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Javier Cortés, entre los «gigantes» mundiales de la oncología: «Cada vez que un paciente muere, sentimos que todavía queda trabajo por hacer»

Se ha convertido en el único especialista no estadounidense reconocido en los «2026 Giants of Cancer Care», una de las mayores distinciones internacionales en oncología

Javier Cortés

Detrás de enfermedades como el cáncer, hay personas que se niegan a aceptar que la enfermedad tenga la última palabra. Son investigadores y clínicos que miden su éxito profesional en base a los avances que han conseguido impulsar diagnósticos precoces o mejores tratamientos a los pacientes. Y gracias a esa perseverancia, la oncología vive hoy una de las mayores revoluciones de su historia.

Esa convicción es la que ha guiado la trayectoria profesional del doctor Javier Cortés, uno de los oncólogos más influyentes del mundo en cáncer de mama. De hecho, el director científico e investigador de la Unidad de Oncología Médica de IOB Madrid en la Fundación Hospitalarias Madrid | Hospital General Universitario ha sido recientemente reconocido como uno de los «2026 Giants of Cancer Care», una de las mayores distinciones internacionales en oncología impulsada por OncLive. Se ha convertido en el único especialista no estadounidense distinguido este año.

En esta entrevista, analiza las grandes revoluciones científicas que están transformando el ámbito de la oncología, los desafíos que aún quedan por resolver y el objetivo que sigue guiando su trabajo: conseguir que, cada vez, menos personas mueran por esta enfermedad.

¿Por qué decidió especializarse en oncología?

Tomé la decisión motivado, principalmente, por el deseo de dedicarme a una especialidad en la que pudiera ayudar a los pacientes desde una dimensión profundamente humana. En aquel momento, valoré la posibilidad de especializarme en VIH, una enfermedad que entonces tenía un enorme impacto sanitario y social. Sin embargo, coincidió con la llegada de tratamientos que transformaron su pronóstico y permitieron cronificar la enfermedad en muchos pacientes. Pero la oncología seguía representando uno de los mayores desafíos médicos, tanto por la complejidad clínica como por el sufrimiento asociado a los pacientes y sus familias.

Me atrajo precisamente esa combinación de ciencia, innovación y acompañamiento humano. La oncología exige un alto nivel de conocimiento técnico, pero también una gran capacidad para escuchar, apoyar y estar presente en momentos muy difíciles. Esa dimensión humana fue determinante en mi elección y sigue siendo, a día de hoy, uno de los aspectos más importantes de mi trabajo.

Durante esa dilatada experiencia acompañando a pacientes en momentos muy difíciles, ¿qué ha aprendido del verdadero impacto que tiene el cáncer?

A lo largo de mi trayectoria he visto cómo el cáncer afecta no solo a quien lo padece, sino también a todo su entorno familiar y social. En el caso del cáncer de mama, por ejemplo, muchas mujeres siguen siendo el principal sostén emocional y organizativo de sus familias, de modo que, cuando enferman, todo el núcleo familiar se resiente. Sin embargo, las situaciones que más me impactan son aquellas en las que hay niños pequeños implicados. Ver cómo una madre deja hijos pequeños es una de las experiencias más duras que puede afrontar un oncólogo. Pero, si tuviera que señalar algo especialmente difícil, diría que es acompañar a unos padres que pierden a una hija. Son circunstancias que trascienden la medicina y que recuerdan constantemente la dimensión humana de esta profesión.

Precisamente para evitar este desenlace, la investigación oncológica ha avanzado de forma extraordinaria en los últimos años. ¿Qué avances terapéuticos han sido claves?

Una de las revoluciones terapéuticas más importantes y que ha cambiado la práctica clínica ha sido la llegada de los anticuerpos conjugados, también conocidos como “caballos de Troya”, capaces de transportar tratamientos altamente eficaces directamente a las células tumorales. Su impacto en determinados tumores, especialmente en cáncer de mama, ha sido extraordinario. Recuerdo, especialmente, la presentación de los primeros resultados de trastuzumab deruxtecán, que marcaron un antes y un después en pacientes con tumores HER2 positivos. Los beneficios observados fueron realmente excepcionales.

