Lo repiten con insistencia y no les falta razón: Lexus no es una marca “de coches”; es una marca de “estilo de vida”… ¿Qué significa la puntualización?  Que el fabricante japonés lleva el “placer de servir a los demás” (omotenashi, en su lengua vernácula) a su máxima expresión. La séptima generación de su berlina ES 300h –que no es la más alta de gama de sus propuestas, si la enfrentamos, por ejemplo al LS 500h– vuelve a poner todo el énfasis en la habitabilidad, el confort de conducción y el silencio y la calidad superior de su construcción. Después llegan el diseño y las prestaciones, la tecnología y el cuidado artesanal de todo el proceso, que dan lugar, juntos, a un extraordinario refinamiento y una distinción que no pasan desapercibidas cuando se ve pasar un Lexus en cualquiera de sus versiones.

Lexus, recordamos, es la división de lujo de Toyota. Si Toyota puede presumir de ser el fabricante del coche más vendido de la historia –el Toyota Corolla, que se acerca a las 42 millones de unidades–, Lexus, que fue creada en 1989, nació con otros objetivos, y aunque le guste vender y crecer –en 2020, el año de la pandemia, vendió 7.200 vehículos en el mercado español, aupándose hasta alcanzar su mayor cuota de mercado en España, un 4,6%… y en 2021 aspira a superarse, con el objetivo fijado en vender 7.500 unidades de todos sus modelos–, no es esa su principal meta. Lo es la satisfacción del cliente: omotenashi.

Renovarse o… renovarse.

La renovación del ES 300h nace por la necesidad de adaptación a las nuevas exigencias del mercado. Fundamentalmente, nuevos sistemas de seguridad, conectividad y confort: alertas y sistemas de detección de ángulo muerto; volante calefactado, velocidad de limpiaparabrisas automática según la intensidad de la lluvia e, incluso, un descongelador de parabrisas para las heladas mañanas que hemos vivido en enero. Por encima de todos estos elementos destaca uno en particular: los retrovisores digitales que se pueden encontrar en el acabado Luxury del modelo.

En vez de los clásicos espejos exteriores, este coche viene provisto de unos elementos aerodinámicos mucho más pequeños y estrechos, que envuelven sendas cámaras digitales que muestran lo que ven en sendas pantallas de 5 pulgadas situadas el interior del habitáculo, en los pilares A del coche, en el sitio al que se dirige intuitivamente la vista del conductor. ¿Ventajas? Muchas. Las cámaras están colocadas de tal modo que no pueden quedar tapadas por gotas de agua o copos de nieve y cuentan con un sistema de calefacción anti-vaho y un sensor de luminosidad que reduce automáticamente el deslumbramiento de los faros de los vehículos que circulan detrás por la noche. En situaciones de conducción normales pueden parecer una frivolidad y un capricho… pero si hay niebla, si llueve o es de noche (ya no digamos si se juntan los tres elementos), la sorpresa (agradabilísima) será de las que hacen época. Además, disponen de una función que amplía automáticamente el ángulo de visión –por ejemplo, al accionar los intermitentes o dar marcha atrás– eliminando los peligrosos puntos muertos que ya se venían solucionando desde hace años con señales acústicas o con lucecitas naranjas en el extremo de los retrovisores tradicionales.

Son novedades más que suficientes, porque las otras cosas que ya gustaban de un Lexus –su suavidad de conducción, tanto en ciudad como en carretera, devorando kilómetros sin sentirlos, y el confort que transmite– ni han cambiado ni se han perdido, con unos precios mas que razonables –47.900 euros (modelo ECO); 52.900 (Premium); 65.700 (F Sport) y 72.200 (Luxury)– para las calidades que atesoran.