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Tudor pone a dieta su cronógrafo más reconocible y lo pinta de amarillo

Siguiendo la moda actual, la caja del nuevo Black Bay Chrono 39 ‘Bumblebee’ se reduce hasta 39 mm, mientras conserva el calibre de cronógrafo MT5813 y se suma a la línea más colorida de Tudor con una llamativa esfera.

El nuevo Tudor Black Bay Chrono ‘Bumblebee’ reduce su tamaño a 39 mm.

Había una conversación pendiente alrededor del Black Bay Chrono. No sobre su calibre, ni sobre su precio dentro del territorio de los cronógrafos suizos; ni siquiera sobre esa mezcla tan Tudor entre reloj de buceo y cronógrafo de asfalto. La cuestión era más elemental: su tamaño. Desde su llegada en 2017, el cronógrafo de la familia Black Bay se había mantenido en una caja de 41 mm de diámetro y 14,4 mm de grosor, con una presencia contundente. Ahora, Tudor presenta un Black Bay Chrono 39 ‘Bumblebee’ más pequeño, y no una versión discreta en negro, azul o blanco, sino con una esfera abombada en amarillo intenso y dos contadores negros. El nombre, Bumblebee (abejorro en inglés), no requiere demasiada explicación.

La caja reduce su diámetro a 39 mm, con 13,1 mm de grosor y 47 mm de asa a asa. Sigue siendo un cronógrafo deportivo, pero el cambio altera el carácter del modelo, que gana comodidad en la muñeca sin renunciar a sus rasgos técnicos principales. La hermeticidad de 200 metros se mantiene, así como la corona y los pulsadores a rosca, el bisel fijo de acero con disco de aluminio anodizado negro, la escala taquimétrica y el calibre automático MT5813.

Tudor ya había abierto esta vía menos seria con los Black Bay Chrono ‘Pink’ y ‘Flamingo Blue’, en rosa y azul, respectivamente. Al fin y al cabo, los cronógrafos Tudor han tenido desde 1970 una relación bastante natural con los tonos vivos, los grafismos marcados y la lectura rápida. Aquel primer Oysterdate, con sus índices pentagonales y su contador de 45 minutos, ya miraba al automovilismo. En los años noventa, los cronógrafos también exploraron colores llamativos, incluido el amarillo. El ‘Bumblebee’ recoge ese hilo, aunque con un lenguaje más actual.

Las agujas de tipo snowflake, introducidas por Tudor en sus relojes de submarinismo en 1969, se aportan como firma de la familia, pero han sido rediseñadas para mejorar la lectura de las subesferas. Los índices y las agujas incorporan material luminiscente, y el contraste entre amarillo, negro y blanco favorece una lectura inmediata de la hora.

Dentro late el calibre de cronógrafo de manufactura MT5813, certificado por el COSC, que avala su precisión. Es un movimiento automático con rueda de pilares, embrague vertical, espiral de silicio amagnética, frecuencia de 28.800 alternancias por hora y una reserva de marcha aproximada de 70 horas. Su base procede del calibre B01 de Breitling, fruto de la colaboración industrial entre ambas casas, pero Tudor incorpora su propio órgano regulador y aplica un estándar de precisión de -2/+4 segundos diarios en el reloj ya ensamblado, más exigente que la tolerancia COSC para el movimiento sin encajar.

En cuanto al brazalete, de acero, está configurado con tres filas de eslabones, con laterales lisos y cierre T-fit, el sistema de ajuste rápido de Tudor que permite modificar la longitud hasta 8 mm sin necesidad de herramientas. La pieza no es una edición limitada, y su precio asciende a 6.200 euros.

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