¿Y si el verdadero indicador de progreso de un país no fuera su Producto Interior Bruto sino el estado de salud de su población? La reflexión puede parecer provocadora en una economía acostumbrada a medir el éxito en términos de crecimiento, productividad o inversión. Sin embargo, cada vez más voces defienden que la prosperidad de un territorio dependerá también de factores como la calidad del aire, el acceso al agua, la resiliencia de los ecosistemas o la capacidad de prevenir enfermedades antes de que lleguen a los hospitales. Porque detrás de cada ola de calor, cada episodio de contaminación o cada desastre climático hay una factura sanitaria, económica y social que ya estamos pagando. Y, según algunos expertos, seguirá creciendo si no se actúa.
Pocas personas han contribuido tanto a situar esta conversación en la agenda internacional como María Neira. Médica de formación y referente mundial en salud pública, ha sido durante años directora del Departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Desde allí, ha impulsado el enfoque One Health y defendido la necesidad de integrar salud, sostenibilidad y desarrollo económico en las grandes decisiones políticas.
En esta entrevista en Forbes Health, realizada en el marco de la III edición del Congreso Nacional One Health, organizado por la Plataforma One Health, reflexiona sobre las amenazas que plantea la degradación ambiental, el papel de los sistemas sanitarios ante el cambio climático y por qué, en su opinión, medir únicamente el PIB ya no es suficiente para evaluar el progreso de una sociedad.
¿Desde cuándo lleva defendiendo el enfoque One Health?
Con esa definición más formal, desde hace relativamente poco tiempo. Sin embargo, de forma intuitiva, mucho antes de que se popularizara el término One Health. De hecho, creo que fue desde que empecé a trabajar como médica en un campo de refugiados. Allí hacía clínica de manera intensiva. Recuerdo a un niño que acudía constantemente con crisis asmáticas muy graves. La causa no estaba únicamente en su enfermedad, sino en que respiraba el humo generado por un fuego abierto dentro de su vivienda. Ahí entiendes que no basta con tratar el caso clínico, sino que hay que actuar también sobre las condiciones ambientales que están provocando el problema. Así, tardé apenas dos semanas en darme cuenta de que, si quería conseguir resultados, tenía que ir también allí donde se generaba la enfermedad. Porque todo está interconectado. Así, entender que nuestra salud depende también de la salud del entorno debería ser algo inherente a nuestra forma de pensar y actuar, algo tan evidente que deberíamos llevarlo incorporado casi en nuestro ADN.
Sin embargo, en muchos casos seguimos sin entender que no puede existir salud humana sin ecosistemas saludables. ¿Por qué existe esta discusión y cómo deberíamos sofocarla?
La palabra “política” nos ha hecho mucho daño en esta discusión porque el cambio climático se ha polarizado partidísticamente. Parece que hablar de cambio climático fuera una cuestión ideológica, cuando, en realidad, estamos hablando de algo tan simple como que la destrucción de ecosistemas provocada por la combustión de combustibles fósiles afecta a nuestra salud. Quizá si desde el principio hubiéramos explicado que esto no va solo de osos polares o de glaciares lejanos, sino de salud humana, el debate sobre los hechos habría sido diferente.
Creo que hay que explicar a la gente que esto va de salud, va de supervivencia. Además, las medidas para combatir el cambio climático generarían enormes beneficios para la salud pública, beneficios económicos y nos permitirían seguir sosteniendo una civilización que, de otra manera, difícilmente será sostenible. Al final, si salvamos el planeta, nosotros nos salvamos.
Estamos hablando de problemas enormes, pero también de ámbitos donde podríamos generar un impacto muy positivo aplicando medidas de puro sentido común. ¿Son inversiones elevadas para los gobiernos?
No necesariamente. Proteger los ecosistemas no es un obstáculo para el crecimiento económico; al contrario: es una condición para que ese crecimiento sea sostenible en el tiempo. Esta discusión la tengo habitualmente con economistas porque, a menudo, no tienen suficientemente en cuenta las externalidades. Cuando se habla de la inversión necesaria para acelerar la transición hacia energías renovables, se pone el foco en el desembolso inicial. Sin embargo, rara vez se incorpora al análisis el coste sanitario asociado a mantener modelos energéticos contaminantes.
Las enfermedades derivadas de la contaminación generan sufrimiento personal, pero también un enorme impacto económico. Son patologías crónicas que requieren atención médica, hospitalizaciones y recursos sanitarios. En la práctica, los sistemas de salud ya están asumiendo ese coste de forma permanente. Además, existe evidencia sólida de que las inversiones en sostenibilidad son rentables.
Los países escandinavos, por ejemplo, han apostado decididamente por las energías renovables y figuran entre las economías más competitivas del mundo. La idea de que es necesario destruir ecosistemas para crecer económicamente carece de sentido. China lo ha entendido bien: continúa creciendo económicamente mientras impulsa políticas masivas de electrificación y movilidad sostenible. En ciudades como Pekín o Shanghái, los vehículos eléctricos ya representan una parte muy significativa del parque móvil.
¿Qué suerte corre España en este marco?
