Los líderes son esas personas que influyen en los otros, nos representan y dirigen nuestro comportamiento hacia un objetivo común. Y algunas de las cualidades deseables para ejercer un liderazgo saludable podrían ser la comunicación, la empatía, la responsabilidad y la visión estratégica. Pero ¿cómo deciden qué es mejor para un grupo, una organización o un país? ¿En qué basan sus acciones? ¿Siguen algún tipo de lógica o se dejan guiar por la intuición?
Tradicionalmente, el análisis e intuición política se ha centrado en factores económicos, estratégicos o militares, basados en historias de tiempos pasados y los eventos que tuvieron lugar. En general, se ha prestado menos atención al componente psicológico, pese a que mucha literatura histórica ha abordado las personalidades de distintos dirigentes implicados en los acontecimientos más importantes de los últimos tiempos.
Precisamente, aquí es donde la psicología aporta un valor diferencial. Podría considerarse una herramienta de “inteligencia conductual”, identificando patrones de liderazgo, evaluando riesgos y detectando señales tempranas de escalada en contextos de tensión política o militar. No pretende predecir el futuro, sino comprender como influyen los factores psicológicos en decisiones muy relevantes, ayudando a los responsables políticos a anticipar escenarios, reducir la incertidumbre y tomar decisiones estratégicas más informadas.
Porque las guerras, las alianzas y los conflictos empiezan con decisiones humanas. Por lo que, comprender la mente de quienes las toman puede ser una herramienta de prevención más valiosa de lo que podríamos imaginar. Es decir, una de las fuentes más valiosas de información se encuentra a la vista de todos: la conducta humana.
Rasgos de personalidad que caminan de la mano del liderazgo
Desde la psicología, el análisis o perfilado conductual permite estudiar patrones de cómo se comportan, cómo toman decisiones y qué control tienen de sus emociones en situaciones de presión o incertidumbre. En general, ofrece herramientas para comprender mejor a estas personas que determinan el destino de naciones y continentes enteros.
Uno de los rasgos de personalidad que, a menudo, camina de la mano del liderazgo, en especial del autocrático, es el narcisismo. Una característica que sobreestima la capacidad de uno mismo e implica una visión muy elevada del criterio propio. Quien la posee, suele sentirse un poco más cerca de los super héroes que de los simples mortales y hacer sentir que las limitaciones de los demás no le afectan. Esta percepción de prototipo de ser humano favorece decisiones impulsivas y tremendamente peligrosas.
De difícil trato, el humano perfecto está convencido de que nada puede salir mal, además de no reparar demasiado en las consecuencias de sus actos. La necesidad del aplauso por parte de su entorno y la falta de compasión por el sufrimiento ajeno, son rasgos muy frecuentes; por lo que, sus relaciones personales suelen estar basadas en el interés.
Sin embargo, en el ejercicio del perfilado conductual, el psicólogo no suele ser un oráculo de la lectura mental y, si observamos cómo se comportan las personas que mueven el mundo, podemos registrar algunos patrones. Serían como señales anticipatorias de cómo van a suceder los acontecimientos: la manipulación en los discursos, la necesidad de adulación y atención y la importancia que se autoproclaman esconden una frágil autoestima que sale a flote a la mínima amenaza a su ego.
Banderas rojas inequívocas que los psicólogos advierten en líderes autocráticos tienen mucho que ver con cómo procesan la información y toman decisiones. Una de ellas es el sesgo de confirmación, conocido como el síndrome del ya lo decía yo: la tendencia a buscar, recordar y valorar aquella información que confirma las propias creencias, ignorando cualquier dato que las contradiga.
Otro patrón frecuente es el sesgo de disponibilidad. Lleva a sobreestimar riesgos porque resultan especialmente llamativos o emocionales. Este mecanismo puede contribuir a presentar determinados escenarios como más peligrosos de lo que realmente son, justificando medidas extraordinarias o intervenciones con escaso respaldo social (por ejemplo: una intervención bélica).
También es habitual observar el llamado efecto de anclaje; por el cual, el líder queda aferrado a una posición inicial y muestra gran resistencia a modificarla, a pesar de aparecer nuevas evidencias o si surgen oportunidades de negociación.
Y, por supuesto, no puede faltar el fenómeno de la cámara de eco. El líder se rodea de personas que refuerzan constantemente sus opiniones, mientras las voces discrepantes desaparecen progresivamente. El debate se sustituye por la confirmación y las decisiones se toman sin un verdadero consenso.
Otros indicadores que se analizan en los dirigentes con tendencia al control aparecen en sus discursos y en su manera de ejercer el poder. Son muy frecuentes las dicotomías referidas a otros personajes como amigos frente a enemigos y la deshumanización de quienes son sus rivales.
Por Encarna Rama Galdón, doctora en Neurociencias y directora del Grado en Psicología de la Universidad Internacional de Valencia

