Antes de subir a un avión ya estamos, de alguna manera, en camino: imaginando una calle que todavía no conocemos, el sabor de algo que nunca hemos probado, una puesta de sol al otro lado del mundo o el reencuentro con alguien que lleva demasiado tiempo lejos. Porque viajar no empieza cuando aterrizamos, sino mucho antes, cuando imaginamos todo lo que nos espera al llegar.
Y quizá también empiece al elegir cuándo hacerlo. Puede ser una escapada en otoño, cuando las ciudades recuperan su ritmo después del verano. Unas navidades lejos de casa, compartidas con quienes viven a miles de kilómetros. O la decisión de cambiar los destinos de siempre por otros en los que todavía queda mucho por descubrir. Fuera de temporada hay más espacio para mirar, menos necesidad de seguir el ritmo de los demás y algo que los aeropuertos llenos y las agendas marcadas del verano no siempre conceden: movernos a nuestro propio ritmo.
Sobre esa actitud se construye Yes, la invitación de Lufthansa a abrirse a nuevas experiencias y a descubrir el mundo de otras maneras. No hace falta, sin embargo, ir demasiado lejos para entenderla: a veces basta con cambiar el momento en que conocemos un lugar.
Cuando cambia el calendario, cambia el destino
En Ciudad del Cabo, por ejemplo, el invierno europeo puede convertirse en la excusa perfecta para buscar el sol. Hay playas en las que pasar el día con los pies en la arena, practicar kitesurf con Table Mountain como telón de fondo o acercarse a contemplar a los pingüinos africanos. Por el contrario, Kuala Lumpur propone algo completamente distinto. Las Torres Petronas se elevan sobre una capital en la que templos, mercados, fachadas coloniales y edificios futuristas conviven con una naturalidad casi hipnótica. También su gastronomía cuenta esa mezcla de culturas: las raíces malayas, chinas e indias se encuentran en puestos callejeros, restaurantes tradicionales y mesas más sofisticadas.
Y en San Francisco, quizá haya que esperar al final del día. El Golden Gate recortado contra el horizonte, el Pacífico y esa luz que aparece cuando comienza a caer el sol son una de esas escenas que explican por qué algunos lugares permanecen en la memoria mucho después de haberlos dejado atrás.
Tres ciudades y tres formas de escapar de los ritmos habituales. También el camino hasta ellas puede formar parte de la experiencia. Frankfurt y Múnich, los dos hubs europeos de Lufthansa, permiten conectar con destinos de todo el mundo a través de Europa, con la facilidad y la confianza que eso aporta. La escala suma además todo lo que ofrecen dos grandes aeropuertos internacionales, con espacios y servicios para aprovechar la espera antes de continuar el recorrido. Porque, a veces, cómo llegamos importa casi tanto como dónde vamos.
Las horas que también cuentan
Hay otra parte que rara vez aparece en las listas de lugares que queremos conocer: el tiempo que transcurre hasta llegar a ellos. En un vuelo de larga distancia pueden ser ocho, diez o doce horas. Tiempo para dormir, comer, leer, ver una película, conversar o, sencillamente, mirar por la ventanilla sin demasiadas cosas reclamando nuestra atención. Quizá por eso cada vez tiene menos sentido entender esas horas como un simple paréntesis entre dos lugares. Si al llegar elegimos dónde dormir, qué comer o cómo movernos por una ciudad, también podemos prestar atención a la manera en que queremos pasar el tiempo antes de pisarla.
Lufthansa acaba de estrenar una nueva experiencia a bordo en sus vuelos de larga distancia que replantea la forma de disfrutar esas horas, con más espacio para la elección y la personalización. No se trata tanto de sumar prestaciones como de prestar atención a esos pequeños momentos que, cuando quedan muchas horas por delante, pueden cambiar la percepción del trayecto.

Eso puede significar decidir con más libertad cuándo tomar una segunda comida gracias a Sky Selection, elegir el desayuno antes de dormir o encontrar nuevos elementos pensados para facilitar el descanso. También en convertir una comida en un momento que se disfruta sin prisas, con detalles como un carrito de tartas, pastelería y postres. En First Class, por ejemplo, el chef muniqués de dos estrellas Michelin Christoph Kunz firma una propuesta basada en pequeños platos y opciones de degustación.
No todos necesitamos lo mismo cuando quedan varias horas por delante. Para algunos será dormir; para otros, disponer de más espacio, comer cuando les apetece o tener tiempo para una película que nunca encuentran el momento de ver. El lujo, en ese contexto, quizá tenga menos que ver con acumular opciones que con poder elegir la que necesitamos en cada momento.
Otra forma de medir las distancias
También el espacio condiciona nuestra percepción de esas horas. Allegris, la nueva generación de cabinas de larga distancia de Lufthansa, lleva esa misma idea de personalización al asiento y al entorno que lo rodea. En Business Class, por ejemplo, existen cinco tipos de asiento adaptados a diferentes necesidades, desde una mayor privacidad hasta la posibilidad de disponer de una cama de 2,20 metros.
Servicio y espacio avanzan así en una misma dirección: ofrecer más posibilidades para decidir cómo pasar las horas a bordo. Porque las horas que pasamos a bordo también forman parte de la experiencia: las compartimos, las disfrutamos o, simplemente, las aprovechamos para detenernos un poco. Al final, llegar es solo una parte de todo lo que ocurre por el camino.

