No recuerdo cuál fue la primera obra que se quedó en mi colección. Se iba llenando y llenando y cada vez compraba más almacenes. Tengo ahora cinco, donde se acumulaban las obras hasta que he podido abrir el museo de Cáceres, que se inaugura hoy. Allí hemos puesto 200 obras, no cabían más, pero tengo como unas 3.000. Así que he comprado otra casa al lado del museo, que todavía tienen que arreglar. Hace poco, Manolo [Borja-Villel, director del Reina Sofía] me dijo: “Helga, ¡lo que has coleccionado!”. Yo pienso, sí, pero no se lo voy a dar al Reina, porque si se lo doy a un museo, acabará en el sótano. Ahora todos hablan de lo que vale mi fundación. 140 millones de euros, han dicho. Y a mí me parece una vergüenza, porque nunca me he gastado más de 400.000 en una pieza. Otros llegaron a decirme en el pasado que yo guardaba los cuadros para venderlos cuando fueran más caros. Eso no lo he hecho en la vida. Sí me he equivocado. Al principio no sabía nada de arte. Había estado en El Prado; en todas las ciudades que he visitado e ido a los museos, pero de ahí a entender el arte, y a vender arte, hay un camino. No sabía nada, tampoco de gestionar un negocio. Eso se lo debo a Juana Mordó. Ella fue muy dura conmigo. Se murió en el año 84 y todavía me acuerdo.

Cuando llegué a su galería en 1980, el primer año me dijo: “Siéntate enfrente y escucha. No abras la boca”. Un sábado por la tarde, Javier, un hombre que siempre estaba en la sala por si venía alguien, entra y dice: “Juana, hay una pareja ahí fuera que está dándose el lote. ¿Los echo?”. Ella le pidió que se fijara en el reloj y los zapatos. Un Rólex imponente, zapatos perfectos. Él tenía un avión particular y nos compró muchísimas obras. Y Juana me dijo: “¿Ves, Helga? No se puede prejuzgar a las personas”.

Foto: Jacobo Medrano

Cómo llegué a la galería de Juana es una historia que comienza cuando vine a España, con veintipocos años. Vine a aprender español y me quedé en casa de una señora en la plaza del Marqués de Salamanca, en Madrid. Me tenía firme, pero luego me llevó a un castillo en Mallorca, al Palacio de Liria. Conocí a muchísima gente y lo pasé fenomenal. Una nieta de la señora se casaba con un arquitecto y a mí me invitaron a la boda. Allí había un chico muy simpático. Después de toda la tarde juntos, por la noche me llevó a casa y me dijo: “Yo me caso contigo”. Me dio una risa… Nos casamos el mismo día el año siguiente.

La familia Alvear. Yo no podía, incluso cuando tenía dos hijas, quería volver a Alemania. No soy católica, pero tenía que ir con ellos a Misa. Y estábamos en Villa del Río (Córdoba), en verano. Ellas iban con medias y falda y manga larga, y yo, con vaqueros. Siempre he sido así. Decía, qué más le da a Dios cómo vayas a Misa. Después íbamos al campo, y ellas tenían que ir a casa a cambiarse. No entendía nada. España en los años cincuenta y sesenta era muy diferente. Íbamos a Villa del Río en un 600, ¡en un 600! Cuando íbamos por Cerro de los Ángeles (Madrid), mis hijas me preguntaban: “Mamá, ¿queda mucho?”. Y yo: “No, ya casi estamos”. Ja, ja, ja.

Foto: Jacobo Medrano

Yo nunca he querido ser una ‘señora de’. Por eso me puse muy enferma y tuve que ir al psicoanalista. A la familia de mi marido le decía que iba al gimnasio, porque pensarían que tenían a una loca en la familia. Tres años estuve. Por suerte, la doctora estaba casada con un austríaco y entendía perfectamente mi problema. Un día me dijo: “Helga, estás curada. Mañana te buscas un trabajo y arrancas árboles. Tú puedes; tú puedes”. Como tenía amistad con Juana Mordó, y ella estaba a punto de cerrar la galería por problemas económicos, le extendí un talón en blanco a través del abuelo de los Uría, y a partir de ese momento comencé a trabajar con ella. La galería era ya mía.

No sé si he tenido ojo. He ido aprendiendo. Cada año he ido a las ferias de arte: París, Londres, Miami (Art Basel), Madrid (Arco). Siempre he pensado que me tenía que enamorar de la obra, el artista me da igual. Compré piezas de Donald Judd, aquí en Arco, que no valían nada. Cuando él llegó oficialmente a España, quería que todo fuera legal, con el IVA y todo. Me llamaron de la aduana: “Señora, ¿usted pretende decirnos que una estantería de libros ­–que es lo que parecía la obra de Judd—vale 1.300.000 pesetas?”. ¡No eran más que 7.000 u 8.000 euros! Llamé al secretario de Estado de Cultura, Miguel Ángel Cortés, y me dijo: “Helga, en la aduana cómo van a saber de estas cosas. Un día es un saco de patatas, otro, coliflores. Eso lo entiendo. Lo que no entiendo es cómo usted no les ha comprado un diccionario del arte, que no cuesta nada, en el que puedan buscar por la J quién es Donald Judd”. Y colgó.

