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¿Sabes cuánto gana tu pareja o estás siendo víctima de una infidelidad financiera?

Una deuda desconocida, una inversión secreta o mentir sobre el sueldo pueden poner en riesgo mucho más que las finanzas familiares. Economistas y psicólogos explican dónde termina la privacidad y empieza el engaño

infidelidad financiera
Una imagen comparte información sobre sus cuentas domésticas | Pexels

Hay infidelidades que no consisten en olvidar borrar mensajes comprometidos del teléfono ni en inventar dónde hemos pasado la noche. También se puede ser infiel a la pareja en algo aparentemente mucho menos emocional como una nómina, una tarjeta de crédito o una cuenta bancaria. Porque, cuando una persona oculta a su pareja cuánto gana, cuánto debe o qué hace con un dinero que condiciona el proyecto de ambos, el problema deja de ser exclusivamente financiero. Y, aunque pueda parecer menos grave, ataca en el mismo pilar psicológico que cualquier otra traición. Y es que, destruye en la confianza sobre la que se construye una relación.

Es lo que se conoce como infidelidad financiera. «No se trata, simplemente, de tener dinero propio o de tener privacidad financiera. Estamos hablando de llevar a cabo, deliberadamente, una conducta financiera que se espera que la pareja desapruebe y ocultársela. Entre ellas, pueden encontrarse desde esconder compras hasta mantener cuentas o ingresos en secreto», explica Elisabet Ruiz-Dotras, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigadora del grupo DigiBiz.

El abanico de actos infieles puede ser mucho más amplio de lo que parece. “Desde una persona que dispone de patrimonio en el extranjero y evita comunicárselo a su pareja hasta quien recibe ingresos adicionales y decide esconderlos para no aumentar su aportación a los gastos comunes. También están quienes acumulan deudas sin decirlo, pagan crédito sobre crédito o recurren de manera continuada a las tarjetas hasta que el problema termina afectando a toda la economía familiar”, desvela la profesora de la UOC.

Secretos financieros entre la pareja

La infidelidad financiera convierte al dinero en algo más que una cuestión económica. Entra en el terreno de la psicología en el sentido en el que, detrás de una cuenta secreta, pueden aparecer miedo al conflicto, necesidad de autonomía, diferencias en la manera de entender el dinero o, sencillamente, voluntad de ocultar información a la persona con la que se comparte un proyecto de vida. “Estas infidelidades suelen estar más relacionados con cuestiones emocionales que con aspectos económicos. Surgen de la necesidad de autonomía e independencia, desconfianza, miedo al conflicto, inseguridad, dinámicas de control o poder, etc.”, sostiene el psicólogo Alejandro García Alamán, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.

La literatura académica lleva años intentando medir este comportamiento. Un estudio publicado en 2018 en Journal of Financial Therapy, realizado sobre 414 participantes, encontró que el 27% reconocía haber mantenido algún secreto financiero frente a su pareja. Sin embargo, cuando se preguntaba por comportamientos concretos asociados a la infidelidad financiera, el porcentaje alcanzaba el 53%. Además, quienes la habían experimentado mostraban menores niveles de satisfacción marital y vital.

El motivo por el que el dinero pude llegar a deteriorar una relación hasta el límite tiene que ver con que la información económica condiciona las decisiones que una pareja toma sobre su propia vida. La profesora pone un ejemplo concreto: “Si nuestra pareja nos aseguró que ganaba 2000 cuando realmente gana 4000, el otro está decidiendo sobre una realidad económica que, en realidad, no existe. Por lo que, no ha podido cambiar de vivienda u optar a determinadas vacaciones porque, supuestamente, no había más recursos disponibles”.

Debido a esto, según el psicólogo, una infidelidad financiera puede ser tan devastadora como una infidelidad sexual. “Por un lado, constituye una traición y, por otro lado, puede comprometer la supervivencia material del proyecto vital de la pareja», sostiene.

