El perdón es duro. De hecho, el perdón es un tema de discusión en cualquier lugar donde se hable acerca de la condición humana; porque, de hecho, ofenderse y perdonarse forma parte de la dinámica habitual por el hecho de convivir. No esperes disculpas, pero intenta perdonar. Las relaciones pueden ser bombardeadas en cualquier momento por simples malentendidos.

Cuando las personas se absorben en el dilema del perdón, necesitan comenzar a bucear en sus propias emociones. Si tu mente se regodea en hechos del pasado o pasa buena parte del tiempo preocupada por el futuro, comienza a activar los mecanismos de la negatividad. ¿Vale la pena sabotearte a ti mismo solo por no concederle el beneficio del perdón a la otra persona?

Reconoce tu necesidad de mantener el control. En muchos casos, tendemos a desaprobar eligen vivir y actuar las otras personas. Simplemente, te gustaría que las cosas no fueran así. Muchas veces te gustaría que se disculparan por abandonar ese equilibrio que existía (o al menos, así lo veías tú) cuando la relación te hacía sentir cómodo. Eso es lo que hace que el perdón sea tan difícil. Nadie puede cambiar las prioridades de los demás simplemente por desearlo, y mucho menos por reaccionar de forma exagerada a esos cambios. Lo más correcto dejar que las demás personas tomen sus propias lecciones de la vida.

La necesidad de la venganza. ¿Nunca has oído que la venganza se sirve en plato frío? Mucho mejor que ese refrán, quizás, es el que afirma que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Simplemente, devuélvele una dulce sonrisa. Si alguien tiene la intención de realmente herirte, vas a lograr confundirle. Si te rindes y prefieres enrabietarte, estarás dando a la otra persona la capacidad de molestarte. Perdona y sigue avanzando. Deja marchar a la gente, y construye un camino hacia tu propia felicidad.

Perdónate primero y luego perdona a los demás. Vale la pena esforzarse por vivir en el presente. Hay muchas cosas por las que agradecer o en las que poner el foco. Todo el mundo necesita adoptar la costumbre, al menos puntual, de perdonar a los demás y entender que los errores se pueden cometer. Es verdad, hay una línea muy fina entre los errores, los pecados y el crimen. Pero si aprendes a perdonar, permanecerás en el lado pacífico y llevadero de la vida. Ciertas actitudes atraen otras muy parecidas; aléjate de las perjudiciales todo lo que puedas.

En resumen, el perdón es casi una manera de sanearte a ti mismo, en lugar de una concesión a quien ofende. Ayuda a liberarte y a seguir con tu vida, reclama cierta autoridad sobre tu mente y, en general, es terapéutico para ambos.