Otro avance transformador ha sido la inmunoterapia en el cáncer de mama triple negativo localizado. Hemos visto cómo su incorporación a los tratamientos estándar incrementa de forma muy significativa las tasas de curación. Son avances que no solo prolongan la supervivencia, sino que están cambiando las expectativas de pacientes que hace apenas unos años tenían opciones mucho más limitadas.

Son avances espectaculares que están permitiendo que vivamos más tiempo y en mejores condiciones. ¿Es suficiente para la ciencia?

Hemos visto avances que hace unos años parecían inalcanzables y estoy convencido de que seguiremos transformando el cáncer en una enfermedad cada vez más controlable. El gran reto es que llegue el día en que, si no podemos curarlo, podamos convivir con él como ocurre con muchas otras enfermedades crónicas. Porque cada vez que una persona pierde la vida por esta enfermedad sentimos que todavía queda trabajo por hacer. La medicina tiene como objetivo curar y, cuando eso no es posible, cronificar la enfermedad preservando la mejor calidad de vida posible.

¿Cree que conseguir alcanzar esta cronificación generará más tensión a los sistemas sanitarios?

La cronificación del cáncer supone un desafío, pero no debemos analizarla únicamente desde la perspectiva del gasto sanitario. Cuando un tratamiento consigue controlar la enfermedad durante años, genera costes, pero también aporta un enorme valor social y económico. Muchos pacientes pueden mantener una vida activa, continuar trabajando y seguir contribuyendo a la sociedad. Por tanto, el análisis debe contemplar tanto la inversión en tratamientos como los beneficios derivados de preservar la calidad de vida, la autonomía y la capacidad laboral de las personas.

La sostenibilidad del sistema exige una visión global. Debemos considerar no solo cuánto cuestan los tratamientos, sino también cuánto contribuyen a reducir incapacidad, dependencia y pérdida de productividad. Al mismo tiempo, como sociedad tenemos la responsabilidad de proteger a quienes no pueden reincorporarse plenamente a su actividad. El objetivo debe ser encontrar un equilibrio entre la innovación, la sostenibilidad económica y la atención a las personas más vulnerables.

¿Cómo se puede garantizar que esta innovación puntera, pero también de alto impacto económico, siga siendo sostenible para los sistemas sanitarios?

Garantizar la sostenibilidad de la innovación requiere la implicación de todos los actores: administraciones, industria farmacéutica, profesionales sanitarios y asociaciones de pacientes. Como oncólogo, mi prioridad es que cada paciente tenga acceso al mejor tratamiento cuando realmente lo necesita. Pero también es imprescindible que el sistema sea capaz de sostener esa innovación a largo plazo.

España todavía tiene margen de mejora en el acceso a nuevos medicamentos. Una parte importante de los tratamientos aprobados en Europa llega con retraso o no está disponible para todas las indicaciones autorizadas. Por ello, debemos aprovechar mejor herramientas como la investigación clínica, que permite ofrecer opciones innovadoras a los pacientes y generar conocimiento. También es fundamental utilizar los tratamientos de forma rigurosa, basándonos siempre en la evidencia científica, optimizar los tiempos diagnósticos y potenciar el uso de biomarcadores que permitan seleccionar mejor a los pacientes que más se beneficiarán de cada terapia.

Dice que España tiene margen de mejora en el acceso. ¿Nos posicionamos bien en investigación clínica y preclínica?

España presenta una realidad muy diferenciada según el ámbito de investigación que analicemos. En investigación clínica, ocupamos una posición de liderazgo internacional y nos situamos entre los países más activos del mundo en desarrollo de ensayos clínicos oncológicos. Disponemos de profesionales altamente cualificados, una amplia red asistencial y pacientes que confían en la investigación como una oportunidad terapéutica.

