En 2020, la humanidad entró a velocidad de vértigo en un túnel que amenazaba con desembocar en uno de esos universos distópicos de mundos fracturados que tanto han proliferado en series, películas y novelas. Ante nuestros ojos atónitos se fue extendiendo una realidad, implacable que, por un lado, nos hizo ver que aquellas cosas que siempre habíamos dado por sentado no eran ni mucho menos tan sólidas como creíamos y, por otro, logró convencernos de que otro mundo, mejor, era posible. Ahora, a expensas de futuras crisis globales, empezamos a ver la luz y es de color verde.

La defensa del medio ambiente y los entornos naturales es el estandarte de una gran ola de cambio que recorre el planeta, aunque esta gran fuerza transformada tiene un alcance social mucho mayor que no se puede dejar de lado.

Es cierto que la pandemia ha dejado en todos nosotros cicatrices permanentes. Pero como sociedad y dadas nuestras obligaciones hacia las generaciones futuras, debemos extraer enseñanzas productivas de esta experiencia tan traumática y preguntarnos ¿qué ha cambiado en nuestra actitud hacia la vida? Creo que una de las respuestas claras es la de un nuevo compromiso social hacia un mundo más equilibrado y justo: vivir de una manera responsable en todos los ámbitos: en las relaciones sociales, en el trabajo, en nuestro comportamiento con la naturaleza, en el uso de los recursos naturales y, por supuesto, con nuestras inversiones.

En este sentido, los defensores de la inversión sostenible hemos pasado casi en cuestión de segundos de estar predicando en el desierto a ver cómo una corriente arrolladora lo invade todo. Ahora todo el mundo proclama que es sostenible. Y por eso es lícito preguntarse quién se toma en serio la sostenibilidad y quién está simplemente tratando de pintar de verde a toda prisa sus productos. Las acusaciones de green-washing surgen constantemente, creando un ruido de fondo de suspicacia que va in crescendo. Sin embargo, queremos partir una lanza en favor del sector y los vamos a hacer expresándolo en cinco conceptos fundamentales.

En primer lugar, muchos participantes en el mercado están empezando a integrar el análisis ASG (medioambiental, social y de gobernanza) en sus procesos de inversión, por lo que es inevitable que haya ineficiencias al principio, y es de esperar que con el tiempo todos mejoremos en la integración de los ASG en nuestros procesos de inversión.

En segundo término, la presión reguladora y comercial para ofrecer soluciones ASG ha crecido de forma espectacular. En la industria de fondos de inversión tenemos que responder rápidamente a esta situación, lo que puede dar lugar a soluciones no óptimas. Al abordar la inversión sostenible, algunos de los peligros son, por ejemplo, la excesiva dependencia del análisis cuantitativo o de la inteligencia artificial para obtener datos.

Como tercera conclusión, destacaría que, con paciencia, tiempo y armonización de criterios, los episodios de green-washing deberían quedar superados y pasar a una nueva etapa de soluciones que aporten valor. En esta línea, la taxonomía europea puede convertirse en un gran catalizador.

El cuarto punto es que, si bien es cierto que hoy en día aún es necesario hacer un esfuerzo adicional para distinguir las entidades que realmente aportan valor, este esfuerzo redunda en una mejora generalizada de la industria y la calidad de la información.

Por último, el quinto aspecto a tener en cuenta es que la aplicación de la inversión sostenible, que integre factores ASG, debe abordarse de forma racional y sin exageraciones ni amenazas. Si se fuerza a las empresas a centrarse en aspectos que no pueden cumplir nunca, solo se consigue que estas maquillen o distorsionen la información para que no se les cierre o limite el acceso a los mercados de capitales. Ulises tardó 10 años en llegar desde Troya hasta Ítaca junto a su amada Penélope, no podemos esperar que la industria llegue a la orilla de la sostenibilidad inmediatamente. Lo importante es que el movimiento ha empezado y será imparable.

*Carlos Capela es director de Distribución de Federated Hermes en España, Andorra y Portugal.