No muchos recordarán que cuando fundó el grupo Los Ronaldos, Coque Malla contaba con tan sólo 15 años. El grupo sacó cinco discos, con grandes éxitos como Adiós papá o Por las noches (por citar solo algunos). También tuvo colaboraciones exitosas con Los Rodríguez, pero –aparte de cantante– Coque Malla cuenta con una destacable trayectoria como actor (¿quién no recuerda aquella hermosa película de 1994 junto a una jovencísima Penélope Cruz, Todo es mentira?). Ahora se sube a los escenarios del teatro Infanta Isabel para representar La Ópera de los Tres Centavos, de Bertolt Brecht y Kurt Weill, un texto que se estrenó en Berlín en 1928 y que critica la corrupción, el abuso de poder y el capitalismo, temas de plena actualidad. En noviembre, además, publica Un sitio donde ser salvajes, (Planeta) una biografía que ha escrito junto a su mujer, la periodista y guionista Macarena Cabo.
¿Por qué hacer ahora este texto, esta Ópera de los Tres Centavos?
A Mario Vega, que es el que decide montar la obra, se le ocurre la idea loca de que la haga yo. Y que además yo sea Macheath, ni más ni menos, un personaje. ¿Y por qué acepto esa tremenda responsabilidad? Se me juntaron varias cosas. Después de tantos años, justo estaba empezando a sentir cierta sensación de rutina. A pesar de que mi trabajo es apasionante, variado y viajas por todo el mundo, hay algo de bucle en su estructura: ir a ensayar, hacer la promo, ir de gira… Es un esqueleto que se repite –año tras año– y que, desde hace un tiempo, recorro con la misma gente: mi banda, mi productor, mi equipo, el mismo estudio, el local de ensayo, incluso los recintos a los que vas de gira también. Empezaba a pesarme esa rutina y, justo en ese momento –eso sí que fue una cosa como cósmica–, me llama Mario Vega para este proyecto.
¿Conocías a Mario de antes?
Sí, había hecho las canciones para un espectáculo suyo que se llamaba Clara y el abismo. Le gustaba mi música y le habían hablado bien de mí. Me llamó y hubo una conexión brutal, tanto artística como personal. Nos hicimos amigos, trabajamos muy a gusto juntos. Así que, como te comentaba, cuando me llamó, pensé que era el momento perfecto para salir de esa especie de círculo repetitivo. Además, Mario me dijo que iba a llamar a mi hermano Miguel para que hiciese la dirección musical y entonces todo cuadró. Para hacérmelo más fácil, me ofreció hacer el estreno en Madrid: “Un mes de ensayo, otro de función y luego cogemos a otro actor y tú ya te puedes ir de gira”. Pero yo le dije que no, me he comprometido año y medio con esta movida.
Es decir, para ti ha sido como un soplo de aire fresco.
Totalmente. Y luego, si perteneces a este mundillo, y te ofrecen esta ópera –el papel de Macheath, además– y dices que no… ¡Buff! Es que no llevas el espectáculo en las venas.
¿Cuál ha supuesto para ti el mayor desafío?
La parte vocal de las canciones. Siempre he pensado, cuando hacía películas antes de hacer teatro, que toda la información que necesita un actor está en el texto. Con todos mis respetos, no voy a ser yo quien critique el método de trabajo que puedan tener otros actores, pero no veo necesario esa cosa de: “Como hice de estibador de Londres, me fui a vivir con los estibadores dos meses”. La información psicológica, emocional que necesita un actor está en el texto. Sobre todo si es una obra maestra, si está tan quirúrgicamente bien escrita como La Ópera de los Tres Centavos. El proceso actoral tuvo sus dificultades y sus retos, pero lo de la voz ha sido lo más jodido. Son melodías, estructuras armónicas y giros tonales a los que no estoy acostumbrado. Hay canciones que alcanzan tonos muy altos. Los que más hemos sufrido hemos sido Paula Iwasaki y yo. A ella porque los tonos le pillaban muy bajos y a mí muy altos.
La obra critica el abuso de poder, un tema de plena actualidad.
Está hoy de actualidad y lo seguirá estando dentro de 6.000 años, si la humanidad aún existe. Que el ser humano abuse del poder es algo intrínseco a su naturaleza. Pero la obra habla de algo más complejo y profundo que del abuso del capitalismo. Aquí no hay malos ni buenos, son todos unos hijos de puta que hacen lo que sea con tal de sobrevivir. Aquí no hay un empresario rico perverso que explota al pobrecito trabajador, que es bueno y tiene que alimentar a su hijito. Aquí son todos unos degenerados. Por eso esta obra es todo un clásico, universal, porque nos retrata a todos. Todos somos víctimas de nuestra propia ambición y de nuestro propio egoísmo.
