“Iberia, vuela tu cielo / Tu sol, tu mar, conquista ya esa gran ciudad / Donde sueñas, donde quieras, vuela ya a tu destino / Iberia te llevará allí”. Así sonaba el jingle interpretado por Bárbara Rey en el spot publicitario que conmemoraba los 50 años de Iberia. Corría el año 1977 y Líneas Aéreas de España, como reza su denominación social desde su fundación, presumía del buen desempeño de la compañía ante los espectadores de Televisión Española. En pantalla, un Boeing 747 surcaba los cielos con imágenes intercaladas de algunos de los destinos de la aerolínea –cuatro años después, por cierto, ese aparato viajaría de Nueva York a Madrid con el Guernica de Pablo Picasso en su interior–.

Y es que en 1977 Iberia estaba de celebración: estrenó logo –el que aparece en la fachada de la página anterior– y uniformes diseñados por Elio Berhanyer. Incluso Manuel Prado y Colón de Carvajal, entonces presidente de la compañía, organizó un desfile de modelos en un hangar para demostrar ante la prensa que el país que se desperezaba tras una dictadura, merecía la compañía aérea moderna y global que él dirigía.

Un visionario

Cincuenta años antes de que Bárbara Rey cantara las maravillas de volar en avión, Iberia solo existía en la mente de un ambicioso industrial vizcaíno. ¿Su nombre? Horacio Echevarrieta (Bilbao, 1870-Baracaldo,1963), empresario y político republicano, fundó el germen de lo que hoy conocemos como Iberdrola, urbanizó la Gran Vía de Madrid, compró los Astilleros de Cádiz, desarrolló el metro de Barcelona y creó el buque escuela Juan Sebastián Elcano, entre otras aventuras. Para unos fue un loco; para otros, un soñador.

El 28 de junio de 1927 se firmó la escritura de constitución de Iberia: Compañía Aérea de Transporte. Echevarrieta, dueño de la mayoría del capital, impulsó el proyecto con la ayuda de la alemana Lufthansa, socia minoritaria. Apenas seis meses después, el 14 de diciembre de 1927, el rey Alfonso XIII inauguró en el aeródromo de Carabanchel el primer servicio aéreo entre Madrid y Barcelona. Un aparato trimotor Rohrbach Roland –de los tres que adquirieron inicialmente–, con capacidad para diez pasajeros y asientos de mimbre, empezó a cubrir la ruta. El billete de ida costaba 163 pesetas; el de ida y vuelta, 300 pesetas.

Un caso de éxito

A comienzos de los años 40 la propiedad de Iberia ya había pasado por diferentes manos. Nació como una empresa privada y más tarde fue nacionalizada. Para entonces ya había ampliado su número de destinos, incorporando a la lista ciudades como Londres, Lisboa, París, Roma o Buenos Aires. Hasta 2001 no dejaría de ser una compañía propiedad del Estado, cuando salió a Bolsa y entró a formar parte del selecto grupo del Ibex 35.

En 1961, la incorporación de los reactores –aviones que sucedieron a los de hélice– supuso un punto de inflexión en la evolución del negocio. Ese año también se aprobó la asunción del servicio de handling o asistencia a pasajeros, aviones y equipajes en todos los aeropuertos españoles. Poco después llegaría el Puente Aéreo entre Madrid y Barcelona, vuelos sin reserva entre ambas ciudades que pretendían dar respuesta a la congestión de pasajeros.

Más que Iberia

El culpable de todo lo relatado se llamaba Horacio Echevarrieta, hoy apenas reivindicado por un puñado de nostálgicos de nuestra historia reciente. Su apasionante vida bien podría servir de base para una novela de Bruce Chatwin, pero lo cierto es que el fundador de Iberia es un personaje ilustre injustamente olvidado. Hijo de un empresario que se dedicó a las industrias extractiva y naviera, Echevarrieta llegó a ser diputado en Cortes. A pesar de su condición republicana mantuvo una estrecha amistad con el rey Alfonso XIII, quien quiso convertirlo en marqués tras la contribución decisiva del empresario en la liberación de los prisioneros españoles en Marruecos tras el Desastre de Annual. Echevarrieta rechazó semejante honor por su ideario republicano.

“¿Puede odiarse a un hombre solamente por la circunstancia de ser rico y de pasear en automóvil? Yo no soy socialista, efectivamente, pero tampoco soy un individualista furibundo que lleve la exacerbación de su individualismo a los límites de la tiranía y proclame la necesidad de blandir el látigo para tratar con los obreros… No, eso es inhumano”, dijo de sí mismo en una entrevista para el El Liberal (periódico de su propiedad) que hoy recoge El Independiente.

Lo cierto es que la fundación de Iberia fue solamente una muesca más en la culata de Echevarrieta. Con sus luces y sus sombras –todos los empresarios hiperactivos conocen las mieles y las hieles–, el último gran magnate de Neguri falleció en 1963 en su casa del País Vasco. En 2017, 90º aniversario de Iberia, la compañía rindió tributo a nuestro protagonista al bautizar un Airbus A319 con su nombre. Sus sueños siguen volando alto.

Hombre del día: Javier Sánchez-Prieto, presidente y CEO de Iberia