Nada más lejos de la realidad. Según Bortolan, el verdadero punto de partida es la confianza en uno mismo. Si bien no es tan fácil como parece delimitar conceptos como ése, la filósofa lo describe como “un umbral por debajo del cual nuestra concepción del yo nunca debe caer si queremos prosperar en las distintas áreas de nuestra vida”.

La doctora, investigadora de la Irish Research Council (en la Universidad de Dublín), explora cómo la fenomenología relacionada con la autoestima puede contribuir al tratamiento de la ansiedad y la depresión. Tras su investigación, concluye que a pesar de su naturaleza multifacética, todavía debe concebirse como una experiencia unitaria y no como un simple episodio. “La autoestima es más bien una forma específica de experiencia afectiva que influye profundamente en nuestra vida cognitiva y práctica, estructurando la forma en que pensamos y sentimos acerca de nosotros mismos, de los demás y del mundo”.

El psicólogo Nathaniel Branden sugirió que hay dos aspectos que constituyen la autoestima: por un lado está la “autoeficacia”, o lo que podría llamarse “confianza en uno mismo”; y por otro, la autoestima. El primero se caracteriza a menudo como una forma de confianza en las propias habilidades cognitivas, emocionales, y en la capacidad de uno para hacer frente a las oportunidades y a los obstáculos de la vida cotidiana. El respeto propio, por otra parte, puede definirse como el hecho de creer en el propio valor, la convicción de que las cualidades y los logros de uno mismo valen la pena, y que uno está cumpliendo con ciertos estándares éticos d los que está convencido. Éste es un mecanismo más complejo que depende de la autoevaluación y del feedback positivo de las personas que nos rodean.

Según Bortolan, parece haber varios casos en los que la autoestima de uno es impermeable a la respuesta social. Un ejemplo de ello es el “síndrome del impostor”, la incapacidad de situar los logros de uno mismo en el lugar que corresponde. Las personas que se engloban en esta tendencia suelen explicar sus éxitos como producto de la suerte o de los errores de otras personas, y se inclinan a pensar que tarde o temprano se descubrirá el hecho de que son un “fraude”. Además, basarse completamente en el juicio de otras personas para determinar tu propia autoestima puede ser el origen de diversas formas de angustia.

La autoestima, por lo tanto, no depende exclusivamente de cómo somos juzgados por otras personas. Nuestra visión de nosotros mismos, informada por el conocimiento que tenemos de nuestra propia historia, características y valores, es el eje fundamental en la formación del respeto propio.

¿Es posible, o deseable, tener una concepción de uno mismo completamente independiente de los juicios de otras personas? No tanto como parece. Al igual que depender completamente de las opiniones de los demás para determinar el valor de uno, prescindir de la percepción y la comunicación con otros al evaluarse a sí mismo puede ser problemático. Nuestra experiencia está estructurada a través de una variedad de relaciones intersubjetivas, y la auto-conciencia y el auto-conocimiento están arraigados en las interacciones interpersonales.

Bortolan concluye de su investigación que hay una conexión importante entre la autoestima y la experiencia moral. “Por ejemplo, parte de la ira que se experimenta después de un robo es una evaluación más o menos explícita de ese caso como algo dañino o moralmente equivocado. Las emociones están fundamentalmente conectadas a nuestros juicios de valor”. La autoestima también modula la forma en que vemos a los demás y lo que esperamos que hagan. Por ejemplo, cuando la autoestima es baja, puede ser difícil confiar en las intenciones y comportamientos de los demás, y pedirles que se responsabilicen de sus acciones.