En una ciudad que presume de agenda gastronómica inagotable, destacar no es sencillo. Sin embargo, hay lugares que no buscan competir, sino redefinir el terreno de juego. En la calle José Abascal, en pleno corazón de Chamberí, Club 61 irrumpe con una propuesta que no se limita a servir platos memorables: diseña experiencias que se deslizan entre la alta cocina, la coctelería conceptual y la vida nocturna más selecta. Entrar en 61 no es únicamente cruzar una puerta, es asumir que la cena será algo más que una sucesión de sabores.
Cada detalle desde la iluminación tenue hasta la disposición de las mesas parece calculado para que el comensal reduzca el ritmo y eleve la atención. Aquí, la gastronomía no se consume; se observa, se escucha y, finalmente, se saborea.
El plato como detonante sensorial
La carta es breve pero elocuente. No busca abarcarlo todo, sino acertar con precisión quirúrgica. Los tortellini de caviar llegan a la mesa como pequeñas cápsulas de intensidad marina, delicadas en forma, pero contundentes en matices. Los tacos de wagyu, por su parte, son una declaración de intenciones: textura sedosa, profundidad de sabor y un equilibrio graso que roza lo adictivo. Cada bocado confirma que la cocina no pretende impresionar por volumen, sino por impacto. Detrás de esta ejecución se encuentra el chef Franco Franceschini, cuya presencia se percibe más en la coherencia del menú que en el protagonismo mediático. Su sello no grita; susurra con elegancia. Se nota en las combinaciones inesperadas que, lejos de resultar extravagantes, encuentran un punto exacto entre sofisticación y disfrute inmediato.
Coctelería que dialoga con el arte

Si la cocina es una narrativa, la barra es un manifiesto creativo. Los cócteles de autor no se limitan a mezclar destilados premium; parten de una idea visual, casi pictórica. Cada trago parece traducir una obra en líquido, una emoción en textura. Elegir “Girl with Balloon” no es simplemente pedir una bebida: es aceptar un juego de contrastes, capas y notas que evolucionan sorbo a sorbo, como si el paladar recorriera una galería invisible.
Atención al detalle, atención al cliente






El servicio no interrumpe; acompaña. Hay una coreografía silenciosa entre camareros y comensales que evita tanto la invasión como la distancia fría. La atención es máxima sin resultar rígida, profesional sin perder cercanía. Esa combinación cada vez más escasa es la que convierte una buena cena en una velada memorable. Y luego hay la música en vivo que actúa como un hilo conductor que eleva la experiencia sin eclipsarla. No se impone, se integra. Ritmos que acompañan el tiempo de la conversación. La sensación es la de estar dentro de una escena cuidadosamente editada donde cada elemento suma sin competir. Pero 61 no termina con el postre. Pasadas las 00:00, el espacio se transforma y muta en club nocturno. Las luces cambian, el volumen sube y la energía se reconfigura. La transición no es brusca; es progresiva, casi natural. Quien llegó por la gastronomía se queda por el ambiente, y quien llega por la noche descubre que antes hubo una mesa extraordinaria.
El desembarco del Grupo Mosh en Madrid
Desde su apertura, Club 61 ha recibido en distintas ocasiones a jugadores del Real Madrid, así como a figuras del entretenimiento como Arón Piper, Ester Expósito y el cantante Ozuna, cada visita sumando al prestigio del local sin convertirlo en un escaparate mediático. La combinación de discreción, lujo y gastronomía de alto nivel convierte cada encuentro en un reflejo natural de exclusividad, donde el protagonismo recae en la experiencia y no en quién ocupa la mesa.
Este proyecto supone la primera apertura madrileña del Grupo Mosh, un entramado de iniciativas gastronómicas y de ocio que nació en Marbella en 2016 con Mosh Fun Kitchen y que, desde entonces, ha ido consolidando un portafolio de espacios emblemáticos. Su llegada a la capital no es un experimento, sino una declaración de expansión calculada. El modelo que triunfó en la Costa del Sol encuentra ahora en Madrid un público dispuesto a abrazar propuestas híbridas donde la cena no es un final, sino un preludio.
Club 61 no pretende ser solo un restaurante ni únicamente un club. Aspira a ser un punto de encuentro donde gastronomía, música y estética convergen en una misma coordenada. En una ciudad saturada de aperturas, logra algo poco frecuente: no pasar desapercibido sin necesidad de levantar la voz. Aquí, el lujo no se exhibe; se experimenta. Y ese matiz, en tiempos de sobreexposición, marca la diferencia.
