Sharifeh había dejado su suerte y la de sus bebés en manos de una mafia que las llevó por todo el planeta hasta acabar en España, un país del que no había oído hablar en su vida antes de llegar hace 11 años. Recordarlo no la remueve. Su marido es una carga económica y emocional de la que le gustaría desprenderse, pero no puede. En este punto se enmudece. Pero lo que de verdad la conmueve es el hecho de que no tiene la menor idea de cuándo nació. Al principio nos hizo reír, hasta que poco a poco fuimos comprendiendo la dimensión de lo que nos contaba.

Cuando aún estaba en Afganistán, un funcionario le escrutó la cara y anotó: 1986. Su madre, recién llegada en el avión español que sacó del país a 110 personas el pasado agosto, sólo sabe que era invierno. No fueron conocedoras de ningún evento histórico que pudiera ayudarnos a reconstruir su biografía. No fue al colegio y no sabe cuándo tuvo su primer periodo, sólo, que en su segunda regla ya estaba embarazada de su primera hija. Pudo ser a los nueve o a los 14.

No es únicamente un problema de índole médico. No tener historia es una manera de desaparecer. Las mujeres afganas han desaparecido de muchas maneras con los gobiernos talibanes. La más obvia es ese burka negro que trans- forma a las personas en un borrón. Pero la falta de relato propio es tanto más sutil como profunda.

Las mujeres, en general estamos faltas de relatos. Hay, claro, grandes referentes, que pueden representar menos del 1% de los nombres que aparecen en los libros de historia, literatura o ciencia.

Los medios de comunicación somos responsables. A menudo decimos que faltan nombres. Es verdad, faltan mujeres CEO en el Ibex, y faltan chef, magnates… Pero es una verdad a medias, contaminada por las mismas fuentes de información de las que todos bebemos y son muchas las mujeres que nadie ha dado aún a conocer. Construir personajes y relatos forma parte de nuestro trabajo. Lo hemos hecho con todos los grandes hombres que han copado las portadas en las últimas décadas, e incluso con algunos que no lo merecieron.

Revisando la lista de las mujeres hechas a sí mismas más poderosas de EE UU, me pregunto por qué no nos dicen nada nombres como Diane Hendricks o Judy Faulkner. La primera tiene una fortuna de 11.000 millones de dólares que ha levantado con el imperio de tejados, ABC Supply, que fundó en 1982. La segunda creó, en 1979, desde el garaje de su casa, Epic Systems, una compañía de datos médicos, que este año ha registrado unos beneficios de 3.300 millones de dólares y eso que no ha cobrado las aplicaciones relacionadas con el covid, valoradas en 500 millones. Dos mujeres poderosas, en todos los sentidos de la palabra, e invisibles.

El pasado marzo, iniciamos una cadena como primer paso para romper con esa invisibilidad. Por ella, han pasado Paulina Beato, Elena Barraquer o Inés Cuatrecasas. Mujeres inspiradoras que se han pasado el testigo entre ellas y así hemos tenido el privilegio de conocer. Continuemos creando esta comunidad de mujeres. Tenemos el deber de dotar a las jóvenes de un mapa de referentes rico, en el que se puedan reflejar; de darles un relato que las haga crecer.