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Funchal: un símbolo marinero de Portugal, a subasta

Con un precio de salida inferior a un millón de euros, libre de cargas y fondeado en el Tajo, el Funchal sale a subasta y, con él, un trozo de la historia naval lusa. Una historia que no tiene desperdicio…

El Funchal fotografiado en el mar Báltico en 2014, último año completo de servicio. En la chimenea lleva pintada la P de Portuscale. FOTO: Pjotr Mahhonin

El Funchal, uno de los paquebotes más queridos de la marina mercante portuguesa del siglo XX, sale de nuevo al mercado. Según ha trascendido a través de la prensa portuguesa (el Correio da Manhã) y ha recogido Cruise Industry News el pasado 8 de septiembre, el buque se ofrece mediante un proceso de pujas selladas que se extenderá hasta finales de mes.

La venta forma parte del proceso de insolvencia de Teamson Lda, la sociedad que adquirió el Funchal en abril de 2021, en un paquete que también incluía al ya desguazado Astoria, y que en su día se vinculó a un inversor del mundo cripto interesado en montar una ambiciosa operación en Portugal. Esta vez, la puja mínima se ha fijado en 802.354 euros. El barco se vende «tal cual está, donde está» (fondeado en el Tajo) y, curiosamente, libre de deudas.

Los plazos son claros: visita a bordo el 18 de septiembre, ofertas por escrito (acompañadas de un depósito de garantía del 10%) hasta el 30 de septiembre, y apertura pública de las pujas, a bordo del propio buque, en un mes: el 9 de octubre de 2026.

Hay un detalle importante para quien aspire a hacerse con este venerable buque: los administradores de la insolvencia confirman que ya está libre de amianto y cuenta con licencia para actividad hotelera. Eso es herencia de las obras que Teamson dejó a medias cuando intentó convertirlo en hotel. Es decir, técnicamente está más cerca que nunca de un nuevo uso como alojamiento flotante… aunque lleva años sin encontrar quien lo lleve hasta el final.

Para entender por qué este casco de más de sesenta años sigue generando titulares, hay que remontarse a su nacimiento. Ahí su historia da un giro casi literario.

Un barco que nace de un avión perdido en el Atlántico.

A finales de los años 50, la línea aérea entre Lisboa y Madeira sufrió una tragedia que marcaría el destino del Funchal antes incluso de que existiera: un hidroavión de la compañía Artop Linhas Aéreas se estrelló en el Atlántico. Ni el aparato ni los cuerpos de los 36 ocupantes fueron hallados jamás.

El Funchal en 1960 durante su construcción en la grada de los astilleros de Helsingør, Dinamarca. FOTO: Sven Raether

Aquel desastre aéreo y el temor de algunos viajeros habituales empujaron a la Empresa Insulana de Navegação a encargar un nuevo buque capaz de garantizar la conexión entre el Portugal continental y Madeira con la fiabilidad que la aviación de la época todavía no podía ofrecer. Quienes querían llegar por vía aérea hasta Funchal debían tomar un vuelo a Porto Santo y seguir viaje por mar hasta la isla, que carecía de aeropuerto.

Al frente del proyecto del Funchal se puso el ingeniero naval Rogério de Oliveira, con el respaldo del armador azoriano Vasco Bensaúde. El resultado se construyó en el astillero danés de Helsingør (muy cerca del castillo que inspiró a Shakespeare para Hamlet) y se botó hace 65 años, el 10 de febrero de 1961.

Resulta curioso ver su historia con la perspectiva actual, pues el barco que terminó siendo devorado por el avance de la aviación comercial nació, paradójicamente, como respuesta a uno de sus fracasos.

Los años del «autobús» a las islas

El Funchal zarpó en su viaje inaugural el 4 de noviembre de 1961, cubriendo la ruta Lisboa–Madeira–Azores. Durante la década siguiente se convirtió en algo parecido a un autobús marítimo: transportaba pasajeros, mercancías y correo entre el continente y los dos archipiélagos. A veces añadía un tercero en sus programas regulares: Canarias, sin dejar indiferente a nadie que subiera a bordo por su estética.

La elegancia de su diseño interior le valió el sobrenombre de «yate presidencial». De hecho, llegó a ser buque usado por el presidente de la República en viajes de Estado, aunque Américo de Deus Rodrigues Tomás lo usó en contadas ocasiones. La más recordada fue el traslado a Brasil de los restos del emperador Pedro I, en 1972. Aquella fue una travesía con un significado geopolítico y simbólico enorme, aunque llegó ya en un contexto comercialmente diferente: el tráfico marítimo de pasajeros se encontraba en declive acentuado frente a los aviones a reacción que se comían el mercado de las líneas marítimas regulares.