Sin embargo, en investigación traslacional y preclínica todavía estamos por detrás de otros países líderes. Necesitamos reforzar la inversión en ciencia básica y mejorar los mecanismos que permitan transformar el conocimiento en innovación real. También sería importante optimizar las redes de derivación para que cualquier paciente pueda acceder a un ensayo clínico independientemente del hospital donde sea atendido. La investigación debe formar parte de la práctica asistencial habitual. De hecho, en oncología resulta difícil alcanzar la máxima excelencia sin una actividad investigadora sólida y continuada.

España cuenta con investigadores de enorme talento, pero necesita una mayor inversión sostenida y una apuesta más decidida por la generación de conocimiento, patentes y transferencia tecnológica. La investigación no solo debe producir publicaciones científicas; también debe traducirse en innovación capaz de generar riqueza y mejorar la atención a los pacientes.

La metástasis del cáncer es uno de los ámbitos que centra la atención de los investigadores. ¿Qué preguntas siguen sin resolverse?

Una de las grandes preguntas es entender cómo determinadas células tumorales pueden permanecer inactivas durante años y, de repente, reactivarse y dar lugar a una recaída. Son las llamadas células quiescentes, cuya biología sigue siendo en gran parte desconocida. Además, hoy sabemos que la metástasis no depende únicamente de la célula tumoral. También intervienen el microambiente que la rodea y el propio organismo del paciente. Por eso, cada vez prestamos más atención a la interacción entre las células cancerosas y otros componentes del tejido, como los fibroblastos o las células inmunitarias.

También seguimos investigando para conocer por qué algunos tumores muestran una clara preferencia por determinados órganos. Comprender ese “tropismo” podría ayudarnos a prevenir o tratar mejor la enfermedad metastásica. Hemos avanzado mucho, pero probablemente estamos empezando a entender solo una parte de toda su complejidad biológica.

¿Qué haría falta para avanzar hasta el punto de poder controlar clínicamente la enfermedad metastásica de cada paciente?

El primer paso es seguir profundizando en el conocimiento biológico de la metástasis. Cuanto mejor entendamos los mecanismos que permiten a las células tumorales diseminarse, sobrevivir y crecer en otros órganos, más precisos serán nuestros tratamientos. También necesitamos herramientas que permitan detectar la enfermedad mucho antes. En este sentido, la biopsia líquida está ofreciendo resultados muy prometedores. La posibilidad de identificar enfermedad residual o signos tempranos de resistencia antes de que sean visibles mediante técnicas convencionales podría transformar el manejo de muchos pacientes.

Sin embargo, no debemos olvidar una realidad fundamental: el mejor tratamiento de la metástasis sigue siendo evitar que aparezca. Por eso, el diagnóstico precoz continúa siendo una de las estrategias más eficaces para mejorar el pronóstico. Detectar el cáncer en fases iniciales permite aumentar significativamente las posibilidades de curación y reducir el riesgo de que la enfermedad llegue a extenderse.

¿Qué cánceres o áreas de investigación le generan más optimismo de cara a los próximos diez años y cuáles siguen siendo especialmente difíciles de abordar?

Soy optimista respecto a varias líneas de investigación que ya están demostrando resultados muy relevantes. Los anticuerpos conjugados están cambiando el tratamiento de numerosos tumores y su combinación con inmunoterapia abre perspectivas muy prometedoras para los próximos años. La biopsia líquida es otra de las áreas que más expectativas genera, ya que puede permitir detectar recaídas o resistencias de forma mucho más precoz.

Respecto a los desafíos, todavía existen tumores especialmente complejos, como el cáncer de páncreas, aunque recientemente hemos visto resultados esperanzadores que podrían marcar un punto de inflexión. También seguimos avanzando en cáncer de mama y cáncer de pulmón, donde los progresos han sido notables. La realidad es que ningún tumor está resuelto por completo y en todos ellos queda mucho camino por recorrer.

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