Señales de alerta

Según los expertos, la infidelidad financiera es más habitual cuando existe una desigualdad elevada entre los salarios de la pareja. Es habitual que la mujer renuncie a su carrera profesional cuando nacen los hijos y se dedique al cuidado y el mantenimiento de la casa. «Esto afecta de forma importante al estatus económico de la mujer, que cotizará menos a la Seguridad Social, pero está facilitando un ahorro de dinero a la familia. Es decir, esta persona trabaja gratuitamente y no puede ahorrar mientras el hombre genera patrimonio», explica Ruiz-Dotras.

Detectarla no siempre resulta sencillo. Ruiz-Dotras identifica algunas señales: respuestas evasivas al preguntar por las cuentas, dificultades para acceder a información que debería ser compartida, versiones contradictorias sobre ingresos o variables salariales y un nivel de gasto difícilmente compatible con el dinero que la persona afirma tener. «Cuando empiezas a ver que las informaciones no te cuadran o que están evitando darte respuestas y las respuestas son más evasivas, esto puede generar alertas», apunta.

Eso no significa que una relación económicamente sana exija fiscalizar cada movimiento del otro. «No hace falta que cada mes hagamos un reporte» sobre el rendimiento de cada inversión, puntualiza la profesora. La clave es que exista transparencia sobre las grandes magnitudes que condicionan el proyecto común. Y estas son: cuánto se ingresa, cuánto se debe, qué capacidad de ahorro existe y qué compromisos económicos se están asumiendo.

¿Privacidad financiera es sinónimo de infidelidad?

Compartir una vida no significa necesariamente renunciar a cualquier espacio de independencia económica. Y ahí aparece una frontera fundamental: privacidad financiera e infidelidad financiera no son sinónimos. La especialista en Economía defiende que una pareja puede disponer de una parte común destinada al proyecto familiar y, al mismo tiempo, conservar espacios económicos individuales. «Yo pienso que es bueno tener tu parte personalizada. Al final nadie te tiene que juzgar cómo te gastas tú tu dinero personal», señala.

Una pareja puede acordar, por ejemplo, qué porcentaje de sus respectivos salarios dedica a vivienda, alimentación, hijos, vacaciones o ahorro y mantener después una cantidad de libre disposición. El problema comienza cuando las decisiones adoptadas individualmente tienen capacidad para comprometer el patrimonio o los planes comunes.

Una relación sana a nivel financiero

Para tener una relación sana financieramente hablando, la experta sostiene que es clave la comunicación. “El dinero sigue siendo uno de los asuntos más presentes en la vida de una pareja y, al mismo tiempo, uno de los que más cuesta poner encima de la mesa. Se habla de dónde vivir, de tener hijos, de vacaciones o de planes de futuro, pero no siempre de cuánto gana cada uno, cuánto debe, cuánto ahorra o qué está dispuesto a arriesgar”, lamenta. Y añade: “Quizá la prevención de la infidelidad financiera empiece mucho antes de descubrir una tarjeta, una deuda o una cuenta secreta. Empieza cuando una pareja es capaz de hablar de dinero sin convertirlo en un tabú”.

De la misma opinión es el psicólogo García Alamán. «Una relación financiera sana debe tener en cuenta dos dimensiones: la individual y la compartida. No son excluyentes, porque responden a necesidades distintas de autonomía, seguridad y compromiso. El grado en el que esto se concrete dependerá de cada pareja, pero idealmente tendría que ser fruto de un pacto explícito y resultar satisfactorio para ambos miembros”, opina.  

Ruiz-Dotras propone tres principios básicos antes de iniciar una convivencia: transparencia, conocer la personalidad financiera del otro y tomar conjuntamente las grandes decisiones económicas. Porque dos personas pueden quererse y, sin embargo, relacionarse de manera completamente diferente con el dinero. Una puede entenderlo como seguridad y preferir ahorrar; otra puede verlo como una herramienta para disfrutar del presente. Una puede controlar hasta el último céntimo y la otra ser más impulsiva. Ninguna de esas posiciones implica por sí misma una infidelidad financiera, pero las diferencias que nunca se hablan pueden convertirse en una fuente permanente de conflicto.

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