El patriarcado sigue presente, es viejo y feo, pero sobretodo es poderoso. Que la mujer sea la persona que apoya económicamente al núcleo familiar, sigue siendo algo impensable para muchos. La aprobación del matrimonio homosexual provocó un cambio cultural masivo, pero hizo muy poco para cambiar las perspectivas de las personas heterosexuales sobre los roles de género.

En este caso se perdió una gran oportunidad para empujar al mundo hacia una perspectiva feminista, y por tanto mejorar la vida de las mujeres y del colectivo LGBT. En cambio seguimos conviviendo con la transmisoginia y escuchando barbaridades que solo cabrían en la mente de una persona con muy poco mundo.

Las principales organizaciones que apoyan los derechos de los homosexuales, sacrificaron los derechos del colectivo trans. Este sacrificio evitó la progresión colectiva pero aseguró la aprobación del matrimonio homosexual en EEUU. Las creencias de las personas heterosexuales y homosexuales sobre el género son tan rígidas como antes.

Los micromachismos, o sexismo benévolo, al que se ven expuestas las mujeres día tras día, son el combustible que mantiene todo el sistema de patriarcado en funcionamiento. Aunque también influye la creencia de que cualquier desviación del sistema binario de géneros es una aberración, sale de lo que es normal y saludable.

La transfobia viene de la misma creencia, pero conlleva mucha más violencia. Si las líneas entre el hombre y la mujer están borrosas, se deben corregir.

En definitiva, seguimos viviendo en un mundo en el que se espera que la mujer sea la madre de sus hijos pero también de su marido. En el año 2017, cuando debería estar más claro que nunca, las personas no saben diferenciar entre feminismo y hembrismo, machismo y sexismo, ni nada que requiera pensar e implicarse para mejorar la sociedad.