Iris Apfel, empresaria estadounidense que hizo de su excéntrica visión de la moda y del interiorismo su sello de identidad.

Fue una agerrida Frieda Loehmann, fundadora de los famosos almacenes Loehmann’s, quien sentenció a Iris Apfel, en sus primeros años de coqueteo con la industria de la moda, con una frase que la protagonista de esta historia no ha dejado de recordar a lo largo de su vida: “No eres guapa y nunca lo serás, pero no importa. Tienes algo mucho más importante. Tienes estilo”. Lo que para una recién llegada al mundillo pudo haber sido una razón de peso para liderar una retirada, se convirtió en el principal motivo para hacerse un hueco, eso sí, valiéndose de su principal encanto: el estilo personal en el que trabajó, muy alejado de los cánones de belleza de la época. 

Sabiéndose diferente al resto de mujeres bonitas que pisaban pasarelas, alfombras rojas, galas, fiestas o, en resumidas cuentas, el centro neurálgico de la jet set estadounidense: la Nueva York de los clubes privados, Iris Apfel empezó a hacerse un nombre en estos corrillos sociales en los inicios de los años cincuenta, cuando fundó junto a su marido Carl Apfel la empresa de decoración Old World Weavers. Una compañía que, ya desde sus inicios, empezó a dar frutos. Tal vez, por la exquisita formación de Iris y las dotes para los negocios de Carl. Formada como historiadora del arte por la Universidad de Nueva York y por la Escuela de Arte de la Universidad de Wisconsin, Iris trabajó en la revista Women’s Wear Daily, donde se dejó cautivar por el teatro y el cine, a la vez que cultivó su afición por los museos y los libros. Cada paso de su carrera previa a su etapa como empresaria ayudó a Iris a refinar su talento para ponerlo a punto, de cara a la creación de una empresa conocida, sobre todo, por la exquisita fábrica de textiles que representó. Old World Weavers prestó servicios de decoración a estrellas de Hollywood, teniendo como clientas asiduas a Greta Garbo, Estée Lauder y Patricia Nixon. Hollywood y la Casa Blanca nunca estuvieron tan cerca de sentarse a la mesa como cuando Iris Apfel hizo de anfitriona de un estilo elegante de aires excéntricos. 

Nueve presidentes, desde Harry S. Truman hasta Bill Clinton, confiaron en su exquisito gusto por el interiorismo, muy alejado del minimalismo y defensor del abastecimiento de las estancias con el mayor número posible de elementos. Credenciales más que suficientes para convertirse, con rapidez y solvencia, en una eminencia de la decoración de interiores que, haciendo uso de las relaciones profesionales que contrajo durante su etapa empresarial, significaron un adelanto de lo que estaba por venir: una fama mundial que traspasaría las fronteras de un estudio de trabajo. Un estilo de vida con reconocimientos y comodidades que no siempre fue así.

Criatura del empresariado

Nacida en el verano de la Gran Depresión (1921), esta nativa de Queens (Nueva York), de apellido de soltera Barrel, entendió desde muy joven el valor del dinero. Criada en una casa modesta, valoró las aportaciones de sus padres al hogar familiar como auténticos gestos de lujo y comprendió que su clase social no estaba hecha con la pasta de la espera, sino de la iniciativa de levantarse cada mañana para hacer que las cosas sucedieran. Fue así como comenzó a dar forma a la vida que un día disfrutaría: segura y sin sobresaltos. Para ello, primero tendría que aprender a moverse sola por las calles de su ciudad y poniendo en práctica la picaresca. El primer paso hacia el cambio que un día llegaría.

Sucedió con Old World Weavers y con las actividades del matrimonio para hacerse con el mejor producto para su empresa: largas horas en mercadillos de antigüedades europeos y bazares y zocos del norte de África hasta dar con las piezas buscadas. Unas veces eran telas; otras, muebles. Un trabajo de fondo que siempre tuvo el mismo objetivo: la firme intención de criar una fama tan poderosa que hasta la prestigiosa empresa Stark Carpet les pidiera colaborar conjuntamente en la venta de antigüedades de lujo

La amplitud de miras de este matrimonio llevó a los Apfel a ser considerados la pareja indispensable de los saraos más exclusivos de Nueva York. Cada detalle de su imaginario y la exuberante excentricidad que ambos destilaron les hicieron alcanzar una fama que todavía hoy persiste y que ella misma se ha encargado de definir como “criaturas de la industria”. Siempre poseedora de la voz cantante del matrimonio, la empresaria volvió a recordar en su cabeza las palabras de Loehmann cuando en su etapa octogenaria vio hacerse realidad su sueño de juventud: triunfar en la moda. No gracias a su belleza, pero sí al estilo al que siempre fue fiel. Las puertas del sector se le abrieron casi dos décadas antes de cumplir 100 años de vida.

‘Rara avis socialité‘

Fue en 2005, con 84 años, cuando la fama mundial se hizo presente en su vida. Ese año se convirtió en la protagonista de una exposición en el MET de Nueva York. La socialité de melena blanca, labios rojos y enormes gafas de pasta negra vio cómo su colección de joyas y ropa de alta costura motivó la celebración de una exhibición en uno de los museos de mayor renombre de la ciudad y testigo de su larga vida. Más de 80 piezas de su propiedad desfilaron ante los ojos de curiosos. Creaciones de Nina Ricci, Dolce & Gabbana y Dior colmaron los deseos más infantiles de una ya veterana Iris Apfel. 

Es así como esta nieta de un maestro ruso de sastrería se convirtió en un pájaro raro de la moda, de la sociedad de las épocas que le tocó vivir, y supo sacar el máximo provecho de su exotismo. Musa de diseñadores y la predilecta de marcas de corte internacional, esta “estrella geriátrica”, como a ella le gusta llamarse, es el ejemplo perfecto de mujer hecha a sí misma. Con 100 años recién cumplidos, su siglo de vida no es más que un número en su partida de nacimiento. Puede presumir de haber salido airosa de los años más pobres de la sociedad estadounidense, haber levantado un imperio sin mayor ayuda que la de su intelecto y visión moderna de la vida, y haber hecho de su estilo una seña de identidad tan consolidada que ni la industria de la moda, amante de los rostros vírgenes y cuerpos esculpidos, ha podido resistirse a su fuerza interior. Porque su magnetismo viene de dentro. Buen ejemplo de imitación. Y todo debido a que hay personas que se convierten en leyenda antes, incluso, de ser un necesario recuerdo.