España comparte una cuestión con otros países del sur de Europa. Su vulnerabilidad frente al cambio climático es mayor, es decir, están más expuestos a fenómenos como las olas de calor, las sequías o determinados eventos meteorológicos extremos. Así, al igual que Portugal o Grecia, tendrá que realizar un esfuerzo adicional de adaptación y avanzar de forma mucho más rápida frente a estos riesgos. La buena noticia es que estamos hablando de inversiones de sentido común. No son inversiones destinadas a prevenir algo hipotético que quizá nunca ocurra. Los efectos ya están aquí. Son actuaciones que, además de proteger la salud, contribuyen a reducir costes futuros para el sistema sanitario y mejoran la resiliencia de la sociedad en su conjunto.
¿Cómo evitar que la transición hacia un modelo más sostenible aumente las desigualdades o deje atrás a determinados países y colectivos?
Ese es uno de los grandes desafíos globales. Las desigualdades ya existen y, de hecho, el cambio climático tiende a amplificarlas. Existe una enorme injusticia climática: los países que menos contribuyen a las emisiones son, en muchos casos, los que sufren las consecuencias más graves. El continente africano es un ejemplo claro. Su aportación histórica al problema ha sido muy reducida y, sin embargo, soporta algunas de las mayores consecuencias en forma de sequías, inundaciones, desplazamientos masivos de población o cambios en la transmisión de enfermedades.
Por eso, debemos entender que la adaptación no puede ser un esfuerzo aislado. O avanzamos todos o acabaremos pagando también las consecuencias de que otros países no dispongan de los recursos necesarios para prepararse.
El sector sanitario consume grandes cantidades de recursos y materiales. ¿Es posible avanzar hacia una asistencia más sostenible sin comprometer la calidad asistencial?
No solo es posible, sino que ya estamos comprobando que puede, incluso, mejorarla. Desde la Organización Mundial de la Salud hemos impulsado una plataforma internacional precisamente para identificar cómo reducir plásticos, productos químicos y emisiones sin poner en riesgo la seguridad de los pacientes. Lo interesante es que muchas de las medidas que estamos implementando generan beneficios adicionales. Por eso, estoy convencida de que vamos a reducir de forma muy importante la huella de carbono del sistema sanitario en los próximos años.
¿En qué ámbitos habría que trabajar para reducir la huella ambiental de los sistemas sanitarios?
Estamos actuando, fundamentalmente, sobre tres grandes ámbitos. El primero es la cadena de suministro. Ahí existe un enorme potencial de mejora. Cada vez más compañías farmacéuticas están exigiendo criterios ambientales a proveedores y distribuidores, lo que impulsa innovaciones en transporte, embalajes, empaquetado y logística.
El segundo ámbito es la propia actividad asistencial. Aquí estamos viendo iniciativas muy interesantes: telemedicina, sistemas de transporte más sostenibles para pacientes, acuerdos con productores locales para el suministro de alimentos o incluso proyectos innovadores en hospitales, como huertos terapéuticos que contribuyen también al bienestar emocional de los pacientes.
Y el tercer elemento es la innovación tecnológica. Desde ambulancias eléctricas hasta sistemas automatizados de distribución de materiales, pasando por herramientas digitales que permiten reducir desplazamientos innecesarios. La telemedicina, en particular, tiene el potencial de transformar profundamente nuestro sistema sanitario si sabemos implementarla de manera estratégica.
¿Están preparados los sistemas sanitarios para abordar los desafíos de esta realidad climática?
Todavía estamos en una fase muy inicial y la situación varía mucho entre países. Algunos países han desarrollado planes nacionales de adaptación, pero todavía debemos prepararnos mejor para absorber el impacto sanitario que tendrán las enfermedades crónicas asociadas al clima, los brotes epidémicos, los fenómenos meteorológicos extremos, los incendios o las emergencias ambientales.
Lo importante es que la evidencia científica demuestra que invertir en adaptación y en transición hacia energías limpias es una de las actuaciones con mejor relación coste-beneficio que existen desde el punto de vista sanitario y económico.
¿Cree que el verdadero lujo del futuro será disponer de aire limpio, agua segura y ciudades saludables?
No es una cuestión de creencia, sino de evidencia. El acceso a aire limpio, agua segura, alimentos saludables y entornos habitables constituye la base misma de nuestra salud y de nuestro bienestar.
La transformación que necesitamos pasa por tres grandes ámbitos. En primer lugar, por una profunda transformación urbana que permita crear ciudades más saludables. En segundo lugar, por acelerar la transición hacia energías limpias que no perjudiquen nuestra salud. Y, en tercer lugar, por avanzar hacia sistemas de producción alimentaria más sostenibles. Los países que comprendan antes esta realidad serán también los más avanzados desde el punto de vista económico y social.
¿Llegará un momento en que los países compitan más por salud, calidad de vida y sostenibilidad que por el crecimiento del PIB?
Ojalá pueda verlo. Personalmente, me gustaría que algún día dejáramos de medir exclusivamente el progreso a través del Producto Interior Bruto y empezáramos a prestar mucha más atención al estado de salud de las personas. Porque, al final, ¿qué sentido tiene crecer económicamente si ese crecimiento se consigue a costa de empeorar la salud, aumentar las enfermedades o deteriorar el entorno en el que vivimos? Creo que estamos empezando a comprender que la salud, la sostenibilidad y la prosperidad económica forman parte de la misma ecuación. Y estoy convencida de que los países que sepan integrar estos tres elementos serán los que lideren el desarrollo en las próximas décadas.

