Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990) no para. Es madre de Ulises, periodista, editora, vive en Barcelona y huye a Madrid y Almería de vez en cuando. Y entre toda esa amalgama de labores siempre le encuentra horas al día para escribir, pensar, pero sobre todo para leer.

En su prolífica labor como autora ha publicado cuentos, dos ensayos (el último se titula Caliente, publicado por Lumen) y siete poemarios (todos en la editorial La Bella Varsovia)

Hace unos días acaba de llegar a las librerías Poesía masculina, su nuevo libro de poesía donde pone voz y carne a su excompañero Antonio J. Rodríguez para tratar de entender cómo desea y mira un hombre.

PREGUNTA. Empezó a escribirlo hace años pensando si era posible escribir poesía masculina, ¿ha encontrado alguna diferencia con la llamada “poesía femenina”?

RESPUESTA. No hay ninguna diferencia entre ellas. La expresión “poesía femenina” se usa para odiar y desprestigiar a la poesía escrita por mujeres.

P. ¿Cuál de los poemarios le ha dado más beneficios?

R. El libro de poesía con el que más dinero he ganado es El arrecife de las sirenas (2017). He vendido unos 2.000 ejemplares. Cobro un 10% del precio de venta al público de cada ejemplar [11 euros PVP]. Una suma pequeñísima. Todo lo que saco lo dedico a comprar más libros, que son el alimento de mi siguiente libro. Sigo gastando más en libros que en comida. Los anticipos de los derechos de autor no se pagan en editoriales como La Bella Varsovia; yo cobro mis derechos cada seis meses. Los influencers de la poesía sí cobran los anticipos, pero eso no ocurre en el mercado poético.

P. Pero usted también es muy influyente en las redes sociales.

R. Tengo muchos seguidores en redes sociales porque recomiendo libros, pero no son compradores de mis libros. Es muy difícil traducir esos seguidores a lectores-compradores. ¿Dónde están esos 40.000 seguidores en la compra de mis libros? Ojo, nunca he querido convertir a mis seguidores en compradores. Hay gente que trabaja duramente en eso, con sus camisetas, sus giras, etcétera. Me dedico a la edición y a mantenerme separada de todo eso. Mi producto no soy yo.

P. ¿Los seguidores han fulminado la labor del editor?

R. La moda en las editoriales por los seguidores se está apagando. Se han dado cuenta de que no es suficiente porque no se traduce en compradores. Cristina Morales no tiene redes sociales y tiene muchas más ventas que cualquiera de nosotros con redes sociales. Sirven para promoción. Lo que está pasando ahora con estas publicaciones exprés de cosas que triunfan en la red es que ni siquiera hay contenido, ni compra.

P. ¿Qué han aprendido las editoriales de esa lección?

R. La industria se ha dado cuenta de que tiene que hacer libros para lectores. Libros bien editados, además de que sean buenos. Hay lectores, estoy convencida, y quieren contenido bueno. El infinito en un junco, de Irene Vallejo, me lo leí en un fin de semana, disfruté muchísimo y recobré el amor por la lectura. Y lo tengo en ebook y en una edición bonita.

P. ¿Ha conseguido abandonar la precariedad?

R. Por desgracia, la precariedad va asociada a la poesía. Al menos en mi caso. Hay gente que llena estadios, que tiene merchandising, hace camisetas con sus poemas y una carrera de éxito económico. Nunca he querido hacer de la poesía un trabajo, tengo mi otro trabajo, el de la edición.

P. ¿Qué tendría que hacer para ser rentable?

R. Tendría que dedicarme a mí misma todo el rato y estar en comunicación con mis lectores, hacer directos constantemente… Me daría miedo, además, empezar a producir literatura pensando en que eso es lo que hará pagar las facturas. La poesía más accesible hoy es esa con la que te sientes cómoda leyéndola, amable, de amor, no fuerza el lenguaje de una manera desagradable en que lo hago yo, ni se mete en temas pantanosos. No creo que pudiese ser ese tipo de poeta. No puedo hacer que mi trabajo dependa de las redes sociales, sino de mis logros como pensadora.

P. ¿Tiene alguna poeta en mente que lo haya logrado?

R. Anne Carson (poeta, Toronto, 1950, autora de La belleza del marido), la admiro. Se ha dedicado a dar clase de griego y a traducirlo sin dejar de escribir. Un trabajo que te nutre y otro que te alimenta. Aspiro a la coherencia y a poder seguir investigando los temas que me interesan desde siempre.

P. ¿Qué tal se lleva el dinero con la coherencia?

R. El dinero nunca es coherente, el dinero lo enturbia todo. He tenido mucho debate con Ernesto Castro (filósofo, Madrid, 1990, autor de El trap. Filosofía millennial para la crisis en España) sobre este tema. No puedo permitirme seguir haciendo cosas gratis, es indecente y hay que hacérselo saber a quien te lo ofrezca. Todo lo que gano en mi trabajo de media jornada se me va en mi piso y en el pago de mis autónomos. Al menos tengo que hacer al mes una conferencia bien pagada, un par de artículos, etcétera.

P. ¿También era precaria siendo editora de éxito en el sello Caballo de Troya?

R. Por supuesto, era una editora precaria. Me habría planteado hacer Caballo de Troya (sello de Penguin Random House) gratis, pero ha sido un proceso de precarizar mi trabajo y mi capital, que ha servido para quedarme como editora en Penguin. Pero tiendo a sentirme eterna becaria y tengo 30 años ya. Estoy en la mierda y, sin embargo, soy la más privilegiada de todas las que estamos en la mierda.

Pero tiendo a sentirme eterna becaria y tengo 30 años ya. Estoy en la mierda y, sin embargo, soy la más privilegiada de todas las que estamos en la mierda.

P. Han sido dos años de grandes éxitos con esa editorial.

R. Caballo de Troya al ser un hijo extraño de un gran grupo, tiene toda la capacidad de transgresión y, al tiempo, todos los déficits para llegar a todas partes. Los libros más vendidos fueron los de Aixa de la Cruz (Cambiar de idea, 2019) y Anna Pacheco (Listas, guapas, limpias, 2019), con 7.000 ejemplares, una pasada. Son muy atractivos los sellos pequeños, pero como tal eran pequeñas las condiciones económicas que manejábamos. A veces uno acepta esas condiciones esperando a que le den otras cosas y ahora trabajo como editora. Pero no volvería a trabajar en Caballo de Troya por ese salario, porque no puedo tener 200 trabajos para llegar a fin de mes.

P. ¿Es posible no tener que elegir entre dinero o cultura?

R. Si supiera no tener que elegir entre dinero o cultura sería más feliz. Estoy atrapada porque no me puedo quejar de la visibilidad que tengo, pero tampoco me repercute económicamente. Hay que hacer muchas cosas todo el rato para estar a bien con la cuenta del banco y que eso no afecte a tu escritura. El gran problema de las escritoras y escritores milenials es que tenemos que trabajar tanto que no podemos disfrutar de tiempo libre. Ojalá tuviera la paz para aparcar un momento mi trabajo y poder escribir. Pero no tenemos tiempo libre para imaginar, cuesta mucho dinero.