Nueve hijas y un hijo llevaron al abuelo de Rocío Osborne, actual directora de Comunicación y Relaciones Públicas del Grupo Osborne, a tomar la decisión de acabar con la tradición histórica familiar de dejar solo a los descendientes varones una herencia en acciones.

La imposibilidad de repartir un patrimonio de forma paritaria entre todos sus hijos le llevó a incluir a las mujeres en las acciones del Grupo. Desde entonces, más de 320 miembros de la saga familiar forman parte de la empresa, pero solo dos mujeres pertenecen al equipo de empleados; una de ellas es Rocío, que tras años de formación en diferentes sectores pudo optar a un puesto en la empresa que regentaba su familia. Sin miramientos, superó el proceso de selección gracias a su experiencia laboral previa. Charlamos con ella sobre el mundo del vino, la importancia de la gastronomía en nuestro país, la visión internacional de Osborne, la mejor publicidad en tiempos de pandemia y el cariño y respeto que hay que tener, ahora más que nunca, a la hostelería. 

Como miembro de una de las familias empresariales más notorias, ¿qué retos presenta trabajar para la compañía con la que comparte apellido? 

Muchos. No por compartir el apellido significa que laboralmente puedas formar parte de la empresa. Cuando entré, hace ya 15 años, pasé un proceso de selección y fui la primera mujer que se incorporó como empleada y el primer miembro en entrar después de 20 años sin darse esta situación. Fue un honor y una responsabilidad para que detrás vinieran más, como una prima mía que se sumó al equipo diez años más tarde que yo.

Osborne cuenta con 320 miembros accionistas de la familia. Hombres y mujeres. ¿Esto ha sido siempre así?

Es un derecho hereditario, pero no ha sido siempre así. Hasta los años 80 las mujeres heredaban otro tipo de bienes, que nada tenían que ver con los negocios, los cuales solo pasaban de padres a hijos varones. Esto cambió cuando mi abuelo se vio en la tesitura de repartir su herencia entre sus nueve hijas y un hijo. Él fue quien cambió el devenir de la familia a nivel empresarial y decidió que las mujeres también recibirían su herencia en acciones. 

Rocío Osborne posa en exclusiva para la cámara de ForbesW en las oficinas de la revista, en Madrid, el pasado 15 de febrero. (Fotografía de Pablo Tribello)

Desde 2006 trabaja para la compañía, pero solo lleva un año como responsable de Comunicación y Relaciones Públicas de la marca. ¿Cómo se comunica la fuerza de Osborne dentro y fuera de las fronteras?

Aquí intentamos trabajar con unos atributos porque tenemos el peso de la historia de Osborne. Un imaginario que el americano no lo tiene, por ejemplo, y si ya te vas a China, la comunicación es muy complicada, porque primero tienes que decir dónde está España y cómo se abre una botella de vino. En el continente asiático la comunicación tiene que ser sencilla, aquí en cuento hablas de ‘denominación de origen’ te entienden; allí, no. En Estados Unidos te encuentras a gente joven que busca aprender sobre vino, pero en España no hay ese interés formativo. Aquí se bebe por imitación y era una bebida de sobremesa. 

¿Podríamos decir que en España el vino es una cultura?

Sí, aunque se ha vuelto muy cervecero. Somos el mayor productor del mundo de vino; sin embargo, en Francia se consume unos 60 o 70 litros de esta bebida, por persona/año, mientras que aquí solo unos 18 litros de vino, por persona/año. Tenemos que democratizar más el vino y hacerlo atractivo para la gente joven. 

De todos los vinos que producen, ¿dónde pondría el interés de los consumidores?

El que más ha crecido es el blanco, pero el mayoritario es el tinto. A finales de los años 60 y 70 se arrancaron las cepas de Rioja porque la demanda no era suficiente para mantenerlas y ahora ocurre al revés. Se están volviendo a replantar por escasez de uva blanca. El consumo de vino blanco ha aumentado, pero no quiere decir que se consuma más vino. 

¿Y en países consumidores?

China es un país de plazos largos y está suponiendo un reto: tiene mucho potencial, pero territorialmente es enorme y tiene muchos distribuidores. Y en cuanto a muy buenos resultados, el mercado alemán es histórico. 

Tienen la sostenibilidad como valor de marca. ¿Cómo se afronta?

Para nosotros este valor es transversal. Tiene que estar impregnado en el ADN de la compañía, en todas las áreas y en proveedores. Además, fuimos la primera bodega en conseguir un crédito vinculado a parámetros sostenibles y en una de nuestras marcas, Ron de Caña: el primer ron con huella de carbono cero. También cuidamos la tierra: si cambia el medio ambiente, cambia la materia prima, y eso puede afectar a la vendimia, a la montanera de la dehesa. 

¿Qué más retos hay en el futuro?

La transformación del negocio. Estamos percibidos como una compañía de bebidas alcohólicas, pero si ves la facturación del grupo, más del 50% proviene de negocios no vinculados a estas bebidas. Queremos diversificarnos encaminados a un mundo de productos gourmet, de origen español y que reflejen la cultura de aquí. Por supuesto la digitalización más allá de lo conseguido actualmente.

¿Ha perjudicado esta pandemia en las producciones de vino o en sus productos gastronómicos? 

No hemos tenido incidencia, pero sí nos hemos tenido que adaptar. Fue un tiempo de ayuda constante al sector hostelero. Ahora más que nunca hay que comunicar y publicitar con respeto y cariño.