó su biografía, No le des más whisky a la perrita, escrita por los periodistas Jesús Úbeda y Julio Valdeón. Y desde 2016 su nombre da título al Premio Raúl del Pozo de columnismo, que distingue cada año a algunas de las mejores firmas del periodismo español.
Amante declarado de Madrid, ciudad que describía como un torrente de palabras donde convivían todos los acentos y todos los personajes, Del Pozo vivió el periodismo con una mezcla de romanticismo, ironía y pasión por la noticia.
Con su muerte desaparece una de las últimas figuras de aquella generación de periodistas que entendieron el oficio como una aventura personal, literaria y política. Un hombre que nunca dejó de perseguir la noticia como quien busca oro en la mina del mundo. Porque para Raúl del Pozo el periodismo no fue solo un trabajo: fue, siempre, una forma de vivir.
