ILUSTRACIÓN: FER VALLESPIN

En 1982, después de recibir un serio correctivo por parte de sus competidores japoneses, firmes defensores de las baterías de cuarzo, la industria relojera suiza se enfrentaba a una profunda crisis existencial. Pero en lugar de plantearse el sistema de movimiento mecánico como una debilidad, Jean-Claude Biver, quien recientemente había adquirido la ya extinta marca Blancpain, declaraba con inusitada valentía que este anacronismo ingenioso representaba el futuro de la industria. “Desde 1735 nunca ha habido un reloj Blancpain de cuarzo”, marcaba el nuevo eslogan de Biver.

“Y nunca lo habrá”. Una década más tarde, respaldaba sus palabras con resultados y vendía Blancpain al Grupo Swatch por 43 millones de dólares.

Hoy día la industria relojera suiza vuelve a mostrar su fuerza –en 2013 superaba los 20.000 millones de dólares en exportaciones–, aunque la presencia de los smartwatch y el lanzamiento de Apple Watch acaparen una vez más pesimistas opiniones sobre si el paso del tiempo está acabando con la tradición.

Así, este mes de marzo en Baselworld (lo que sería el anual SuperBowl de la industria relojera), Biver, de 65 años de edad, –actual presidente de la división de relojes del Grupo LVMH, que incluye a TAG Heuer y Hublot– hacía otra contundente declaración: “No podemos ignorar la tendencia marcada por los smartwatch”. Pero estas palabras no implicaban una capitulación; más bien fue todo lo contrario, un grito de guerra de la industria relojera suiza en clara contraofensiva ante la incursión de los smartwatch en su territorio.

La mejor manera de combatir, argumentaba Biver, consistía en ser más inteligente. El día de apertura de Baselworld lanzaba la primera salva con una conferencia de prensa en la que anunciaba una nueva e innovadora asociación entre TAG Heuer, Intel y Google.

El resultado sería una versión suiza del smartwatch, un reloj AndroidWear desarrollado con tecnología Intel. Aunque hasta octubre no se revelará más información sobre cómo será realmente el reloj ni cuáles podrían ser sus funciones (ni por supuesto, cuánto va a costar), Biver cree que la relación comercial ya ha sido muy productiva. “Ha sido un placer trabajar con Intel y Google; del mismo modo que nosotros podíamos aprender de su cultura, ellos también han podido aprender de la nuestra”, cuenta a Forbes, “ya que ellos están más orientados al campo tecnológico.

Nosotros, por supuesto, lo estamos más hacia el producto de lujo o gama alta”.

Curiosamente, fue Guy Sémon, director general de TAG Heuer y responsable de I+D, quien inició la temprana adaptación de la marca a la tecnología portátil. Sin embargo, y aun cuando los relojeros suizos sean vistos como firmes guardianes de tradiciones centenarias en esta industria, Biver acreditaba a Sémon para impulsar a TAG “a la hora de apuntarse a la corriente de las nuevas tecnologías, no nuestros conocimientos tradicionales sino a través de la mejor colaboración posible con los gigantes de Silicon Valley”.

Y TAG Heuer no se encuentra solo ante esta misión. En Baselworld, Breitling presentaba una muestra que recogía una idea clave, la de poner el smartphone al servicio de su reloj B55 Connected; así que mientras las dos herramientas son complementarias, cada parte se encarga de realizar la tarea que se le tiene encomendada. El resultado es un reloj cronómetro tipo piloto con certificado COSC y algunas aplicaciones –incluyendo ajuste de hora, de zona horaria y la creación de alarmas–, que son accesibles a través del teléfono. Del mismo modo, el B55 Connected puede cargar y guardar mediciones del cronógrafo (tales como lecturas del tacómetro electrónico) en el teléfono para un más simplificado almacenamiento y transferencia de datos.

Para el CEO de Breitling, Jean-Paul Girardin, el teléfono ha sido como un paso natural a la hora de mejorar la funcionalidad. La marca lanzará un modelo basado en el concepto del B55 Connected para finales del año, pero Girardin señala que los “próximos pasos vendrán marcados por las necesidades reales de nuestros usuarios y el atractivo de las nuevas tecnologías. Nuestro objetivo no es producir instrumentos conectados por el simple hecho de seguir una moda”.

Otras dos marcas –Frédérique Constant y Alpina– presentaban el Swiss Horological Smartwatch, que enlaza Suiza a Silicon Valley. Estos relojes rastrean la actividad del movimiento y del sueño e incluso saben en qué zona horaria se halla el usuario –pero los marcadores son confortablemente analógicos, no digitales–. Por su parte, Jean-Christophe Babin, CEO de Bulgari, comenta que su nuevo concepto de marca es claro: “no debe ser confundido con un smartwatch”.

El Diagono Magnesium es “primero, y ante todo, un reloj suizo de lujo de mecánica factura” –lo que sucede es que contiene un microchip NFC que se puede conectar con el smartphone para bloquear o desbloquear cualquier aplicación de la nube–. Bulgari había desarrollado lo que describía como “un reloj inteligente” con la garantía de la firma suiza de seguridad en información WISeKey; así, el usuario de la Diagono Magnesium puede acceder y proteger su información personal, y lo hace a través de un reloj puramente mecánico que actúa como una clave de cifrado para el almacenamiento de datos.

Tras haber aprendido la lección que ha supuesto la Gran Crisis del Cuarzo, marcas suizas han considerado, ahora con más cuidado, cómo la tecnología portátil puede ser usada para reforzar la propia mecánica know-how más que para simplemente crear un smartwatch con sabor a manzana.

Algunos cambios se hacen inevitables, especialmente para aquellos clientes más jóvenes que han ido ganando poder adquisitivo –ellos son los que están comenzando a acostumbrarse a la idea de un reloj con algún tipo de conectividad–, aunque Biver insiste en que TAG Heuer nunca renunciará a su ADN como marca de lujo. De hecho, al igual que en 1982, los más poderosos de la industria todavía ven el reloj mecánico como el futuro, y por una buena razón:

“Porque algún día el smartwatch quedará obsoleto a nivel técnico; algo que no pasará con el reloj mecánico tradicional de nuestra gama, que en el fondo es ‘eterno”, comenta Biver con total confianza. “Sí, en cien o en mil años un reloj mecánico tradicional seguirá siendo reparable y además, ¡seguirá funcionando!”.