Ahora hay obras mías que no he visto nunca. Como ‘Power tools’, de Thomas Hirschhorn, que compré en un museo alemán, el de Volkswagen, en Wolfsburg. Me mandó imágenes porque ya tenía obras de él y había trabajado con él en la galería. Y dije, esto lo quiero yo. Es una instalación de unos 70 u 80 metros cuadrados. Nunca la he visto [hasta hoy que se inaugura el museo]. El artista pensaba que se había roto, o que algo le había pasado a la obra. Nunca pensó que la iba a exponer. La obra es potente: unas hachas gigantes que se manifiestan contra todo lo malo. Hay fotos de Hitler. Es tan fuerte que al artista, suizo, lo han echado de Suiza y ahora vive en París.

Foto: Jacobo Medrano

Por eso, lo que ha pasado con Hasél me parece una estupidez. Si dejan al rapero que diga lo que quiera, nadie le hace caso y ya está. Pero la gente ahora tiene hambre, no tiene trabajo. Los jóvenes están revolucionados. Se pelean con sus padres, con sus abuelos, con todo. Sin poder salir, en España, un país donde estamos acostumbrados a hacerlo todo en la calle porque tenemos tan buen tiempo (aunque este año, con la nieve, nos ha tocado todo). Me da mucha pena: hay una persona que ha perdido un ojo en una protesta. Por suerte, yo durante el confinamiento no me he aburrido nada porque tenía cientos de películas de artistas para ver, que rescaté el año pasado de un cajón en el Museo Van Gogh, que visité durante un viaje con amigos a Bruselas y Amberes.

Me gusta que la gente haga manifestaciones artísticas como la de Hirschhhorn. Como Santiago Sierra [cuya obra sobre los presos catalanes en Arco 2018 fue la primera en ser censurada en la feria]. Santiago dice la verdad y la gente no quiere oírla. Hay una foto de una obra suya en el museo que es divertida. Una playa de Mallorca, en Pollença, en la que pintó: “Inländer raus” (nativos fuera”). Eso lo había puesto en Basilea y no pasó nada. La importancia del contexto: en Pollença, donde solo hay turistas, la gente estaba indignada. Estaba yo veraneando allí cuando un señor del hotel se acercó a decirme que tenía que acompañarlo: “Una obra de su artista”.

El escándalo del año pasado en Arco fue cuando le pedí al rey un tren para Extremadura. Todo el mundo se rió, pero salió en toda la prensa, que es lo que yo quería. No digo que pongan un AVE, pero sí un tren como el que iba antes a Valencia. Me llamaba ayer mi amiga Leire y me decía: “Yo entiendo que hayas pedido el tren porque realmente lo necesitas para tu museo”. Pero en Mérida tienen un museo romano impresionante que ha construido Moneo y allí no va nadie.

Hoy se inaugura el museo, un museo increíblemente bonito que ha construido Emilio Tuñón, que es maravilloso. Vienen los reyes en helicóptero. Vendrán también el ministro [de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes], el presidente de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, y el alcalde [de Cáceres, Luis Salaya]; quizá también alguno de los antiguos, como Ibarra, y alguno más. Es una visita oficial que se hará en dos turnos: en el primer turno, solo los reyes y el ministro, el alcalde y yo. Luego otro grupo que entrará cuando pasemos a otra planta. Y como está todo cerrado, los restaurantes y los hoteles, no podré hacer comida ni nada, así que los reyes regresarán en su helicóptero.

Ai Weiwei, ‘Descending Light’, 2007 | Foto: Joaquín Cortés
Ai Weiwei, ‘Descending Light’, 2007 | Foto: Joaquín Cortés

También veré por primera vez expuesta la obra de Ai Weiwei. La lámpara suya que tenemos [‘Descending Light’]. Llamé un día, a principios de los 2000, a [la galerista de Nueva York] Mary Boone, que es amiga, y me dijo: “Helga, tengo aquí una obra que te va a volver loca, te va a encantar, de un chino (que no lo conocía nadie todavía). Te la envío gratis y te la doy muy barata, pero tienes que tener un sitio”. Resulta que los arquitectos del museo estaban haciendo un curso cerca de Nueva York y les pedí que se acercaran a la galería a ver lo que medía aquello. Son seis metros de alto y siete de largo. Las hachas [de Hirschhorn] son todavía más altas. Por eso, hay mucha altura en algunas salas del museo. Hoy es la inauguración oficial, pero quedan los artistas. Quiero hacer una visita con ellos; para mí eso es lo más importante. Tienen una ilusión loca por ver expuesta su obra.

Las hachas de Thomas Hirschhorn