«Cuando era niño, me fascinaban las vistas sin obstáculos, con el mar tras los Alpes. Más allá de este paisaje grandioso, percibía la ambivalencia de la perspectiva, donde la inmensidad contrasta con la proximidad en forma de montañas que se divisan a lo lejos y la mar que solo se puede intuir. Creció en mí la convicción de que primero hay que rebasar las montañas para llegar al mar». Con estas palabras Alexander Schärer, director general del Grupo USM, describe el hogar en el que creció. La llamada casa Buchli, diseñada por Fritz Haller (uno de los arquitectos suizos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX), no solo tiene de impresionante su privilegiada situación (en lo alto de una colina con vistas al río Aar y a los Alpes en Suiza), sino que se trata de una construcción pionera por haber sido hecha con componentes prefabricados

Durante la década de los 60, Haller trabajaba junto a Paul Schärer (padre de Alexander, nieto del fundador USM y entonces propietario de esta empresa familiar) desarrollando sistemas de estructuras e instalación modulares (los que denominaron MINI, MIDI y MAXI), muebles modulares (algunos de ellos están expuestos en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York), y diseñando distintos locales y oficias para la compañía. Todo ello, además de servir para otros proyectos mutuos (como la fábrica de Münsingen, que sirvió de inspiración para la vivienda), fue puesto en práctica en la construcción de la casa Buchli. Siempre con la funcionalidad del inmueble y de su mobiliario en mente. Y es que la idea de la casa Buchli era la de «vivir dentro de un sistema».

En 2019, tras décadas de haber servido como la residencia familiar —desde finales de los 60, cuando fue construida, hasta el 2000, cuando se empezó a usar como edificio administrativo— y para conmemorar su 50 aniversario, los Schärer decidieron empezar una reforma de la Buchli. Hasta entonces, se habían hecho algunas rehabilitaciones puntuales y labores de mantenimiento como puede ser la pintura, pero la estructura conservaba su estado original. Sin embargo, el paso del tiempo había dejado su huella sobre el edificio, por lo que la familia vio necesaria su intervención. 

La reforma se ha llevado a cabo con el propósito de preservar la obra original, no de modificarla, explica Philippe Castellan, el arquitecto encargado de esta tarea: «El objetivo era renovar la casa Schärer manteniendo al máximo el valor y el carácter de la estructura original, para preservar durante décadas este importante testigo de la historia de la empresa». Así que ha sido como un viaje en el tiempo. A través del que ha habido que comprender el pasado, para buscar soluciones adaptadas al presente (que cumpla la legislación vigente y la normativa de patrimonio) y que así se preserve la vivienda de cara al futuro.

Acero y cristal

Con solo un vistazo al edificio se hace evidente la admiración que sentían tanto Haller como Schärer por la arquitectura industrial moderna de autores como Mies van der Rohe. Su estructura de acero en la que descansan enormes ventanales evoca —entre otras obras de la modernidad— a la afamada casa Fansworth, que construyó el arquitecto alemán a finales de los años 40 en Chicago. Precisamente esta estructura ha sido uno de los principales puntos en los que se ha centrado la reforma, ya que hasta un 50% del espesor de los materiales había sido corroído por el paso del tiempo. También las cristaleras, cuya delicadeza y finura han hecho imposible su cambio por el mismo material y ha sido necesario sustituirlas por un doble acristalamiento aislante. 

También el interior de la vivienda ha requerido cuidados, aunque mucho menores. A diferencia de la estructura, ha aguantado bien el paso del tiempo. La planta superior de la casa es un espacio diáfano separado por puertas correderas en vidrio de colores. Las paredes y los armarios empotrados ofrecen un espacio de almacenamiento que llega hasta las placas del falso techo y dividen el espacio en dormitorios, baños, cocina, comedor y sala de estar. Estos tableros han sido recubiertos con una pintura especial. Todos los equipamientos interiores han sido restaurados y reinstalados, y las paredes del baño han sido cubiertas con un material impermeable. Los únicos cambios son algunas piezas que habían sido completamente dañadas por el óxido y la reincorporación de una chimenea abierta que tenía la casa originalmente y había sido retirada en 1990. 

En la parte inferior de la casa, se han restaurado la piscina y el pabellón de baño. La primera fue construida inicialmente en hormigón y recubierta por placas del mismo material. Ahora, se ha insertado una de acero inoxidable dentro de la original y se han reemplazado las losas de hormigón por unas réplicas exactas. En cuanto al pabellón, hecho con el mismo sistema de la estructura de la vivienda, se ha vuelto a pintar y arreglar el techo. También se han cuidado los jardines que rodean el entorno, que con el paso del tiempo habían crecido tapando parte de las impresionantes vistas panorámicas. 

Ahora el acero y el cristal de la Buchli vuelven a resplandecer sobre la colina con vistas a los Alpes y al río Aar. Y sus puertas se vuelven a abrir, aunque en esta ocasión no será para servir de hogar a la familia, sino de estancia en la que se queden sus huéspedes.