Opinión Jesús Mardomingo

Iberoamérica azul, y naranja

NASA/Goddard Space Flight Center Scientific Visualization Studio.

Banda sonora para la lectura:

“Azul” de Cristián Castro, Festival internacional de la canción de Viña del Mar de Chile 2004

No soy un experto en colores. Solo alguien que lleva el Mar en su propio apellido y que siente afinidad natural por todo lo azul. Lo azul, y lo naranja, claro.

Quizá por eso, este último fin de semana ha sido tan intenso. Por el color de los mapas del tiempo, por el MV Hondius (también azul), por el Celta de Vigo, por el campeón de Liga y por los Premios Platino celebrados en Xcaret, en ese escenario polémico para la jefa mexicana donde uno de sus ríos subterráneos, el río Azul, desemboca a orillas del mar, junto a manglares habitados por flamencos rosas.

Tanto impacto cromático, y la preparación de un inminente y estimulante viaje a Guayaquil para participar en la ESPOL en un congreso internacional sobre sostenibilidad del manglar, me reafirma en la necesidad de aprender a ver los colores y que una mirada azul al planeta, no solo verde, puede que resulte cada vez más necesaria.

Siento que es precisamente ahí, en esa franja donde el mar se mezcla con la tierra, en ese espacio híbrido a menudo ignorado por los que residimos lejos de las costas, uno de los lugares donde convergen con más eficiencia la naturaleza, la economía y la creatividad. Y ojo, América alberga el 26% de los manglares del mundo, presentes en todos sus países marítimos excepto en Chile, Argentina y Uruguay. Y empiezo a entender también por qué Guayaquil es un lugar perfecto para hablar de esto. Una ciudad que vive entre el río y el mar, entre la presión urbana y la memoria de los estuarios, entre la necesidad de crecer y la obligación de proteger.

En un contexto global marcado por un mar revuelto que intentan gobernar aquellos que han declarado la guerra a las políticas medioambientales, obviando los Tratados internacionales, al tiempo que muestran su interés por la minería submarina, es urgente reivindicar las actividades humanas en esos espacios anfibios. Y no solo ahí, también urge en aquellas aguas que están fuera de la jurisdicción de cada Estado, y que suponen dos tercios del océano y casi el 50 % de la superficie total del planeta.

En un planeta que los expertos anuncian ha entrado en una era de bancarrota hídrica global, un estado persistente donde se extrae agua subterránea y superficial más rápido de lo que se regenera, provocando daños irreversibles en acuíferos y ecosistemas, es absolutamente prioritario luchar contra la pérdida de ese capital natural.

Y los manglares pueden convertirse en uno de los más potentes motores del convencimiento.  Pueden ayudar a los humanos a entender que el agua es un problema clave de la humanidad para un desarrollo sostenible, y a los iberoamericanos a mirar al mar no como periferia, como límite o como simple vía de salida de recursos, sino como eje de una estrategia de desarrollo.

Los manglares desempeñan un papel fundamental en la vida de la población local. No existen en todas partes de Iberoamérica, pero donde están cumplen una función decisiva conectando mar y tierra, protegiendo la biodiversidad, amortiguando los impactos climáticos y sosteniendo las economías locales. Ayudan a mantener la calidad del agua filtrando los nutrientes y los sedimentos. Capturan hasta cinco veces más carbono que los bosques tropicales. Ofrecen servicios de aprovisionamiento como plantas medicinales, alimentos, combustible y materiales de construcción, regulan la protección costera, y son parte integral de la identidad cultural de las comunidades. Crean valor sin destruir capital natural.

Son infraestructura natural, conocimiento ancestral y futuro económico al mismo tiempo. Los manglares representan una de las expresiones más visibles de esa frontera, y constituyen unos muy cualificados portavoces de la economía azul, y naranja.

Todas estas reflexiones me conectan con otra idea que me acompaña desde que leí a un admirado periodista y escritor español, Daniel Entrialgo. En su libro “cuando el mar no era azul” descubrí un enigma fascinante: durante más de un siglo, filólogos, lingüistas y científicos han debatido por qué Homero nunca menciona el color azul. William Gladstone, político inglés del siglo XIX, fue el primero en advertir que, para Homero, en la Ilíada y la Odisea, no existía el azul. Por cierto, tampoco el naranja.

Los manglares no se dan en todas las geografías, pero ayudan a entender que la economía azul sí. Permiten entender que el azul es un motor de desarrollo presente en el Atlántico y en el Pacífico, en el Mediterráneo y en el Caribe, en los grandes ríos amazónicos, del Plata o del Guadalquivir, y, en definitiva, en todos los mares y cuencas fluviales que riegan la región iberoamericana y la conectan consigo misma y con el mundo.

Urge una mirada azul iberoamericana para garantizar una adecuada transición energética, luchar contra el cambio climático y la reconfiguración de las cadenas de valor, para combatir la urbanización costera incontrolada y las prácticas agrícolas y acuícolas insostenibles, para acabar con una larga lista de problemas derivados de no ver el color de las cosas.

Allí donde el agua y la tierra dialogan (en islas, costas, estuarios, rías, puertos y riberas) se despliega una economía azul diversa, profundamente ligada a cada geografía y a cada cultura. Una economía que incluye pesca, acuicultura, transporte marítimo, turismo o energías oceánicas, pero también ciencia, innovación, y gobernanza. Y creatividad.

Porque la economía azul iberoamericana no es homogénea ni replicable, porque es plural, mestiza y territorial, necesita también de la creatividad, del naranja, de la cultura, de nuevas narrativas capaces de conectar a la ciudadanía con el mar y con quienes viven de él que faciliten una auténtica transición sostenible. Igual que el azul tuvo que ser nombrado en algún momento para ser visto, el valor estratégico de la economía azul necesita ser contado para ser defendido.

Porque, al final, como ocurrió con el azul de los griegos de la Antigüedad, lo decisivo no es solo que algo exista, sino que sepamos verlo. Y todo indica que el futuro económico de Iberoamérica se juega también ahí, en esa franja azul y naranja donde el mar deja de ser periferia y se convierte, por fin, en centro.

Película recomendada: “El abrazo de la serpiente” de Ciro Guerra

Una película colombiana que simboliza el encuentro, conflicto y posible reconciliación entre la cosmovisión indígena amazónica y la civilización occidental. El título representa un vínculo complejo: la serpiente es fuerza, naturaleza y sabiduría ancestral, mientras que el «abrazo» evoca la necesidad de reconocer, valorar y dialogar con la diversidad de las identidades y experiencias ajenas, en definitiva, la búsqueda de unión entre mundos opuestos

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