En octubre se celebrará el 70 aniversario del estreno de Los diez mandamientos, una película que todavía hoy sigue maravillando por su sentido de la épica, especialmente, en la que posiblemente sea la escena marítima más grande jamás filmada: el momento en que Moisés, interpretado por Charlton Heston, divide en dos el Mar Rojo sin CGI, solo maquetas, espejos y casi un millón y medio de litros de agua.
Corrían los años 50. La tecnología digital era ciencia ficción, y los ordenadores ocupaban habitaciones enteras. Sin embargo, el director Cecil B. DeMille y su equipo de efectos especiales, liderado por el visionario John P. Fulton, se propusieron recrear uno de los milagros más icónicos de la historia. El resultado no solo ganó el Óscar a los Mejores Efectos Visuales, sino que se convirtió en el estándar de lo que la imaginación y el trabajo artesanal podían lograr en la gran pantalla.
Lejos de ser un simple truco de cámara, la secuencia fue una operación titánica que combinó rodajes en exteriores de Egipto con un elaborado trabajo de estudio en los backlots de Paramount. La creación de las imponentes murallas de agua fue un desafío de ingeniería.
En el estudio, se construyó una rampa inclinada a escala 1:5, de aproximadamente 10 metros de alto y 24 metros de largo. Sobre esta estructura, se vertieron más de 1.360.000 litros de agua (unos 360.000 galones) a través de 15 válvulas hidráulicas controladas manualmente, creando una cascada masiva. Para darle textura y realismo, se colocaron listones de madera a lo largo de la rampa, que provocaban que el agua se rompiera en olas y corrientes agitadas.
Pero la magia no estaba solo en el agua, sino en la proyección. La filmación de esta cascada fue proyectada al revés, lo que daba la ilusión óptica de que el agua no caía, sino que se elevaba formando un muro. Este mismo método se aplicó de forma inversa para crear la pared opuesta, dando la sensación de que el mar se abría en dos. Para completar la ilusión, actores y carros fueron filmados con la técnica de croma (pantalla azul) y superpuestos en el lecho marino, que fue recreado con rocas de yeso y malla metálica. Las líneas de unión entre las diferentes capas de la imagen se ocultaron con pinturas mates de rocas y cielos tormentosos creadas a mano.
El proceso de posproducción para combinar todas estas capas fue incluso más complicado. Se necesitaron más de una docena de negativos originales para componer los diferentes elementos: el paisaje egipcio, los actores, las dos murallas de agua (que requerían tres negativos cada una), las pinturas mates, el cielo y las olas que se abrían al inicio de la secuencia. El esfuerzo total, que incluyó escenas filmadas a orillas del Mar Rojo y en el estudio de Paramount, llevó seis meses de trabajo y un costo de un millón de dólares de la época, una cifra astronómica para un solo efecto especial.
La escena fue el clímax técnico de una película que, pese a sus casi cuatro horas de duración y un presupuesto de 13 millones de dólares, se convirtió en un fenómeno de taquilla, recaudando más de 122 millones. Aunque críticos como Bosley Crowther, del New York Times, señalaron que el lecho del mar se veía «tan liso y seco como una pista de carreras», el público quedó maravillado. Hoy, 70 años después de su estreno, el «milagro» de DeMille sigue siendo un recordatorio de que el mejor efecto especial es aquel que nace de la necesidad y la creatividad, no solo de un algoritmo.