Durante su vida marinera, el Funchal ha alternado el casco negro con temporadas, básicamente las dedicadas al turismo, en las que iba pintado de blanco. FOTO: Ulflarsen

Ese mismo año 72, unas averías graves en sus motores durante una travesía a Río de Janeiro con el propio presidente Tomás a bordo obligaron a repararlo de urgencia en Ámsterdam. Los astilleros aprovecharon para transformarlo por completo: sustituyeron sus turbinas de vapor por motores diésel, añadieron piscina y camarotes de clase turística, y lo convirtieron en un crucero de una sola clase. El correo insular se reinventó como barco de turismo justo cuando la aviación era ya incontestable.

El declive, el amor de un armador griego y las resurrecciones

Con la Revolución de los Claveles de 1974 y la nacionalización de su operador, el Funchal volvió temporalmente a las rutas insulares. En algunas salidas llegó a viajar, según el testimonio de historiadores navales, con tan solo siete o diez pasajeros y más de ciento cincuenta tripulantes a bordo, un síntoma claro de que su función original ya no tenía sentido económico alguno.

Fue entonces cuando entró en escena el se convirtió en su gran valedor: el griego George Potamianos, que lo adquirió para su naviera Classic International Cruises y lo mantuvo operativo durante más de dos décadas, sirviendo con éxito al mercado británico de cruceros. Su fallecimiento en 2012 y la posterior liquidación de la compañía dejaron al barco, una vez más, sin rumbo.

En 2013 llegó el turno de Rui Alegre y la naviera portuguesa Portuscale Cruises, que lo devolvió al mar tras una reforma relámpago. La reinauguración, con el propio primer ministro portugués presente, se vio empañada días después cuando el buque fue retenido en el puerto de Gotemburgo (Suecia) por fallos de seguridad. Volvió a navegar en 2014, aunque en 2015 quedó definitivamente amarrado en Lisboa.

El Funchal en 2015. Ese año quedó atracado en los antiguos astilleros de Lisnave en Almada, frente a Lisboa, esperando un futuro que aún no se ha concretado. FOTO: Javier Ortega Figueiral

El capítulo del barco-fiesta: de Ibiza a Liverpool

En 2018, un grupo hotelero británico llamado Signature Living lo compró en una subasta en Lisboa por 3,9 millones de euros con un plan muy distinto a cualquiera de sus vidas anteriores: convertirlo en un barco-fiesta que uniría Liverpool con el Mediterráneo, con Ibiza como uno de sus destinos estrella para el público raver. El proyecto incluso llegó a anunciarse públicamente como «el barco-fiesta» de la compañía.

Sin embargo, como tantas grandes promesas enfocadas a cambiar el mundo del ocio o del transporte, fracasó. El pago nunca se completó del todo y el plan derivó hacia otra idea: remolcarlo hasta Liverpool para convertirlo en un hotel flotante fijo en el Reino Unido. Tampoco esto llegó a materializarse. En 2020, Signature Living entró en administración judicial y el Funchal quedó otra vez varado en Lisboa a la espera de comprador.

Del cripto-hotel al amianto retirado

En diciembre de 2020, el barco volvió a subastarse. Esta vez el comprador fue el empresario e inversor de criptomonedas Brock Pierce, que pagó en torno a 1,6 millones de euros con la intención de convertirlo en un hotel de cinco estrellas con 200 habitaciones-camarotes en el astillero Naval da Rocha, en Lisboa. El proyecto se amplió incluso con la compra del Astoria, otro veterano transatlántico, pensado para navegar finalmente hasta la ciudad de Funchal, Madeira, donde se abriría un segundo barco-hotel.

Las obras avanzaron con lentitud y en 2021 un incendio a bordo obligó a intervenir a veinte dotaciones de bomberos. El proyecto quedó, una vez más, incompleto, aunque dejó al barco, eso sí, finalmente libre de amianto y con la licencia hotelera comentada y que hoy sigue vigente.

El protagonista de esta historia, abarloado al Astoria en el Tajo en 2018. El segundo barco ya se ha desguazado. Está por ver si el Funchal tiene una nueva vida o seguirá el camino de su compañero. FOTO: Javier Ortega Figueiral

Un símbolo a la espera de su próximo capítulo

Del correo insular nacido de la tragedia de un hidroavión, a buque de Estado y crucero clásico, pasando por el barco-fiesta ibicenco que nunca zarpó y el hotel de un criptomilionario que se quedó a medias: pocas embarcaciones acumulan un historial tan curioso, variado y hasta errático como el Funchal. Ahora, con licencia hotelera en regla y sin deudas, vuelve a ponerse a precio de saldo en una subasta que se resolverá el próximo 9 de octubre.

Y ahora, para quienes seguimos la pista a estos barcos clásicos, la pregunta es siempre la misma: ¿será esta la ocasión en que un proyecto llegue a puerto, o el Funchal añadirá un capítulo más a su lista de promesas incumplidas?

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