¿Cuáles crees que son los mayores males que sufrimos hoy?
Es compleja la pregunta, hay tanto de lo que hablar: el hambre, la guerra, la depresión, el déficit de calidad en la educación… Luego están las redes sociales y ese mal ambiente que generan; que pones un ‘buenos días’ y se monta un pollo tremendo. Eso parte de una falta brutal de comprensión lectora. La gente no sabe leer y no entiende lo que está leyendo, algo tan sencillo como saber leer.
Y tú los haters, ¿cómo los llevas?
Estoy muy alejado de las redes. Hubo un momento en que estuve muy activo y además me ponía, me gustaba subir cosas polémicas, leer las respuestas, contestarles… Sí, cometía ese error. Hace tiempo ya que me dejó de interesar.
¿Estarías de acuerdo en lo de limitar las redes sociales a según qué edades, como se ha hecho en algunos países?
Absolutamente. De hecho, nuestra hija no tiene redes sociales.
¿Y cómo lo lleva?
Bueno, pues como nosotros de pequeños, cuando no nos dejaban ver una peli para mayores. Aparecían los dos rombos y nos teníamos que ir a la cama y protestábamos y decíamos que la queríamos ver. Pues esto es igual, solo que a lo bestia. A día de hoy, mucho mejor sin redes; al menos, hasta que cumplan la mayoría de edad.
¿Y de polarización, cómo crees que va la sociedad española?
No soy optimista. El clima político, y aquí sí que hago responsables a los políticos, es patético. Se escuchan unas cosas en el Parlamento que dan vergüenza ajena, se ven unas artimañas, unas trampas…
¿Qué estás leyendo ahora?
Dos libros a la vez: En la carretera, de Cormac McCarthy, que es un premio Pulitzer, la novela en que se basó la peli de Viggo Mortensen, que es durísima, y el libro es peor, tristísimo; y luego, una especie de biografía, La ciudad perdida de Zeta, del explorador que se metió en el Amazonas y que dio lugar a una peli maravillosa, Z, la ciudad perdida. Es un libro que cuenta la historia de este tío que se obsesionó con el Amazonas y el Dorado. Es fascinante.
«Que el ser humano abuse del poder es algo intrínseco a su naturaleza»
¿Cuál es la última serie que te haya gustado?
Me ha apasionado Pluribus. Es de lo mejor que he visto cinematográficamente, del creador de Breaking Bad. Es una serie que lo único que le echo en cara es que tenga más tempo-
radas. Yo soy un apasionado de las series que se cierran y ésta termina inconclusa y eso me jodió bastante, pero la serie es una obra maestra. Y además creo que de una forma muy simbólica, abstracta, habla de la tecnología haciéndose dueña de nuestras vidas, de las redes sociales, de esto de lo que hablábamos antes.
¿Una virtud que tengas?
¿Yo, virtudes? No sé… ¡Mis nudillos! Mis nudillos son preciosos.
¿Y un defecto?
El hueco que se me queda entre los nudillos. [Risas]
Cuéntanos algo horrible que hayas hecho últimamente.
Una paella horrorosa que hice el otro día. Me salió fatal.
¿No eres buen cocinero?
Sí lo soy, pero cuando lo hago mal lo tengo que reconocer.
A nivel musical, ¿crees que había más frescura en los años ochenta que actualmente?
No necesariamente. Mira un ejemplo es el último disco de los Stones, tienen 84 años y es uno de los trabajos con más frescura que he escuchado en los últimos años. Es milagroso que estos ancianos toquen así, cargados de rabia, con esa edad, queriendo comerse el mundo, cuando ya se lo han comido mil veces. Dejando a los Rolling Stones, que son mi pasión, creo que la frescura artística siempre está disponible, otra cosa es cómo la interpretemos nosotros.
¿Tus hijos escuchan todo tipo de música?
El pequeño más, la mayor empieza. Estuvo muy reggaetonera, pero bueno, reggaetonera refinada, porque es muy fan de Rosalía y para mí Rosalía es otra cosa, una grande.
¿Qué queda del Coque Malla que cantaba Adiós papá?
Yo creo que muchísimo, todo, en cierto modo sigue siendo el mismo. El mismo tipo que cogía una guitarra, se subía al escenario y se ponía a tocar rock and roll.

